Dos raras máquinas, armadas con hierros viejos --de esos que yacen a merced en patios y rastros-- con sendos motores acoplados, resultaron la comidilla del día en una comunidad de la ciudad de Las Tunas, cuando largos lingotes de acero impulsados por winches, comenzaron a golpear el suelo para llegar hasta las entrañas de la tierra.
¿Y eso que es? Se preguntaban algunos transeúntes tras detenerse ante aquellos aparatos, parecidos a esos que se ven, salvando la distancia, en algunos litorales para la extracción de petróleo.
Pero pronto se supo que se trataban de máquinas inventadas para perforar la tierra y llegar al manto freático. Comenzaba así la fiebre de la construcción de pozos artesianos en Las Tunas, salida del ingenio popular.
Durante varias jornadas las cavidades fueron profundizándose, desde donde se extraía la tierra mezclada con las piedras hechas polvo, por el constante golpeo de los lingotes de acero, pertrechados de brocas macizas resistentes en sus puntas y destructoras de las piedras que encuentran en el camino.
¡Agua, agua, aguaaaa..!, dijeron los inventores de los aparatos y sus séquitos, cuando a los cinco días comenzó a extraerse el líquido tras sendas excavaciones que llegaban hasta los 10 metros.
Se abría así un nuevo capítulo en una comunidad del reparto Aguilera, en el Balcón de Oriente, un barrio castigado constantemente por la falta del preciado líquido proveniente de la red de acueducto cuando la presión no llega a los 500 litros por segundo.
Esta realidad hizo recordar los años 40, 50 y 60 del pasado siglo, cuando una parte de la población de esta urbe dependía del agua extraída de grandes pozos criollos abiertos en la zona, y que se vendía a través de tanques de 55 galones tirados por caballos.
La construcción de las máquinas ideadas por Carlos Rodríguez y Omar Sánchez –cada uno por separado en la conformación de su invento-- tuvieron de referencias a otras que les antecedieron, y sus empeños no fueron por curiosidad, sino por la necesidad de buscar una solución en una locación enclavada en el área más alta de la comarca.
Ahora las viejas máquinas no detienen su marcha, siguen hacia a otros hogares esperanzados también por tener agua en su seno.
Y como no todas las viviendas disponen de pozos, comenzó la solidaridad entre vecinos, mediante el empleo de largas mangueras adquiridas en los mercados para el bombeo hacia los recipientes de los necesitados.
La reciprocidad llega cuando los beneficiados se ponen de acuerdo para, de conjunto, pagar los gastos por el consumo de electricidad que genera el bombeo de agua.
Si la potabilizadora llega a activar totalmente su tecnología para cubrir la demanda de una ciudad que supera los 150 mil habitantes, los pozos artesianos nunca están demás, porque Las Tunas carece de fuente segura para la distribución del vital servicio.
Se trata de uno de los centros urbanos menos lluviosos de Cuba, en el cual la red de acueducto depende de aguas superficiales, que se almacenan en las presas El Rincón y Cayojo.
Tras dejar listos ocho pozos artesianos en la comunidad de Aguilera, las viejas máquinas continúan cabalgando por otras comarcas para que a otras familias también les llegue el líquido más preciado de la vida y les puedan decir adiós a las angustias.
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