Porque tenemos el corazón feliz: Teresita Fernández

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ACN - Cuba
Luz Marina Fornieles Sánchez | Fotos: cortesía del entrevistado
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18 Diciembre 2025

  La Agencia Cubana de Noticias abordó al reconocido narrador Enrique Pérez Díaz, Premio de Edición 2024, en esta oportunidad para contar sobre su relación con la cantora mayor Teresita Fernández, en ocasión del advenimiento el 20 de diciembre próximo de su cumpleaños 95.

   El también periodista de temas culturales y escritor de literatura infantil multipremiado y Director del Observatorio Cubano de la Lectura y el Libro, comenta en exclusiva cómo lo hizo soñar su encuentro definitivo con Teresita en el Parque Lenin.

    Se reproducen entonces las hermosas palabras salidas del corazón de Enriquito, como suelen decirle sus contemporáneos de la carrera de Periodismo de la graduación de 1982.

---¿Cuándo conociste a Teresita Fernández?

   “El gatico Vinagrito” siempre fue un referente de mi infancia a través de cortos televisivos o canciones en la radio. ¡Cuántos Vinagritos no habré adoptado en mi hogar de la playa de Santa Fe, imbuido del espíritu de aquella canción que deletreaba con dulzura y sencillez una voz grave y cálida que nos llenaba los sentimientos, las emociones...

Pero nunca imaginé el papel que la persona dueña de aquella voz iba a tener en mi vida. Pasaron los años y, un buen día, durante una visita a la Peña de los Juglares del Parque Lenin conocí a Teresita Fernández. Iba a la sazón con la colega -ya fallecida- Nora Sosa y allí estaba ella, mujer de melena o más bien desmelenada de negros y brillos pálidos, ojos grandes ocultos detrás de unos cristales, tabaco en la boca y un amor a flor de piel.

   Su acompañante era Francisco Garzón Céspedes, especie de Gurú para muchos de los narradores orales que al calor de un movimiento fundado en Cuba se multiplicó por toda Iberoamérica. No recuerdo exactamente el repertorio de esa tarde, pero en algún momento el gato abandonado y callejero, esmirriado y tierno en su desdicha y orfandad, se asomó a aquella especie de gruta mágica donde se anclaban trovadores y poetas.

   Nora iba con su hija, la inquieta Claudia, hada traviesa que jugueteaba sin atender a la peña y la tenía tensa. pero en ambos nos quedó el deseo de, en un ambiente más informal —sí, incluso todavía más informal que aquella peña que lo era tanto— entrevistar a la protagonista indiscutible de aquella hora tan diversa.

    Al documentarnos, era notable conocer que Teresa había sido maestra y una trovadora consagrada desde los 60, toda una poeta de hondas canciones de amor y desamor y que estuvo vinculada a la bohemia habanera de los primeros años de Revolución.

   Muchas anécdotas me llegarían después de esta mujer iconoclasta y religiosa a la vez, de esta sagitario tan dulce como ríspida cuando fuese menester, de esta profeta medieval que hacía de verso y canto un arma de amor y que no se cansaba de transitar los caminos de la isla donde iba dejando huellas de amor.

   Porque Teresita era una trotamundos inveterada, impuesta de su sagrado deber de llevar el verso a donde fuera escuchado, sin cobrar por ello un centavo, sin exigir nada a cambio, feliz solo de recibir aplausos sentidos del público y de que su voz se volviera un gran coro en lo más emotivo de sus espectáculos que no tenían un orden concreto sino que cedían a su emotividad y las condiciones ambientales.

--¿Qué impresión les produjo este nuevo encuentro con Teresita?

   Teresa, Tere, Teresita era una martiana de vocación y de lecturas. Aseguraba poseer en su casa sencilla y de aspecto algo salvaje o robinsoniano solo cuatro libros fundamentales: los tomos de las Plantas medicinales de Don Tomás Roig, la Biblia, La Edad de Oro, de José Martí; y el texto que en ese momento estuviera leyendo. Ella no era amante de las posesiones mundanas. Por eso su amor a lo sencillo y esos versos hechos canción que solían decirnos: “En una palangana vieja sembré violetas para ti”.

   Vestía con sencillez espartana y su voz era un clamor de entusiasmo cuando irrumpía al son de su guitarra cantando en lomas y montes: “Amiguitos, vamos todos a cantar, porque tenemos el corazón feliz, feliz, feliz, feliz, feliz”. Su voz grave y llena de coloraturas y cadencias sonaba a veces desgarrada y sufrida, pero en otras oportunidades se tornaba himno de combate.

