Relevo cubano 4x400: la conjura perfecta en San Salvador

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ACN - Cuba
Boris Luis Cabrera | Foto de Archivo
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18 Julio 2026

  La noche caía sobre San Salvador como una manta húmeda y en el Estadio Nacional Jorge “El Mágico” González, el atletismo se despedía de los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2023 con la última carrera larga sobre la pista: el relevo 4×400 femenino.   

   En la lista de salida, un nombre brillaba como foco central: Marileidy Paulino, la dominicana que ya se había bañado de oro en los 400 lisos con récord centroamericano, desplazando una marca cubana que llevaba 45 años intacta.

   Venía a buscar su tercera corona en San Salvador, la guinda perfecta para una campaña que confirmaba su condición de estrella mundial. Frente a ella, cuatro cubanas se preparaban para correr no solo contra el reloj, sino contra una reputación que parecía inalcanzable.

   Zurian Hechavarría ajustó los clavos en el partidor, como quien se ata un compromiso. Todavía llevaba fresca la sensación de su oro bajo lluvia en los 400 con vallas, el regreso a la épica después de la lesión y la ausencia mundialista. Ahora, el reto era diferente: abrir el relevo, marcar el tono, dar a sus compañeras algo más que un tiempo, darles fe.

   Rose Mary Almanza caminaba en la zona de entrega con la calma de los años en pista, esa mezcla de mediofondo y responsabilidad que la había convertido en rostro habitual de los grandes eventos.   

   Lisneidy Veitía, de paso firme, revisaba mentalmente la curva que le tocaría correr y Roxana Gómez, al final, cargaba como ancla el peso emocional de tener enfrente la sombra de Paulino en la última posta.

   El estadio tenía esa vibración de penúltimo día de Juegos: las delegaciones mezcladas en las gradas, las banderas húmedas, los celulares listos para grabar el último fogonazo del atletismo.

   En el carril dominicano, la confianza se palpaba en gestos pequeños: bromas, miradas, la certeza de que una mujer que domina la vuelta al óvalo puede, en cualquier momento, cambiar el guion de un relevo. En el carril de Cuba, el silencio era estratégico: una concentración que parecía conjuro.

   El disparo atravesó la noche. Zurian salió recordando que el primer tramo no es solo una vuelta, es un mensaje. Ni conservadora ni suicida: agresiva dentro de la lógica.

   Cada cien metros eran una negociación con el lactato y con la táctica. El primer relevo necesitaba dejar a Cuba “en la pelea”, pero Zurian decidió algo más: dejarla al frente. La zancada larga de vallista trasladada a la pista sin obstáculos empujó al cuarteto cubano hacia la cabeza. Cuando entregó el bastón a Rose Mary, no entregaba solo un tubo de aluminio, sino una ventaja que ya empezaba a incomodar a las favoritas.

   Almanza tomó el relevo con ese oficio de quien ha corrido 800 metros en todo tipo de escenarios. Su vuelta fue un ejercicio de administración fina: mantener, resistir, estirar lo justo. En los relevos largos, el segundo tramo suele ser territorio de cambios, de equipos que se reorganizan, de caos controlado. Rose Mary eligió la estabilidad: una línea de ritmo sostenida que impidió que la carrera se descompusiera. Detrás, la República Dominicana empezaba a entender que el plan no consistía solo en llegar cerca y dejar todo a Paulino; había una resistencia en cada posta.

   Lisneidy Veitía recibió el bastón en una zona de ruido: los gritos ya no distinguían países, las voces se mezclaban con la urgencia. Su tramo era crucial: debía correr con suficiente coraje para no ceder la estructura táctica, pero con suficiente cabeza para que Roxana no recibiera un relevo gastado. Zancada amplia, cadera alta, mirada fija en la curva donde se deciden tantos relevos. Cada paso suyo era un pulso con el tiempo y con la memoria: Cuba sabe lo que es ganar 4×400 en Centroamericanos, Cuba sabe también lo que es perderlos en la última recta.

   Veitía sostuvo el hilo. Cuando entregó la batuta, la ventaja cubana seguía viva, como una llama que se negaba a apagarse. Entonces apareció la escena que todos esperaban: última posta, cuatro vueltas completas sumadas, y el duelo trasladado a dos mujeres. Roxana Gómez por Cuba; Marileidy Paulino por República Dominicana.

