No importa la edad que tengan los hijos, para los padres siempre son esos seres traviesos que una vez los desvelaron porque subió la fiebre o no se calmaba la tos; que provocaron el disimulo de una lágrima cuando trajeron a casa el primer dibujo o escribieron la primera oración en la que los involucraban.
¿Qué padre no ha castigado a su descendencia y, al pensar que “se le fue la mano” o cometió una injusticia, ha vuelto la espalda contrariado y arrepentido?
A aquel que no se le hayan aflojado las piernas ante los preparativos para la defensa de una tesis, cuando ve a la hija vestida de novia o le enseñan el título universitario, que tire la primera piedra.
Vi a mi padre llorar de emoción cuando supo que mi primer embarazo era varón y llevaría parte de su nombre. He acompañado a mi hijo, que es padre, en el nacimiento de los suyos y en sus desvelos.
Antes de que los cubanos aprobáramos con altos porcentajes de participación el Código de las Familias, mi esposo madrugaba para dejar limpios los pañales del más pequeño retoño, ante mi convalecencia de una cesárea imprevista que dejó una marca de varios puntos de sutura en una primavera urgente.
Me he rodeado de padres inmensos: aquel que no se come la galletica o el caramelo que alguien le regala para guardárselo a la niña, o que se le iluminan los ojos detrás de ciertos cristales cuando le preguntas por la última andanza de la pequeña.
Los he visto salir corriendo y dejar a medias un proyecto porque tienen que buscar a “los muchachos” al círculo o a la escuela; inventar cuentos en el aire para complacer la exigencia de la personita que no quiere dormir; o correr bañados en sudor al lado de la bicicleta porque el niño está aprendiendo los malabares del manillar y el equilibrio sobre las dos ruedas.
En una oportunidad, siendo yo madre de un bebé, el que era mi jefe me envió a una cobertura un domingo que luego se extendió por horas incontables, porque él debía ir a ver a su hija, estudiante de preuniversitario, a la escuela en el campo y llevarle provisiones.
“Te pido un esfuercito, esa es mi niña también”, me dijo con tal vehemencia que fui incapaz de negarme.
Tuve que mentir a un colega y amigo que cumplía entonces una importante misión reporteril fuera de la Isla; simular que todo estaba bien cuando, desesperado, me preguntaba por el correo de Yahoo por qué no tenía noticias de su hijo, que batallaba entre la vida y la muerte en una sala pediátrica de terapia intensiva. Casi no me perdona; pero ante la lejanía, preferí esperar y confiar en la medicina, y no devastarlo con una noticia que, al final, tuvo buen desenlace.
Este Día de los Padres tendrá encuentros y desencuentros, emociones y nostalgias. Siempre se podrá brindar por un mejor futuro, mirar hacia adelante y sentir el amor de los hijos.
Los padres de estos tiempos en Cuba, sacudidos por carencias y órdenes ejecutivas asfixiantes, tal vez no tengan muchos regalos porque los precios andan por las nubes y hay que planificar bien la economía hogareña; pero los besos mojados del bebé, el abrazo apretado en el cuello de los más empinados y el cariño infinito de quienes los hicieron también abuelos no faltarán.
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