Había una época en que las noches de apagón se iluminaban con historias; no existía entonces el vértigo de las notificaciones en el teléfono ni el desfile de videos cortos: existían las palabras susurradas al oído y los silencios que daban paso al asombro.
Las abuelas no enviaban postales virtuales de buenos días, ni de frases motivacionales por WhatsApp.
Ellas se adueñaban del portal, la sala o terraza y congregaban a los nietos en un círculo de sombras y, con el balanceo del sillón como único compás, comenzaban a tejer cuentos.
Recuerdo bien una historia que mi abuela rescataba de los campos de Matanzas, años previos al triunfo revolucionario.
Contaba que, en las esquinas de los terraplenes, esos caminos de tierra entre el monte, habían unas estructuras de hierro que semejaban balas gigantes de sesenta centímetros de diámetro: los llamados esquineros.
Esas armazones, huecas por dentro, servían como postes de cerca: rígidos, casi eternos.
Pero en la penumbra del batey, se convertían en los centinelas de un misterio que nos quitaba el sueño a los pequeños y a otros no tan chicos.
La protagonista era una mujer de blanco, joven y espectral, cuyos cabellos tan largos parecían que buscaban enraizar la tierra.
Según describían los viejos del entorno, su mirada erizaba la piel, aparecía recostada a un esquinero en las afueras de “La Ciega”, un batey ubicado a pocos kilómetros del pueblo de San José de los Ramos, mortificando a los jinetes que, en aquel entonces, eran los dueños de los senderos.
Su sola presencia inquietaba a tantos transeúntes que muchos optaron por rutas alternas.
Se comentaba sin cesar sobre la mujer de blanco, y todos coincidían en lo mismo: custodiaba una botija, recipiente escondido con dinero o cosas de valor, cuya entrega solo podían hacer a quienes lo enterraron en vida.
Cuentan que esperaba a un hombre específico para entregarle la botija, alguien que nunca llegó a identificarse.
Algunos la creían la hija de un terrateniente de la zona, que había muerto ahogada; otros pensaban que era una mujer muy inteligente que estaba asustando a los guajiros para ganar tiempo y privacidad.
Lo cierto es que un buen día desapareció, dejando el esquinero derribado en el suelo como única huella.
Aquella historia viajó por años de boca en boca, pero hoy esa forma de heredar el mundo ha sido víctima de una colonización tecnológica silenciosa.
El teléfono inteligente, que prometía unir a las personas, ha terminado por fracturar la comunicación oral en la familia.
Las abuelas ahora graban audios, las conversaciones se han desintegrado en emojis y reenvíos masivos de mensajes.
Los niños, asomados temprano al abismo de las redes, ya no necesitan imaginar; la pantalla les entrega el mito ya digerido, anulando el sagrado ejercicio de construir universos en la mente mientras escuchan una voz familiar.
La tradición de transmitir historias de generación en generación se ha ido diluyendo, destronada por el desplazamiento vertical de memes y reels.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que algo se ha perdido en el camino.
Ahora las noches son más silenciosas, aunque los teléfonos no dejen de vibrar.
La mujer de blanco de “La Ciega” sigue allí, atrapada en el recuerdo de quienes alguna vez escucharon su historia con los ojos muy abiertos y el corazón acelerado.
Nuestra tradición oral era esa botija invisible de identidad que, sin darnos cuenta, también hemos dejado enterrada bajo la pantalla.
© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
