Tributo póstumo en Ciego de Ávila a un hermano de lucha

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ACN - Cuba
Alden Hernández Diaz | Fotos: del autor
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23 Junio 2026

    Ciego de Ávila, 23 jun (ACN) En la mañana de hoy martes, cuando las principales autoridades políticas y gubernamentales y el pueblo de Ciego de Ávila ofrecían su tributo póstumo al Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez en la sede del Gobierno Provincial, entre los primeros estuvo el teniente coronel (R) Efrén de Jesús León Nápoles. 

   No podía ser de otra manera, en darle la despedida hacia la eternidad a quien fue más allá que su segundo jefe en la Columna Ocho Ciro Redondo García, comandada por Ernesto Che Guevara, su compañero combatiente de la Sierra Maestra, de la invasión a Las Villas, que el hermano de luchas e ideales por una Cuba más justa y verdaderamente libre a partir de enero de 1959. 

   En diálogo con la Agencia Cubana de Noticias, León Nápoles rememoró aquellos días épicos y en extremo difíciles del paso de las columnas invasoras por la entonces provincia de Camagüey, asediados por la aviación y las tropas del ejército batistiano. 

   Al transitar por la zona de Cuatro Compañeros, Santa Cruz del Sur, la Columna Ocho cae en una emboscada y fue tal la sorpresa que se dividió en dos o tres grupos.  

   En una situación tan complicada, agravada por el desconocimiento del terreno, me fijo en quien tengo a mi lado, porque no es lo mismo contar con un compañero de experiencia que uno menos curtido en combate, entonces me percato que quien más cerca estaba de mí era el Comandante Ramiro, y fue como si me hubieran cambiado la situación difícil, relató el combatiente. 

   Digo entonces: ya no hay problemas, es como si estuviera combatiendo con la columna entera a mi lado; de ahí en adelante no tuve la presión inicial, aquella intranquilidad y temor se empieza a relajar; al superar esa emboscada estuvimos casi un día sin encontrarnos con la columna, continuó Efrén. 

   “Al paso de los días, en esa zona de Camagüey es totalmente llana y la aviación del ejército batistiano nos asediaba, incluso a tan baja altura que era posible verle el rostro a los pilotos. Era un potrero sin monte, solo a lo lejos se observaba un bosque en que nos podríamos ocultar y defender. 

   Pero yo permanecía confiado porque andaba con la experiencia, y eso es lo da tener un jefe en el cual creas, que lo conozcas. A mí me parecía que aquellos aviones no podían hacerme nada”.

   Comentó el también combatiente del Ejército Rebelde, nacido en la actual provincia de Las Tunas, que por esas fechas tras uno de los combates contra tropas batistianas le ocuparon varias armas al enemigo y lo premiaron con un fusil Garand semiautomático, para entregar su antiguo fusil Springfield que necesitaba manipularlo a cada tiro. 

   Ramiro vio al soldado que estuvo con él todo el tiempo cómo se comportó; con el tiempo fui uniendo cabos y no me cupo la menor duda de que aquella arma me fue otorgada gracias a él, a la evaluación avalada por su experiencia y autoridad como jefe rebelde, refirió.  

   No es que yo fuera amigo de él, ni el compañero más estimado, ni mucho menos —dijo con modestia—, pero aquellas jornadas de combate nos unió y cada vez que Ramiro me veía me abrazaba como cuando salimos victoriosos de esos difíciles momentos.

   “Ese Ramiro aparentemente insensible, inhumano, como lo pintan sus enemigos más acérrimos, se preocupó y ocupó por sus compañeros ya ancianos, por conocer sus estados de salud. Ese hombre con una carga de trabajo tan grande, en medio de una situación difícil del país, estaba al pendiente constantemente de nosotros". 
   Siempre al tanto de las atenciones que con nosotros los combatientes las autoridades e instituciones tenían desde nuestros territorios de residencia; este hombre nos acogió como su familia, como sus hermanos de lucha, de sangre, aseguró León Nápoles. 


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