   Dentro del imaginario del atletismo actual, Paulino es sinónimo de remontada: finalista olímpica, campeona mundial de 400, mujer acostumbrada a devorar rectas con tiempos que parecen de otra dimensión.

   La dominicana recibió el testigo en la última entrega con metros por recuperar, pero con un historial que invitaba a creer que la historia aún podía dar un giro brusco.

   Los primeros metros de la vuelta fue un baile de tensiones. Roxana, adelante, sintiendo en la nuca la presencia conocida, ese peso intangible de un nombre. Marileidy, detrás, midiendo, observando, calculando la distancia, llevando el cuerpo hacia la zona donde suele desatar la furia de su velocidad. El estadio se partió en dos emociones: la expectativa de la remontada y el deseo de la resistencia.

   En los últimos 200 metros, el Caribe se convirtió en un latido. La dominicana apretó, como tantas veces ha hecho en la élite. La zancada se hizo más larga, la respiración más intensa, pero esta vez había algo diferente: la ventaja construida por las cubanas no era un margen simbólico; era un muro que se levantó en cuatro gestos coordinados.

   La recta final fue un plano inclinado hacia la historia. Paulino recortaba centímetros, pero el reloj avanzaba igual de rápido. Roxana no miró atrás; corrió como si lo único que existiera fuera la línea blanca de llegada, esa frontera donde los relevos se convierten en tiempos, y los tiempos se convierten en memoria. Cuando cruzó, la sensación fue doble: triunfo y alivio. El marcador electrónico parpadeó un número que, de inmediato, rompió más de una referencia: 3:26.08.

   Era récord centrocaribeño. Era, también, un golpe sobre la mesa interna de Cuba: más de tres segundos por debajo del registro que la propia Isla había establecido cinco años antes en Barranquilla, 3:29.48. República Dominicana quedó en plata y el bronce se fue para Colombia. Los datos cerraban la noticia, pero el relato seguía corriendo por la pista azul.

   En las celebraciones, las cuatro cubanas formaron un círculo que parecía más un pacto que un festejo. Zurian, que había regresado al oro individual, se abrazaba ahora a un oro colectivo que la situaba como pilar de una nueva generación.

   Rose Mary sonreía con esa mezcla de satisfacción y experiencia: sabía que los relevos son siempre un examen de confianza mutua. Lisneidy respiraba hondo, con el peso del tercer tramo aún en las piernas. Roxana levantaba el bastón como quien levanta una respuesta.

   En la otra zona de la pista, Paulino, derrotada pero intacta en su dimensión de figura, asumía la plata con la serenidad de quien sabe que el deporte también se escribe desde estas contradicciones: una estrella mundial frenada en un escenario regional por cuatro mujeres que, ese día, corrieron con la precisión de una conjura.

    No hubo drama exagerado ni gestos teatrales; hubo un reconocimiento tácito: se había librado una batalla caribeña, y había ganado Cuba.

   El atletismo cubano se despedía de San Salvador 2023 con seis jornadas que no alcanzaron la abundancia de 2014 o 2018, pero sí dejaron oros y récords que hablan de reinvención. El 4×400 femenino fue su epílogo perfecto: un relevo en el que cada posta entendió que no se trataba solo de defender un orgullo estadístico, sino de demostrar que, aun en tiempos de cambios, la Isla puede seguir escribiendo páginas de épica.

   Quizá dentro de algunos años, cuando se cuenten las grandes historias del atletismo centroamericano, alguien reduzca esta noche a una línea sobria: “Cuba, oro en el 4×400 femenino; República Dominicana, plata, pero quienes estuvieron en el “Mágico” González sabrán que esa línea no lo dice todo.

    No cuenta la respiración contenida en la última recta, ni el peso invisible del nombre de Marileidy, ni la decisión silenciosa de cuatro cubanas que eligieron correr como si no hubiera mañana.

   Porque esa noche, en San Salvador, el Caribe tuvo dos ritmos: el de la remontada que todos esperaban y el de la resistencia que pocos creían posible. Y al final, cuando el reloj se detuvo y las banderas se cruzaron en el podio, fue el segundo el que prevaleció.

    Cuatro vueltas, cuatro mujeres, un relevo que no solo ganó el oro: frenó a una campeona del mundo y recordó, con contundencia, que en la pista, por más títulos que traiga el rival, siempre hay espacio para una conjura perfecta.


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