Con las manos empapadas del barro aún húmedo, el pincel entintado y el puñado de ideas que siempre le acompaña, el verbo de Agustín Villafaña Rodríguez no deja margen de dudas a una tesis: la visión del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz sobre el trabajo comunitario erupcionó la cultura del barrio y dotó a los creadores de una herramienta que ninguna institución forja, el compromiso.
Tuvimos la suerte de vivirlo y, en nuestro caso, todo comenzó cuando con 19 años y graduado de la Escuela Nacional de Arte (ENA), me envían a trabajar en la hoy Isla de la Juventud, un sitio en el que estudiaban niños y adolescentes de varios países, reveló a la Agencia Cubana de Noticias, y Fidel, con esa sabiduría y la conspiración de Celia Sánchez, dijo que allí era imprescindible un grupo de artistas para fortalecer el quehacer cultural.

En ese entonces, formaba parte de una brigada compuesta por incipientes cultores de diversas manifestaciones y lugares, muy bien preparados, recordó el también reconocido como maestro de maestros, y pronto nos dimos cuenta de que aquel territorio, a pesar de sus ricas tradiciones, estaba prácticamente virgen en el mundo de la cultura y que necesitaba de otras dinámicas y de hacerlas más visibles.
Así fue como comenzó a moldearse el propósito de potenciar la formación, la atención a las nuevas generaciones y de fortalecer las instituciones y las escuelas de arte, por lo que dábamos curso a ideas, a elementos vitales del pensamiento del líder histórico de la Revolución, reveladas con toda claridad en contactos con él, enfatizó.
Es la etapa, acotó Villafaña, en que Fidel había intercambiado con Nicolás Guillén sobre la necesidad de crear en el territorio insular una filial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), a pesar de que en el país solo existían cuatro de estas instituciones, hecho que demuestra, a su vez, su interés por hacer confluir todas las manifestaciones en el propósito de lograr un sitio sólido en este sentido.

Con el concurso de los noveles artistas y unos pocos experimentados que allí estaban, casi de inmediato se fundan también la Brigada Raúl Gómez García, la Asociación Hermanos Saíz, el sistema de Casa de Cultura y otros espacios.
Poco a poco, se iban creando las condiciones para materializar los empeños del Comandante en Jefe de llevar el arte a los barrios, a las comunidades, acotó.
Agustín pausa el verbo, su mirada busca entre el crucigrama del tiempo y su pensamiento se desnuda: Fidel era un defensor del necesario vínculo entre los talleres creativos y el barrio, hablaba de la necesidad de un protagonismo mayor en este sentido, para acercar a las familias a los proyectos institucionales ya consolidados porque era vital un liderazgo cultural e intelectual para fortalecer la nación.

Con la experiencia adquirida en Isla de la Juventud y la presencia permanente del ideario del Comandante en Jefe nació, hace más de 30 años, el Proyecto Casa Yeti, una institución con la marcada finalidad de hacer arte comunitario, a partir de la formación, como hilo conductor.
Es una comunidad artística enclavada en el habanero municipio de Playa, está auspiciada por la Uneac y tiene como fin esencial hacer partícipe a todo el barrio en la transformación de su realidad, apuntó.
Cuando comenzamos a "caminar" con esa iniciativa, en el escenario geográfico donde está ubicado pululaban los carteles de ¡Cuidado, no se puede pasar!, ¡No pase, hay perros! o ¡Por favor, no moleste!, y en medio de ello, con nuestras enseñanzas, regalando cultura para todos se nos ocurrió la idea de colocar una proclama gráfica donde se lee: ¡Cuidado, hay artistas!, expresó.
Desde ese momento, se nos empezó a ver de otra manera y hemos ganado en aceptación a niveles extraordinarios, continuó.

Los niños son nuestra razón de ser, expuso Villafaña, y cada año llegan a la institución cerca de un centenar de ellos, de todos los municipios capitalinos, además de los que acuden a las sedes de otros lugares del país.
El proyecto ofrece clases, talleres, salones de arte, diplomados, especializaciones y producciones artísticas, enfatizó, y fue precisamente Fidel quien sugirió el nombre del Yeti, en alusión a como me conocían en Angola, mientras cumplía misión internacionalista.
De ahí que, hacer de la comunidad un baluarte para el desarrollo de la cultura, con la participación de los pobladores, es más que una brillante idea del líder de la Revolución, el sentido de mi vida como artista y educador, detalló.
Insistió en que la iniciativa "bebe" una y otra vez de la dinámica fidelista de más y mejor cultura, a partir de la unidad de los artistas en función de la enseñanza y de la creación en sentido general.
Es, en esencia, un fértil manantial en la formación de nuevas generaciones, donde comunidad y arte convergen de manera peculiar y de donde han egresado miles de artistas e, incluso, médicos, ingenieros, educadores, técnicos, que ejercen sus especialidades, pero también pintan, moldean barro, cantan, hacen música.
Y es ese, quizás, el mejor homenaje que hoy la Comunidad Artística Yeti ofrece en el año del centenario del natalicio de Fidel, un hombre cuyo impulso y pensamiento son luz y guía para el trabajo en el barrio.
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