Primera Declaración La Habana y el dilema irrenunciable de Cuba

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ACN - Cuba
María de las Nieves Galá León
48
31 Agosto 2025

   Todavía algunos participantes recuerdan aquella impactante manifestación ocurrida el 2 de septiembre de 1960, cuando alrededor de un millón de cubanos, reunidos en la Plaza de la Revolución José Martí, aprobaron la Primera Declaración de La Habana, leída por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

   Fue “un verdadero mar humano”, al decir de Fidel, en un momento histórico, en el que se reafirmó la voluntad de defender la soberanía nacional y el inicio de una política exterior independiente y desafiante frente a las amenazas del gobierno yanqui.

   Hombres y mujeres habían respondido al llamado de la Revolución y constituyeron la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba. Ninguna maniobra impulsada por el enemigo influyó sobre los hijos consagrados de la Patria.

   Meses atrás Estados Unidos había cancelado la compra del azúcar cubano, a fin de someter al país en la miseria. La respuesta del gobierno revolucionario no se hizo esperar: fueron nacionalizadas las empresas yanquis que existían en Cuba

   La Primera Declaración de La Habana representaba la réplica a la indignante Declaración de San José, fruto de la reunión realizada del 22 al 29 de agosto de 1960, en Costa Rica, por la Organización de Estados Americanos (OEA), y en la cual se pretendió amenazar a Cuba por sus relaciones con la Unión Soviética.

   Allí Raúl Roa García, Canciller de la Dignidad, denunció con fuerza los ataques y maniobras de la gran potencia y demás países contra Cuba.

   Los cubanos condenaron en todos sus términos “la denominada Declaración de San José de Costa Rica documento dictado por el imperialismo norteamericano y atentatorio a la autodeterminación nacional, la soberanía y la dignidad de los pueblos hermanos del Continente”.

   El documento fue categórico. Rechazó la intervención abierta y criminal que durante más de un siglo ha ejercido el imperialismo norteamericano sobre todos los pueblos de América Latina; así como el intento de preservar la Doctrina Monroe.

   Fiel a la historia del continente, proclamó el latinoamericanismo defendido por José Martí y Benito Juárez, a la vez que extendió la amistad hacia el pueblo norteamericano.

   Declaró que la ayuda ofrecida por la Unión Soviética en caso de que la nación fuera atacada por fuerzas militares imperialistas, no podía ser considerada como un acto de intromisión, sino que constituía un evidente acto de solidaridad.

   Postuló, además,  “el deber de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes, de los intelectuales, de los negros, de los indios, de los jóvenes, de las mujeres, de los ancianos, a luchar por sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales”.

   La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba reafirmó su fe en que “la América Latina marcharía pronto, unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano”.

   En ese sentido, ratificó la decisión de trabajar “por ese común destino latinoamericano que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todo”.

   La verdad contenida en la Declaración de La Habana fue apoyada por toda la multitud, que durante varios minutos exclamó: “¡Ya votamos con Fidel!”. Luego, el Comandante en Jefe expresó: “Y ahora, falta algo. Y con la Declaración de San José, ¿qué hacemos?”. Y ante las exclamaciones de “¡La rompemos!”, Fidel la rompió.

   A 65 años del histórico acontecimiento, valen retomar las palabras expresadas en esa oportunidad por el líder Fidel Castro Ruz: “Cuba no fallará. Aquí está hoy Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: ¡Patria o Muerte!”.