El comandante de la discreción y las balas periodísticas

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ACN - Cuba
Norland Rosendo González
205
23 Junio 2026

 La Habana, 23 jun (ACN) Las veces que lo tuve a tiro se me encasquillaba la pistola verbal por aquello de que al hombre no le gustaba hablar de sí mismo. Me quedé con dos o tres balas periodísticas en el directo, que de haber hecho blanco hubieran despejado algunas dudas históricas.

   En la inmensidad de los pasillos del Palacio de las Convenciones era cuando más cerca estuve de él. Caminaba seguro, sin protocolo ni más seguridad que la proporcionada por su ayudante. Saludaba, sonreía y seguía caminando. 

   Ahora que pongo en retrospectiva mis imágenes mentales, pocas veces encuadro en el mismo plano al hombre y las cámaras de televisión o fotografía. Tenía una habilidad innata para mantener distancia de los flashes.

   Varios colegas quisieron entrevistarlo y casi siempre respondía con una evasiva, sabía identificar a un kilómetro las pretensiones periodísticas y se adelantaba con una táctica muy suya que dejaba con la carabina al hombro al interlocutor.

   Si uno apuntaba al diálogo sobre el Che, su jefe en la guerra de liberación, decía que ese gigante hablaba por sí mismo; y con ese bazucazo a bocajarro dejaba claro que sobre él ni un disparo inquisidor, porque iba a rebotar en el chaleco de 50 centímetros de humildad y discreción que siempre vistió.

   En aquel cuerpo que disimulaba en tamaño físico su gigantesca estatura histórica estaba lo mejor y más auténtico de Cuba desde la segunda mitad del siglo pasado, cual enciclopedia humana de 94 tomos. 

   Hay huellas en él del asalto al cuartel Moncada, del viaje en el yate Granma, del combate en Alegría de Pío, del Ejército Rebelde, de la Invasión a Occidente, de la toma de Santa Clara, y después de la defensa perenne de la Revolución.

   Del Che jamás se separó, aunque hubo años en que a Ernesto Guevara los enemigos de la humanidad lo escondieron bajo tierra, en el corazón de América, como si la naturaleza no supiera que los héroes tienen el don de rencontrarse. Fue y lo trajo. Y ahora vuelve a su encuentro en Santa Clara. 

   Se va con los grados de Comandante de la Revolución en un hombro y de la Discreción en el otro, ambas charreteras impecables e invictas, que en vida fueron testigo de la Revolución en sí misma y ahora desde la eternidad servirán como ejemplo y paradigma del hombre nuevo que quiso formar el Che. 

   Pudo repeler en nueve décadas los tiros periodísticos con la sagacidad del eterno guerrillero y yo me quedé con la bala curiosa en el directo para que Ramiro Valdés Menéndez me contara, de primera mano, sus impresiones del combate que bajo el mando del Che liberó en octubre de 1958 a mi pueblo natal, Güinía de Miranda, el primero que se zafó de la tiranía de Batista en la región central de la isla.


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