La Habana, 14 jul (ACN) La joven ghanesa Sena Anita Obeng recibió, recientemente, su título de Licenciada en Comunicación Social, gracias a una beca otorgada por el gobierno cubano.
Su graduación no solo representa un logro académico, sino la culminación de un sueño que tuvo que sortear fuertes obstáculos familiares, culturales y emocionales para hacerse realidad.
"Me costó bastante llegar aquí, porque era un sueño que quería, pero mi mamá no estaba de acuerdo", confiesa Sena Anita en exclusiva para la Agencia Cubana de Noticias, con la voz aún teñida de aquella batalla silenciosa.
"Cuando tuve la beca para llegar aquí, se sintió cómo mi mayor logro, no puedo explicar el sentimiento que tengo ahora al sostener mi título y mi esperanza para trabajar, a pesar de todo", señaló.
Detrás de esas palabras se adivina el eco de largas conversaciones con su madre, de mensajes no escritos y de una determinación que encontró en la beca cubana la llave para abrir una puerta que parecía cerrada.
Originaria de Ghana, la ahora graduada decidió estudiar Comunicación Social movida por un profundo sentido de justicia que germinó viendo las desigualdades en su tierra natal.
"Me gusta la justicia, me gusta el tema de la mujeres, la comunicación de asuntos como la violencia de género", explicó con la mirada firme.
Su objetivo profesional siempre ha estado claro: "Quería estudiar comunicación o periodismo para poder ampliar las voces o dar espacios que escuchen las voces de la gente, las mujeres, los niños, la comunicación con el pueblo, eso me interesa mucho".
Para ella, cada clase, cada práctica, cada texto leído en La Habana era un ladrillo más en el puente que quería tender entre su gente y el mundo.
Sin embargo, el camino no fue sencillo, porque el choque cultural y la barrera del idioma marcaron sus primeros dos años en la isla como una travesía de soledad y asombro.
"Cuando llegué había un choque de cultura, no entendía el español y fue complicado no lograr relacionarme porque hay barreras comunicacionales y culturales, por eso me costó bastante", recordó con la nostalgia de quien revive el frío de los primeros inviernos sin abrigo emocional, pero en esa misma dificultad encontró su primera lección cubana: la calidez humana que traspasa cualquier palabra.
Pese a las dificultades iniciales, Sena Anita logró sobreponerse y tejer lazos significativos, la propia carrera la impulsó y en ella encontró buenas amistades cubanas y de otros países también, que la ayudaron a crecer, en los pasillos de la facultad, en las tertulias improvisadas y en el ritmo del español aprendido entre risas y correcciones, donde descubrió que su identidad podía ensancharse sin perderse.
Su capacidad de integración no pasó desapercibida, la joven recibió reconocimientos por su integralidad y su vínculo con la comunidad universitaria, un reflejo de cómo supo convertir la distancia en puente y la extrañeza en aprendizaje.
Cada reconocimiento llevaba implícito el abrazo de una facultad que la acogió como propia, y ella, a su vez, supo regalar su sonrisa ghanesa y su perseverancia como un legado silencioso.
Sena Anita regresará a su país natal con altas expectativas profesionales, pero ahora tiene la esperanza de trabajar para producir, escribir y cambiar vidas con su labor.
Planea ejercer como periodista, escritora o guionista en Ghana, llevando consigo no solo una formación académica, sino una experiencia de vida que define como un crecimiento personal y profesional insuperable; pero también se lleva el rumor del mar caribeño, el sabor del café cubano y la memoria de una isla que, aunque distante, le enseñó que los sueños no entienden de fronteras.
Al despedirse de Cuba, Sena Anita no mira atrás con pesar, sino con la certeza de que este capítulo de su vida quedará grabado como la canción que nunca termina: la de una joven que cruzó el océano para encontrar su voz, y que ahora regresa a Ghana para hacer que otras voces también sean escuchadas.
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