En el hospital pediátrico de Villa Clara, donde cada minuto puede decidir el destino de un recién nacido, el nombre de Abel Armenteros García, jefe del servicio de Cirugía Neonatal, se ha convertido en símbolo de esperanza.
Humilde y sereno, este médico villaclareño ha devuelto la vida a cientos de familias, convirtiéndose en el “señor bisturí”, que esculpe milagros en los más pequeños.
Su trayectoria, marcada por la sencillez y el compromiso, lo ha llevado a ser referente en la pediatría cubana.

Para conocer más de su historia, conversamos con él en los pasillos del centro hospitalario, allí la calma de su voz contrasta con la intensidad de las batallas que libra cada día.
—Doctor Abel, ¿qué significa para usted entrar a un quirófano con la vida de un recién nacido en sus manos?
Es una responsabilidad inmensa, en ese momento no pienso en mí, pienso en el niño y en su familia, cada latido que logro preservar deviene un futuro que se abre, una sonrisa que podrá existir.
Eso me da fuerzas para mantener la calma y actuar con precisión.

—¿Recuerda algún caso que lo haya marcado especialmente?
Muchos, pero siempre me viene a la mente el de Lennier, operado con apenas seis días de nacido. Sus padres estaban destrozados y confiaron en nosotros.
Cuando salió adelante, sentí que no solo salvamos una vida, sino que también devolvimos la esperanza a una familia entera. Esos momentos no se olvidan.
—¿Cómo logra mantener la serenidad en situaciones tan críticas?
La serenidad se construye con disciplina y fe. No se trata solo de técnica, sino de confianza en el equipo y en la preparación que hemos tenido.
Yo crecí en un barrio humilde del Condado, y esa raíz me enseñó a enfrentar la vida con calma y determinación. Eso me llevó a ser médico, al quirófano, a ser más sencillo, más humano.

---Los progenitores lo llaman “el segundo padre” de sus hijos. ¿Qué siente al escuchar eso?
Es un honor que no busqué, pero que agradezco profundamente. No hay mayor satisfacción que ver a esos infantes crecer, correr y reír. Saber que tuve un papel en que eso ocurra es mi mayor recompensa.
—¿Qué mensaje le daría a los jóvenes galenos que sueñan con salvar vidas?
Que nunca olviden que detrás de cada paciente hay una familia, un futuro. La Medicina no es solo ciencia, es también humanidad. Si se trabaja con humildad y entrega, los resultados llegan.
Abel no presume de hazañas ni busca titulares, camina por los pasillos del hospital con la misma sencillez con la que creció en Santa Clara.
Sus colegas lo reconocen como maestro y líder silencioso; los padres lo recuerdan como el hombre que les devolvió el aliento.
En un mundo que a veces olvida el valor de lo humano, Abel Armenteros nos recuerda que hay personas que dedican su existencia a ser luz en la oscuridad.
Su legado no se mide en reconocimientos, sino en latidos, en risas, en vidas que siguen adelante.

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