La Habana, 31 may (ACN) El General de Ejército, quien pronto cumplirá 95 años de intensa vida, es hombre de honda sensibilidad aprendida desde su infancia en Birán, acrecentada al fragor de la lucha revolucionaria, y demostrada durante décadas en su empeño de impulsar, junto a Fidel, a generaciones de cubanos, destaca Juventud Rebelde.
Raúl es un ser de lealtades poderosas, honda sensibilidad, y poco a poco, al fragor de las balas se fue convirtiendo en un jefe rebelde cuya estatura moral era tan alta como las mismas alturas que los resguardaban refiere el periódico en un Suplemento Especial dedicado al líder de la Revolución.

Desde el inicio de la lucha puso por encima de todo los intereses de su Patria, aun sabiendo que esa decisión provocaría desgarraduras a sus familiares más amados. No hay mejor ejemplo que verlo allí, tras las rejas de la prisión de Boniato en 1953, frente a su madre afligida, y después leer la carta que le escribiría, el 18 de septiembre de 1953:
«Nos encontramos y apenas nos hablamos, nos separaba una reja de gruesos barrotes que apenas nos dejó besar y solo cruzamos algunas palabras referentes a la salud de mi padre, nada más hablamos, para las miradas intrusas aquello fue solo un momento emocionante, pero solo usted y yo comprendimos su grandeza. Sin hablar nos entendimos y con la mirada nos contamos, en un instante nuestras vidas: usted me vio nacer, colorado y gritón; luego dando los primeros pasos, cuando me dormía en cualquier lugar; más tarde juguetón y travieso, escondiéndome en escaparates y baúles, y finalmente me vería sentado en las escaleras de un colegio, llorando con la cara entre mis manos, porque era la primera vez que nos separábamos, apenas contaba con cinco años de edad. Igualmente, yo la vi a usted: trabajando igual que cuando la conocí, privándose de todo por satisfacer las necesidades y caprichos de los demás; la vi preocupada como cuando no podía complacerme en alguna de mis peticiones y la vi caminando como siempre incansable de un lado a otro, hablando en tono enérgico, y con palabra franca… y ahora frente a mí la tenía, hablando poco y en voz baja, con dos lágrimas aflorándole a los ojos y en la garganta un nudo. Y en aquel instante odié, maldije y amé. Odié las miserias humanas, maldije la desgracia de mi patria y la amé a usted más que nunca porque en ese instante vi reflejado en su rostro el dolor de todas las madres de mis compañeros muertos».
Sacrificios, plomo, coraje a pecho descubierto, hasta que los cielos se despejaron de bombas y los albores de enero de 1959 trajeron la ansiada libertad. Entonces, a sus 27 años, enfrentaba junto a su hermano y a un pueblo digno, la misión monumental de fundar una nación nueva. Fue un parteaguas en la historia, y ellos calzaron desde ese día sus botas guerrilleras para siempre y dieron de la piel hasta el último átomo en las batallas por Cuba.
La ternura del General
Intensos fueron los días y largas las noches de trabajo durante décadas. Raúl ha vivido los oleajes de una Isla en Revolución, asediada y firme, sostenida por el empuje y la fortaleza de hombres como Fidel y como él; dos gigantes impulsando a generaciones de cubanos acostumbradas a la grandeza y sensibilidad de sus líderes.
Muchos son los momentos en que Raúl abrazó con ternura a su pueblo. En las primeras semanas de enero de 1959, la revista Bohemia publicaba para la posteridad: «Desde que Raúl Castro apareció en las calles de Santiago con su simpática figura y su reducida guardia personal, se ganó la admiración de los mayores y el cariño de los niños. Las dos ocasiones en que vimos al líder de la Sierra Cristal en lugares públicos, se veía rodeado de “fiñes” de todos los tamaños. El jefe militar de Oriente se limitó —en una de las ocasiones— a dejarse abrazar por los chiquillos y murmurar: “Siempre estoy rodeado de niños”».
Así lo vimos en las fiestas de 15 años de los alumnos de la escuela Solidaridad con Panamá, inaugurada por el Comandante en Jefe el 31 de diciembre de 1989. Niños que la naturaleza hizo aún más especiales y que la Revolución acogió con cariño y entrega infinita. Y Raúl allí, entre todos ellos, preguntándoles por sus estudios, elogiando la letra que con el lápiz en los labios pudo perfilar una niña, cargando en sus brazos a otra pequeña, estrechándola suavemente contra su pecho, conversando con los familiares, con los maestros, y confesando sus sentimientos, como hizo en abril de 2018: «Estoy muy emocionado. Cuando veo cosas así admiro más a Fidel, que en 1989, año muy difícil para nuestro país, fundó esta escuela, cuando no sabíamos ni cómo íbamos a subsistir. Por escuelas como estas estamos dispuestos a darlo todo».
Ese es Raúl, el hombre que se conmueve ante el dolor de los otros, el más fiel compañero de Fidel, el que ganó sus grados a golpe de sacrificios, valentía y audacia, sin distinciones por la cuna en común, más bien tuvo más altos compromisos por ello, y desde su puesto imprescindible solo aspiró a ser útil y servir a su tierra.
Raúl, el líder que tiene siempre «el oído pegado a la tierra», que es decir permanecer atento a los humildes, el jefe que saluda a todos sus subordinados cada vez que llega a cualquier lugar, el General que no claudica. Hace un par de meses, cuando Cuba estremecida recibió el valor de sus 32 hijos caídos en combate contra el imperialismo en Venezuela, allí estuvo para rendirles tributo. El próximo 3 de junio cumplirá 95 años, es un rebelde del tiempo, un guardián de nuestra memoria que sigue acompañándonos en la lucha, como mismo lo hizo Fidel.
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