De procedencia campesina, muy humilde, Ramón López Peña fue el mayor de 12 hermanos y solo tenía 17 años cuando se convirtió en el primer mártir de la Brigada de la Frontera, adonde llegó en febrero de 1963.
Víctima del odio visceral del imperio norteamericano, engrosó tempranamente la lista de crímenes de Estados Unidos en ese enclave.
Causaron su muerte disparos desde la Base Naval de Guantánamo, porción del territorio cubano ocupado ilegalmente por EE. UU. desde 1903.
Corría la tarde del nefasto 19 de julio de 1964, cuando acontecieron los hechos que llenaron de dolor a un padre carbonero --Andrés López-- y una madre --Eunomia Peña Pérez-- devenida otra Mariana Grajales ante la pérdida de su primogénito.
Ese fue un dolor multiplicado desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí.
"...HOY VA A HABER JODEDERA..."
El atardecer de esa jornada fue tenso en la localidad guantanamera de Caimanera.
A las 5 y 37 de la tarde, desde una de las postas estadounidenses ubicada en las coordenadas 43-67, comenzaron a rastrillar los fusiles, a apuntar a los guardias cubanos y a ofenderlos verbalmente. Las pretensiones estaban bien definidas: provocar y utilizar esto como pretexto para invadir otra vez Cuba.
Alrededor de las 6 y 30 se mantenía esa situación cuando los soldados Ramón López Peña y Héctor Pupo Sucarno asumieron su turno de guardia.
“Vamos a tomar café, que esta gente está jodiendo mucho; hoy va a haber jodedera”, comentó Ramón anticipándose a lo que lamentablemente sucedería poco después.
Exactamente treinta minutos más tarde los centinelas norteamericanos, acostados en el suelo, abrieron fuego contra ellos violando las normas elementales del derecho internacional.
López Peña resultó herido de gravedad. Un proyectil le atravesó el cuello. Sus últimas palabras fueron: "Marines, hijos de puta, me han matado".
Minutos posteriores fenecía, quien había nacido el 15 de diciembre de 1946 en el barrio La Morena, Puerto Padre, Las Tunas. Solo pudo alcanzar el cuarto grado de escolaridad porque la situación económica familiar no le permitió continuar estudiando y tuvo que dedicarse a las labores agrícolas, incluso cortó caña.
Con 15 años ingresó en las Milicias Nacionales Revolucionarias y poco después en las Fuerzas Armadas Revolucionarias con las que participó en la lucha contra bandidos. Sus méritos y disciplina hicieron que fuera destinado al Batallón de la Frontera.
Su progenitor, un carbonero de la zona, tomó entonces entre sus manos las de su hijo, las acarició dulcemente y le dijo: “No te descuides, mijo, esa gente es capaz de cualquier cosa”. A lo que el decidido jovencito le respondió: “No se preocupe, voy a seguir cuidándome allá y a cumplir mi deber”.
Allí resultó seleccionado joven ejemplar durante el proceso de ingreso a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) por su firme contribución en la preparación combativa y política, en la técnica del armamento, la superación cultural y ser protagonista de tres zafras del pueblo.
Tras su muerte, simbólicamente, le fue otorgado el primer carné de militante de la UJC en las FAR.
El carácter enérgico y la nobleza campesina del bisoño combatiente ya había predispuesto a todos para su ingreso a la organización juvenil: "Quiero ser comunista", había escrito en su solicitud.
Ante los reclamos de su padre de que se cuidara, siempre le reafirmaba: “Papá, esto es de Patria o Muerte”.
De acuerdo con lo narrado por Genaro Rodríguez Cruz, testigo presencial de los acontecimientos, cuando todo se puso candente de inmediato el jefe de la escuadra ordenó entrar en la trinchera. López Peña, el último en hacerlo, resultó herido. Venía tambaleándose con destino al sitio seguro, cuando se desplomó ya ensangrentado, según lo descrito por el referido testimoniante.
Una vez conocido el trágico final, los padres acudieron a la despedida. Ambos con el peso del fatal desenlace encima de ellos.
Con ese rumbo partieron el hombre de las manos callosas y la mujer que vistió el uniforme de miliciana para rendir los honores al soldado caído y prefirió no llorar para ni darles el gusto a los yanquis de verla derramar sus lágrimas.
La noticia de su asesinato llegó a todos los destacamentos del batallón fronterizo. El dolor, la rabia e indignación se generalizaron en el país.
Su partida física en esas circunstancias no fue un hecho fortuito, antes el personal que ocupa ilegalmente ese pedazo de Cuba, la había tomado contra el trabajador Lino Rodríguez Grenot, ultimado por el supervisor de los trabajos de ampliación del enclave durante la Segunda Guerra Mundial.
Tiempo después la ira cayó sobre Rubén López Sabariego y Rodolfo Rosell Salas. Dos años más tarde sería también asesinado Luís Ramírez López en circunstancias similares.
Testimonios sobre Ramón, aparecen en la prensa de entonces y más recientes. Entre ellos los de Melanio, su hermano, quien señala: “Desde niño fue muy preocupado por todas las cosas de la casa. Ya desde los siete u ocho años trabajaba con el abuelo, y ayudaba a papá en la fabricación de carbón. Estudiábamos en una escuelita del barrio La Morena, y por las noches cuidábamos el horno. Casi íbamos del monte para la escuela”.
Continúa éste rememorando, ya en la etapa de estar destacado en el guaso: “Él venía cada siete meses y nos hacía anécdotas de las provocaciones de los soldados yanquis: “Aquí me dieron con una piedra”, y nos mostraba.
La figura de Ramón aún está y estará presente siempre en la Brigada de la Frontera. Su valerosa actitud en defensa de la soberanía nacional desde su trinchera del deber nunca será olvidada.
Ramón López Peña es un ejemplo a seguir para la juventud cubana de hoy, empeñada desde las primeras filas en el combate sin cuartel frente al bloqueo genocida del mismo enemigo cruel, que hace 62 años segó la vida del primogénito de Angel y Eunomia.
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