Este 15 de mayo será el aniversario 71 de la excarcelación de los moncadistas en 1955 del Presidio Modelo en la entonces Isla de Pinos --desde 1978 Isla de la Juventud--, adquiere este año un significado excepcional al coincidir con el centenario del natalicio de Fidel Castro Ruz (1926-2016).
La memoria de aquel suceso no puede desligarse de la experiencia vivida en ese reclusorio nacional para hombres, donde los revolucionarios transformaron la prisión en escuela, tribuna y espacio de resistencia.

El 17 de octubre de 1953, la llegada de Fidel al recinto penitenciario marcó el inicio de una etapa de organización interna que desafió la lógica carcelaria; bajo su liderazgo, el grupo de sobrevivientes de aquella epopeya se negó a vestir el uniforme de presos comunes y exigió condiciones dignas: salir al sol, encargarse de la limpieza y la atención médica básica, y mantener la cohesión del grupo.
Estas demandas, dirigidas a la administración del penal, fueron parte de una estrategia para afirmar su condición de presos políticos y no de delincuentes comunes.
En ese contexto, nació la Academia Ideológica Abel Santamaría Cuadrado, en la cual se impartieron cerca de once asignaturas que iban desde economía política y filosofía hasta historia universal y oratoria, fue así que la disciplina de estudio convirtió la prisión en un espacio de formación revolucionaria, mientras la biblioteca Raúl Gómez García reunía libros aportados por familiares y simpatizantes.

Paralelamente, la creación de una cooperativa interna permitió distribuir equitativamente lo recibido en las visitas, lo que coadyuvó a fortalecer la solidaridad y la organización colectiva.
Varios desafíos pautaron la vida en prisión: el canto de la Marcha de la Libertad devenida en Marcha del 26 de Julio durante la visita de Batista en febrero de 1954, provocó represalias severas: aislamiento en el pabellón de enfermos mentales, privación de visitas y prensa, y el confinamiento solitario de Fidel sin luz eléctrica.

Sin embargo, ni el aislamiento ni la censura lograron silenciar al líder del movimiento, en precarias condiciones y con zumo de limón reconstruyó clandestinamente su alegato “La Historia me Absolverá”, su distribución reafirmó que la propaganda era el alma de lucha, cuando de facto se convirtió en programa político de la futura Revolución.
La voz de quien se perfilaba como el emancipador de Cuba trascendió los muros del presidio también a través de la carta publicada en la revista Bohemia, en la que denunció las condiciones de los presos y reafirmó la legitimidad de la causa revolucionaria, al tiempo que colocó la denuncia directamente en la opinión pública nacional.
Gracias a la presión popular, canalizada por comités de madres y familiares, junto a organizaciones como el Partido Socialista Popular y la Federación Estudiantil Universitaria, Batista estuvo obligado a decretar finalmente la amnistía en mayo de 1955.

Por fin el 15 de ese mes, Fidel, Raúl y sus compañeros salieron en libertad en medio de la expectación nacional y la presencia de la prensa.
Fue celebrada la excarcelación como un triunfo político y social, al demostrar que la unidad del pueblo podía doblegar al régimen y legitimar a los moncadistas como líderes de un movimiento que no se apagó tras los barrotes.
Hoy, al cumplirse 71 años de aquella excarcelación y los 100 del natalicio de Fidel, la memoria se convierte en compromiso; la experiencia de la academia, la cooperativa, las demandas de dignidad, la carta en Bohemia y la reproducción de La Historia me Absolverá revelan que la prisión no fue un paréntesis, sino laboratorio político y social que preparó el camino hacia el triunfo de enero de 1959.
Recordar el 15 de mayo es evocar la fuerza de la unidad, la capacidad de resistencia y la certeza de que la historia, cuando se defiende con firmeza, siempre termina absuelta.
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