   Había sido una gran lectora de poesía y en cada una de sus actuaciones el diálogo fluía irreverente y sentencioso como era esta mujer de pueblo que nunca se sintió artista (aunque lo fuese y de las grandes), pero sí maestra.

   Escuchándola uno se imaginaba que las rondas de Gabriela Mistral eran más suyas que de esa gran voz lírica del continente, que Martí había compuesto el Ismaelillo quizás soñando con que alguna vez ella lo haría suyo y que muchas de las poetisas cubanas de los 60 debían a esta trovadora una buena difusión de sus poemas convertidos en canciones.

   Como pocos artistas que haya conocido alguna vez, practicaba el desapego, pero no solo hacia lo material sino el desapego como ideología de vida. Porque si bien nada humano le resultaba ajeno, del mismo modo había aprendido a transitar victoriosa por los caminos del desamor, la decepción y el olvido.

   Vivía refugiada en aquella especie de Edén que era su casita de la calle Clavel, adonde invitaba a sus más cercanos y donde Nora y yo tuvimos una tarde otoñal el privilegio de encontrarla rodeada de perros y gatos de nombres más característicos y originales.

-- ¿Existe alguna anécdota especial de aquella tarde?

   Recuerdo la caja de pasteles que le compró a una vendedora ambulante y que fue virtualmente devorada por los golosos y mimados animalitos, que eran parte de la entrevista con sus ladridos, maullidos o cloqueos, mientras nosotros mirábamos la escena algo consternados.

--¿Qué descubrieron en esa gran artista tan diferente y original?

   Aquella tarde Teresita se nos reveló en su gran humanidad. Nos dio lecciones de ética y de patria, habló del compromiso con nuestra creencia y de sacrificarlo todo al fin en lo que se cree. El azar era su proa y el camino toda su ruta y por eso te la encontrabas cantando en los sitios menos pensados, con el mismo amor, con su prédica humana y entrañable.

    Cuando su voz se alzaba a los cuatro vientos en un parque, un hospital, un teatro, un cañaveral, una fábrica, una unidad militar, una escuela, con ella venían todas las voces de América. De hecho, una vez, que la visité con la cantautora y profesora argentina María Teresa Corral, ella me dijo que Teresita era más grande que muchas que pasaban por grandes en el continente y que solo habían tenido mejor difusión de su creación.

-- Hablas con fervor de su vida y de su obra, evidentemente te impresionó sobremanera.

   Aquella primera visita que hice con Nora Sosa a su hogar de entonces -después vivió en otra dirección con mejores condiciones- nunca se borró de mi mente. Esa noche llegué a mi casa como si me hubieran echado encima 100 jarros de agua helada. Me sentía tan poco humano, tan pequeño ante la grandeza de aquella mujer sin edad. Yo soñaba ser escritor, pero tenía la socorrida imagen de tantos que vivían para sus éxitos, sus giras, sus ventas, sus premios, esos lobby que tanto destruyen o consagran.

   Tere me mostró que el arte nacía no solo del oficio sino también del corazón, que el arte estaba entre los seres sencillos y empoderados en el amor por la naturaleza y sus criaturas, que ser artista era, como dijese el Héroe Nacional: yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy, arte soy entre las artes y en los montes monte soy.

--¿Ese trabajo periodístico se publicó alguna vez?

   No tengo constancia de ello, pero conocer a Teresita me hizo cambiar muchas ideas: a veces he pensado que mi destino en las letras hubiera sido otro bien diferente si no me hubiera dedicado a escribir, casi por entero, para o sobre las infancias para hablar de sus anhelos y sus penas, de su modo de entenderse con este mundo hostil. Pero aposté por los que saben querer y representan la esperanza como dijera Martí.

    Escribir no nos hace especiales, pero puede ayudar a muchos a reflexionar y mejorar como humanos, puede, incluso, ayudar a que otros crezcan como escritores y, sobre todo, como personas.

--Evidentemente, ese encuentro que se pierde en la memoria te marcó para siempre...

   Alguien como Teresita consiguió demostrarme desde el principio, que la escritura y el arte son un compromiso, una misión, una entrega a lo que se defiende o se desea proteger. Y eso era Teresita Fernández, como han dicho sus biógrafos, una maestra que siempre canta, la musa solitaria que nos llamaba a su Ronda diciéndonos con el calor y la lírica de Gabriela Mistral y el dolor de tantas madres frustradas de América por haber perdido a sus hijos o por soñar desde la memoria del descendiente que nunca vino:

"Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y me amarás,
como una sola flor seremos,
como una flor y nada más.
Te llamas Rosa y yo Esperanza,
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos en la danza
como una flor y nada más.
Porque seremos en la danza,
como una flor y mucho más..."


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