“Esto no lo podemos permitir: cuando suene el primer tiro, allí estaré yo”, dijo Carmelo Noa Gil a su familia cuando conoció del golpe de Estado perpetrado en Cuba por Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952.
Las palabras del joven artemiseño se materializarían tiempo después, cuando formó parte del grupo de revolucionarios que, dirigidos por el abogado Fidel Castro Ruz, asaltaron el 26 de Julio de 1953, los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente.
Nació en la finca San Miguel, del barrio de Capellanías en Artemisa, el 16 de julio de 1926. Dos de sus hermanas Martha y Jaisy, lo describieron como “noble, fuerte, de firmeza y convicciones, a pesar de su juventud, y que no admitía imposiciones”.
Desde muy pequeño tuvo que enfrentarse a las labores agrícolas para ayudar a sus padres: Hilario y María del Carmen. Vivió de cerca, junto a los trabajadores del campo, las necesidades que tenían, cómo podían morir niños por las epidemias, o las mujeres por un parto, dada la ausencia de médicos.
Muy pronto las inquietudes revolucionarias de Carmelo se hicieron sentir. El año 1953 marcaría el inicio de la lucha revolucionaria contra el tirano. Estaba escrito: los cubanos no dejarían morir al Apóstol en el año de su centenario.
El 28 de enero, en Artemisa, los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, la Juventud Ortodoxa, entre los que estaba Carmelo, y la Juventud Socialista, convocaron a una manifestación.
Y con gritos de “¡Abajo Batista!” y “¡Abajo la dictadura!” caminaron por la calle Martí y llegaron ante el busto del Apóstol de la Independencia de Cuba, en el parque. Era el destello de lo que ocurriría después.
Amigo desde la infancia de Julito Díaz, este último lo acercó al grupo de jóvenes que tenían ansias de libertad y ya estaban en contacto con Fidel.
En Capellanías, lugar donde residía Carmelo, estuvo uno de los campos de tiro utilizados por los muchachos. Ahí estuvieron entre otros, Ciro Redondo, Julito Díaz y José (Pepe) Suárez.
A fin de evadir las preguntas de sus progenitores, Carmelo decía que ellos venían a cazar codornices y guineos, además de bañarse en el río. Por eso no les resultó extraño verlos aparecer con frecuencia en las tardes, y los fines de semana.
Según historiadores artemiseños “las armas eran escondidas en una cueva, con una abertura de unas 50 pulgadas de diámetro, cerrada por dos piedras”.
Recoge la historia que, después del Moncada, las fuerzas de Batista registraron el lugar y encontraron una lista con nombres de combatientes artemiseños, razón por la cual recorrieron casa por casa para detener o interrogar a familiares de los jóvenes.
Llenos de ira, los jefes mandaron a cortar tres palmas que se hallaban en lo que era el campo de tiro, en cuyos troncos todavía estaban fijadas las dianas perforadas por los plomos.
Cuentan que “después despedazaron los troncos a machetazos para extraerles los proyectiles y comprobar su calibre. También se ocuparon cápsulas de los cartuchos disparados”.
Fue el viernes 24 de Julio que la familia vio por última vez al hijo querido. Pero antes, Carmelo pidió en la vaquería donde trabajaba, unos días de descanso, que le fueron concedidos. Después lo recogería Julito Díaz, cuestión que a nadie inquietó, por la vieja amistad que existía entre ellos.
Con un pantalón de mezclilla y camisa blanca, salió del hogar. Cariñoso como era, dio besos de despedida, con la certeza de que regresaría pronto, que no tenían que preocuparse.
El joven destacaba por su buena puntería y estuvo en el grupo de los que asaltaron la posta tres del Moncada. Jesús Montané, quien formó parte de esa avanzada, recordó: “En la primera máquina en el asiento delantero, íbamos Pedro Marrero al timón, yo en el medio y Renato Guitart, a mi derecha en la ventanilla. Renato con un arma larga y una pistola, yo con un rifle calibre 22 y Marrero con una 45, en el asiento trasero, Noa, Tasende, Ramiro Valdés y Suárez Blanco, con armas largas y cortas distribuidas”.
Carmelo estuvo entre los valerosos cubanos que perdieron la vida en el combate. Cumplió su palabra: “cuando suene el primer tiro, allí estaré yo”.
Sus restos descansan en la cámara mortuoria del mausoleo a los Mártires de Artemisa. Allí los lugareños y personas de toda Cuba y el mundo le rinden tributo a él, y al resto de sus compañeros de lucha.
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