Elisa Bertó despertó un poco más temprano como siempre hacía cuando su esposo salía pescar, pero se extrañó de su ausencia, pensó lo más malo y horas después de ese día, el 13 de julio de 1962, conocería del asesinato de Rodolfo Rosell Salas a manos de marines estadounidenses de la Base Naval de Guantánamo.
“Cuando fui, como de costumbre, a llevarle el desayuno, y él no apareció, eso me aterró”, porque era la primera vez que eso ocurría, confesó en una entrevista años más tarde.
“Mi esposo conocía del peligro de atravesar el canal de entrada de la bahía de Guantánamo, agregó, porque a ambos lados estaban apostados los soldados norteamericanos, quienes una noche le dispararon.
“Al conocer de aquel episodio, sentía temor de que algún día podía suceder una desgracia, pero él, apuntó, nunca cejó en el empeño de ir de pesca y cumplir con lo pactado con la cooperativa Gustavo Fraga, de Caimanera.
Cuando ella dio la voz de alarma, sus vecinos y amigos iniciaron la búsqueda que se prolongó hasta la mañana del 13 de julio, en que avistaron la embarcación Dos Hermanas en un cayo a unos cinco kilómetros del poblado de Caimanera.
La lancha estaba encallada y ladeada completamente. Dentro hallaron el cadáver de Rosell Salas, con la ropa hecha jirones y signos evidentes de tortura.
En su cráneo y otras partes del cuerpo eran visibles las perforaciones hechas probablemente con punzones y hematomas de una cruel golpeadura.

El 12 de julio, bien temprano en la mañana Rodolfo se hizo a la mar, pese a los riesgos de pescar en la bahía guantanamera, una parte de la cual ocupa de manera ilegal una base naval de Estados Unidos contra la voluntad del pueblo cubano.
No regresó a su hogar donde era esperado por su esposa en avanzado estado de gestación y sus pequeños hijos Rodolfito, de 12 años, y Marisela de nueve.
La embarcación Dos Hermanas, perteneciente a Rosell, la interceptaron marines yanquis y trasladaron a la base, donde lo torturaron y masacraron sin razón alguna, solo por el hecho de representar a un país que no cede a los dictados de Washington.
Con posterioridad, los marines abandonaron el cadáver dentro de la lancha que encalló en una playita de la rada del guaso.
Pese a las denuncias del gobierno revolucionario por el asesinato de Rodolfo Rosell Salas, de 29 años, jamás las autoridades de la base norteamericana profirieron palabra alguna sobre el tema lo que las convirtió en cómplices de esa execrable acción.
El crimen sigue impune como otros cometidos por los militares, entre ellos, el asesinato en el enclave yanqui del obrero Rubén López Sabariego y de los jóvenes custodios de la frontera, Ramón López Peña y Luis Ramírez López, muertos por disparos desde la ilegal base durante el cumplimiento de sus guardias en protección de Cuba.
A 64 años de su asesinato, Rodolfo Rosell Salas es una de las casi tres mil 500 víctimas cubanas del terrorismo norteamericano de Estado que, con el método de recrudecer un bloqueo económico, comercial y financiero de casi siete décadas, intenta hoy llevar a la desesperación al país caribeño.
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