El Día de los Padres, en Cuba y en gran parte del mundo, se celebra el tercer domingo de junio. La fecha tiene una raíz hermosa: nació en 1909 en Estados Unidos, de la mano de Sonora Smart Dodd, una mujer que quiso honrar a su padre, un viudo de guerra que crio solo a sus seis hijos.
Con el tiempo, la idea se globalizó. Pero más allá del origen, el día existe para recordar algo elemental: ser padre no es solo engendrar. Es estar. Es quedarse. Es, muchas veces, hacer de madre también. Y en este caso, nada obligado ni exclusivo, por cierto, fue exactamente eso.
Hay padres. No de los que miran de lejos, sino de los que se mancharon con los pañales, que aprendieron a hacer purés con una mano mientras con la otra sujetaban un termómetro, que durmieron en un sillón junto a una cuna caliente por la fiebre; que maduraron con el tiempo, con los golpes, con las caídas. Tenía apenas dos años y tres meses cuando el destino y la vida pusieron a prueba al padre y al hijo.
Su madre, orgullosa de su deber, partió a cumplir misión internacionalista en la República Bolivariana de Venezuela, en el lejano 2004. Cuatro años. Cuatro años con sus días y noches. Él, un niño que aprendía. El padre de repente solo, con miedo y con todos los deseos del mundo de demostrar lo que hasta esa fecha no había podido, a pesar de haber engendrado otros dos hijos.
Todo comenzó por un día, después semanas, meses, años. Fueron 1 460 noches de arrullos, de madrugadas de fiebre alta por esa garganta que tanto molestaba, de inapetencia; días de círculo infantil, días y días que parecieron años.
Sufrió junto a él cada grado de temperatura, cada llanto sin causa aparente. Y disfrutó cada sonrisa, cada palabra nueva, cada abrazo, cada nuevo trazo aprendido: el salto de la rana, el del conejo. Todo valía más que cualquier medalla.
Venezuela fue solo el comienzo. Después vinieron otras tres misiones: Guyana, Brasil y Kenia. Una detrás de otra, casi sin respiro. Él crecía y el padre lo hacía junto a él, haciendo de madre, de maestro, de cocinero, de consejero y hasta de payaso.
Le tocó llevar el termo del círculo infantil, las mochilas de la escuela, las dudas de la secundaria, las ecuaciones del preuniversitario de Ciencias Exactas, que siempre las aprendió sin necesidad de que el padre le explicara.
Después el InSTEC (Instituto Superior de Tecnología y Ciencias Aplicadas) de la Universidad de La Habana. Allí no solo estudió: se graduó de Ingeniero en Tecnología Nucleares y Energéticas, con diploma de oro. Jamás aprendió el padre de reactores y fórmulas; más sí la fisión del orgullo: un corazón que se parte en mil pedazos de felicidad al saberlo graduado, con diploma de oro.
Aquel día, después que recibió la máxima calificación en la tesis, no pudo evitar mirar hacia atrás. Recordó las madrugadas de fiebre, la ausencia de su madre. Sin proponérselo, el padre se había convertido en el que necesitaba el hijo. No el perfecto, no el héroe; sí el que se quedó a su lado. Así, aparentemente, de sencillo.
En este día, el padre escribe para los que se dedicaron en cuerpo y alma a la crianza de un hijo. Para los que se levantaron a las dos de la mañana a cambiar pañales mojados, para los que secaron lágrimas sin tener las suyas secas, para los que fueron mamá y papá a la vez.
Y también escribe para los que no lo hicieron —por razones, a veces, incomprensibles— pero que, en el fondo, se sienten padres. Porque el corazón no entiende de custodias ni de calendarios. El corazón entiende de amor.
En estas líneas va el homenaje, con la misma brasa con que el hijo, ya grande, a punto de graduarse y sentado en el malecón habanero un día le dijo: «Gracias, viejo, por no haberte ido nunca».
Aquel día de la graduación, mientras el sol entraba por los ventanales de un aula de la universidad, el papá entendió una verdad que los años no han podido desmentir: era —y siempre será— el mejor padre del mundo. Al menos, para ese joven, el mismo que un día fue un niño de dos años y tres meses, con fiebre alta, la garganta inflamada y una madurez templada en los días difíciles de la vida.
Jamás había contado la historia, sabida por muchos, incluidos los que ayudaron como pudieron. Durante veintidós años, la historia permaneció muda dentro, como una brasa cubierta de ceniza que no se apaga del todo y tampoco arde.
Todavía el padre no sabe por qué decidió relatarla. Tal vez porque las huellas, lejanas en el tiempo, vuelven con más fuerzas al corazón cuando menos las esperas. Y este domingo de junio, el hijo —ya un joven con carácter de hombre— escribió un mensaje de humildad: «gracias, viejo».
Ya era hora. Los relatos se cuentan cuando duelen menos; también cuando han madurado lo suficiente para ser verdaderos. Por eso hoy, «el viejo» sacó la ceniza, sopló suavemente, y dejó que la brasa ardiera en estas letras.
Porque veintidós años después, el niño de la fiebre ya no necesita que lo cuide. Pero el padre —ese que se quedó— necesita contar lo que hizo. Y que volvería a hacerlo mil veces más.
Estas letras no son un monumento a un hombre, sino un espejo donde otros padres pueden reconocerse: los que hicieron posible que la madre partiera a cumplir su deber allende los mares, mientras ellos cumplían el suyo, silencioso y cotidiano, en la mesa, en la cuna, en la escuela y en el corazón de un hijo.
Feliz día de los padres
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