Al filo del mediodía en predios villaclareños, como él mismo suelta al éter, para Oscar Salabarría Martínez, corresponsal nacional de Radio Rebelde en la región central, el tributo a los cubanos caídos en Venezuela no es una cobertura más.
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Esta experiencia se convierte en memoria colectiva que resonará siempre con fuerza. Oscar ha cubierto por años la partida y el regreso de las brigadas médicas a Venezuela. Conoce ese brillo, esa mezcla de orgullo y ansiedad en las familias. Hoy, ese guion estaba roto.

Desde temprano, su timbre platinado y conocido describió para la planta nacional la escena. La ciudad de Santa Clara es un mar de banderas, pero también un mar de rostros donde se lee una digna tristeza. Su profesionalismo parecía un dique contra el cual chocaba una oleada emocional.
En este tipo de coberturas muchas veces resulta difícil contener los sentimientos que afloran porque, más allá de ser periodistas, somos seres humanos; pero hay que contener ese nudo en la garganta y el aire que se agolpa en el pecho, porque el compromiso con la gente y el país lo exige, confesó a la Agencia Cubana de Noticias.
El punto de quiebre llegó con el testimonio de un veterano que ya había entrevistado años atrás, al regreso de una misión. Al contarlo, su voz, ese instrumento que por años ha narrado inundaciones y huracanes, se quebró levemente. Fue apenas un instante, un suspiro ahogado que se coló antes de recuperar el control del micrófono.

Perdón, colegas, murmuró. Esa pequeña fractura en su transmisión de acero fue, quizás, la nota más auténtica de toda la crónica en vivo. No era un error, era la marca de un hombre sobrecogido por la dimensión de la historia que le tocaba contar.
Para el multipremiado corresponsal de Radio Rebelde, el reto hoy no constituye la imparcialidad, sino la humanización de la noticia.
El homenaje popular a los 32 hermanos caídos, afirma, no se puede contar desde la acera del frente, sino desde el alma, con matices, con los colores emocionales del dolor… para que las personas de toda Cuba puedan vivir lo que está sucediendo en Villa Clara y puedan compartir esta rabia nacional.
La cobertura ―ya al inicio de la tarde, cuando había reportado el desfile de miles de niños, jóvenes, mujeres y hombres― lo conectó con el pensamiento de Fidel Castro, con el ejemplo de integridad del Comandante en Jefe para guiar al pueblo en momentos duros como estos, convencido, asegura, de que llorar a los muertos desde la energía y la virilidad de un pueblo como el cubano siempre hará temblar la injusticia del imperio amenazante y decadente de los Estados Unidos.

Durante el extendido peregrinar de los villaclareños por la sala del Museo Provincial de Artes Decorativas, donde se rinde homenaje a los caídos, en Santa Clara, Salabarría Martínez piensa en ese ser querido que hoy, de improvisto, se le puso de parto y a quien debió dejar al cuidado de su madre para cumplir con otro deber, el de la profesión y la patria.
En una suerte de paradoja, cuando le toca cubrir un hecho luctuoso, también llega un esperado nacimiento que, cual símbolo de esperanza, le impulsa a no claudicar en ese empeño diario de ajustarse siempre al momento histórico y del lado de los humildes.

No podía de ninguna manera, señala, dejar de venir a acompañar al pueblo. Hay que contar lo que significa esto. Hay que desentrañar la verdad y hacer notar cuál es el genuino enemigo: ese poder yanqui que, desde que triunfó la Revolución en 1959, ha querido asfixiarnos.
Su estrategia, reitera, es clara, prefiere siempre humanizar la noticia desde la historia de vida concreta, captar ese llanto que interrumpe una entrevista, ese gesto con las manos… ese es el mensaje más potente de cuánto sienten los cubanos el proyecto social que defienden hace ya casi siete décadas.
Al filo del mediodía en el tributo desde el centro de la Isla, repite, contener el nudo en la garganta no es suprimir el sentimiento, sino transformarlo en una onda sonora que, cargada de alma, quiero que llegue al corazón de un pueblo que hoy, una vez más, se estremece de indignación y llora con orgullo.
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