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Repulsa a profanación de estatua de Martí por marines yanquis

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ACN - Cuba
Jorge Wejebe Cobo | Foto: Archivo
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11 Marzo 2024

Durante la noche del viernes 11 de marzo de 1949, los marines yanquis sargento Herbert Dave White y George Jacob Wagner, de pase en La Habana, totalmente ebrios proferían grotescos gritos al tratar de escalar la estatua de José Martí en el Parque Central y en tal profanación se les unió un tercer  compinche, Richard Choingsby, quien  llegó a sentarse sobre la cabeza de la escultura y la usó de urinario.

   Habían arribado en la flotilla del portaviones estadounidense  Palau, junto a los barreminas Rodman, Hobson, Jefferson y un remolcador con más de mil 200 efectivos. Como era habitual  desembarcaban para participar en  una amplia red de la industria de la prostitución, la droga y cuanta actividad ilícita y lucrativa era ofrecida en burdeles, bares y todo tipo de tugurios.

   Aquel insulto constituía un hecho insólito hasta para el país en el que el hermano del entonces presidente Carlos Prío Socarrás, conocido como Paco y adicto a las drogas, solía recibir a los invitados a sus fiestas con cocaína, y hasta llegó a organizar bajo la protección oficial una reunión en 1946 en La Habana con Lucky Luciano y Meyer Lansky,  para regentar en la Isla el más gigante lupanar de la región.

   La noche de la transgresión a la estatua de Martí, un fotógrafo que brindaba sus servicios en los centros nocturnos de la zona captó lo que ocurría y vendió las imágenes a la prensa nacional que reflejó el ultraje, principalmente revelado por el Diario Hoy, del Partido Socialista Popular (comunista),  lo cual provocó el rechazo nacional a tal afrenta.

    Fueron la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), el movimiento obrero y organizaciones de izquierda las que estuvieron a la vanguardia de los actos de repudio a tal felonía.
 En las primeras horas del 12 de marzo en el Parque Central se organizó un desagravio al Héroe Nacional, en el que participaron numerosos oradores y se depositaron decenas de coronas de flores en la base del monumento.

   Mientras, el oficialismo trataba de apaciguar inútilmente la situación y el entonces canciller cubano llegó al extremo de sumisión de sufragar la corona de flores que envió el embajador norteamericano al Apóstol, que duraría poco tiempo antes de ser destruida por el pueblo.

   Luego de que usaron de la palabra los oradores del acto popular alguien lanzó  el llamado “¡a la embajada norteamericana!” y cientos de manifestantes emprendieron el camino por la calle Obispo hasta la sede norteña, que en esa época estaba situada en el edificio de J. Z. Horter, en la Plaza de Armas, donde hoy se encuentra la Biblioteca Rubén Martínez Villena.

   En el referido lugar  se concentró  una enardecida multitud “Abajo el imperialismo”  en rechazo  a los profanadores de la memoria de Martí. Al principio el  embajador norteño, Robert Butler, rodeado de guardaespaldas, trató sin éxito de disuadir a los presentes.

   La zona fue acordonada por fuerzas de la policía que golpearon  a los participantes y se ensañaron en los dirigentes y miembros de la FEU, entre los que se destacaba un joven nombrado Fidel Castro, quien plantó cara a los esbirros junto a sus compañeros de luchas estudiantiles Baudilio Castellano y Alfredo Guevara, representantes de una nueva vanguardia revolucionaria.

   Los jóvenes por iniciativa intentaron establecer ante la justicia una denuncia contra el jefe de la policía por su violenta represión, lo cual fue impedido por el gobierno. Eso ratificó la situación de corrupción y servilismo del sistema político instaurado con la falsa república de 1902.

   Las autoridades cubanas al final complacieron a la embajada  estadounidense y acordaron que los tres infractores, quienes se encontraban detenidos provisionalmente para su protección ante la cólera del pueblo, volvieran a su barco y regresaran a su país rápidamente en unión del resto de las tripulaciones, lo cual estimuló aún más la repulsa de la población.

   Aquella batalla en defensa de la dignidad nacional significó una primera e importante lección en  la radicalización del proceso revolucionario cubano y sobre todo para la Generación del Centenario, que comenzaba a aflorar con su joven dirigente Fidel Castro.