La Habana, 6 abr (ACN) Desde una base de entrenamiento en China, el joven luchador cubano Geannis Garzón Tamayo afila hoy cuerpo y espíritu, decidido a convertir su apellido en destino propio y no solo en herencia.
Allá, donde el idioma cambia y los gestos son distintos, el santiaguero de 22 años entrena como si cada jornada fuera una final, como si cada agarre fuese un paso más hacia ese lugar donde los sueños dejan de ser promesas y se vuelven medallas.
La Agencia Cubana de Noticias lo encontró al otro lado de la pantalla, en una conversación vía WhatsApp que, más que entrevista, parecía confesión entre combates invisibles, entre sudor que no se ve pero pesa.
“Vengo de una familia de luchadores”, dice, y no es una frase casual, es una raíz; su padre, Geandry Garzón, multimedallista mundial, y sus tíos marcaron el camino desde antes de que él pudiera elegirlo, como si el destino hubiera decidido por él mucho antes de que entendiera el significado de la palabra vocación.
“No fue una elección… fue algo inevitable”, reconoce, y en esa inevitabilidad hay tanto de herencia como de destino, tanto de amor como de exigencia.
Pero antes del colchón hubo barrio, juegos robados al cuidado de una bisabuela protectora, escapadas para jugar fútbol, pelota o correr detrás de cualquier excusa que oliera a libertad; hubo infancia, incluso en medio de una cuna que él mismo describe como “de oro”, donde no faltaban juguetes.
Ese niño que corría por Santiago de Cuba es hoy un luchador que ha aprendido a convivir con el peso de un apellido que, al inicio, no fue impulso sino carga.
“Me sentía muy presionado… me preocupaba el qué dirán”, admite, recordando aquellos días en que ser hijo de un atleta olímpico parecía más una prueba que un privilegio.
Sin embargo, el tiempo —y el sacrificio— transformaron esa presión en combustible y lo dice con claridad: “Siento que es una motivación”, porque finalmente entendió que la sombra también puede ser refugio si se sabe caminar dentro de ella.
Su estilo, como su historia, es una mezcla de herencia y rebeldía: “rápido y agresivo”, lo define, consciente de que en los 74 kilogramos no hay espacio para la duda, solo para la acción.
Ese estilo lo ha llevado a construir un 2025 que ya se inscribe entre los grandes años de su carrera: bronce en el Mundial Sub-23, plata en los Juegos Panamericanos Junior, otra plata en el Memorial Dmitry Korkin, y un oro en la Serie Mundial de Lucha de Playa en Monterrey.
Cinco medallas, tres continentes, una certeza: la dinastía Garzón no se detiene. Pero el camino no ha sido lineal; también hubo tropiezos, como aquella descalificación en el Campeonato Panamericano de Monterrey que le arrebató la posibilidad de discutir el bronce. Hoy, ese episodio es herida y motor.
“Quiero ir al Panamericano y ganar la medalla que tuve cerca el año pasado”, afirma, con la serenidad de quien ha aprendido a dialogar con la frustración.
En China, mientras tanto, observa, aprende, incorpora. “Ellos son muy buenos entrando a la pierna… esas cosas las voy implementando a mi estilo”, explica, dejando ver a un atleta que no solo entrena, sino que piensa la lucha, la estudia, la descompone para reconstruirse mejor.
Su rutina no admite distracciones; bajo la mirada exigente de su entrenador, el estiramiento es casi un ritual sagrado. “Aunque yo quiera conversar con mis compañeros después de los entrenamientos, él me llama… el estiramiento para mí tiene que ser muy importante”, cuenta, entre risas que dejan entrever disciplina.
Y si el cuerpo se moldea en el entrenamiento, el carácter se forja en los sacrificios, algunos más duros que otros.
“Bajar de peso… no es de mi gusto”, confiesa sin rodeos, como quien reconoce la parte menos gloriosa del deporte, esa que no se ve en los podios, pero sostiene cada victoria.
Más allá del atleta, hay un joven reservado, menos extrovertido que su padre, que encuentra en la música un refugio sin fronteras: lo mismo escucha Bruno Mars que Snoop Dogg o Los Van Van, porque su playlist es un reflejo de su propia identidad, múltiple y en construcción.
Pero si hay un punto donde todo converge es en la familia. “Es lo más grande”, dice, y en esa frase cabe todo: la infancia, el sacrificio, la presión, el orgullo. Porque si algo ha aprendido Garzón es que el apellido no se hereda, se honra.
Y hacia adelante, el horizonte es claro: el torneo panamericano como revancha inmediata y los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo como gran escenario de confirmación.
Allí competirá en la división inferior, con el desafío añadido de reinventarse sin perder esencia. “Quiero coger el oro… hacerlo bien”, resume, como si en esa sencillez cupiera toda la ambición del mundo, aunque, en realidad, su mirada va más lejos.
“Mi gran sueño es ser medallista en una Olimpiada”, dice, pero enseguida se corrige a sí mismo con la honestidad de quien no teme soñar en grande: se ve campeón mundial, se ve campeón olímpico, y tal vez ese sea su mayor combate: no contra un rival, sino contra los límites.
Porque cuando Geannis Garzón entra al colchón, ya no es el muchacho del barrio ni el hijo de una leyenda, es, como él mismo lo describe, “otra persona”: rápida, agresiva, concentrada, es en esencia, alguien que pelea por convertir su historia en algo más que continuidad. En algo propio, en algo inolvidable.
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