Digna Morales Molina, heroína villaclareña en el XXII Congreso de la CTC

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ACN - Cuba
Henry Omar Pérez
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27 Junio 2026

  Hablar de Digna Morales Molina es una tarea difícil, no porque falten palabras, sino porque sobran: se agolpan en la garganta como tierra mojada después de un aguacero en el campo, y cuesta ordenarlas.

   Ella no es un personaje de novela, es una mujer de carne y hueso, de manos ajadas por el trabajo y mirada que guarda el resplandor de los que han visto demasiado.

   Para entenderla hay que empezar por el principio, por esas palabras que ella misma dijo un día, casi sin querer, como quien se quita un peso del alma:

   «Era un guajiro, pero con sentimientos, combatiente de la Lucha contra Bandidos y fidelista por sobre todo. Muchas de las cosas que hice fue por él, aunque tengo a mi mamá que vive conmigo.»

   Ese “él” era su padre, un hombre de sombrero y machete, de tierra bajo las uñas y un fusil prestado en la Sierra, un hombre que le enseñó que la lealtad se demuestra con los pies, caminando hacia donde duele.

   Por él, Digna aprendió a madrugar antes que el sol, a cargar bultos de café, a no quejarse cuando el hambre apretaba. Por él, también, se metió de lleno en el trabajo: primero en la finca, después en la cooperativa, luego en el consejo popular. Fue brigadista, alfabetizadora, gestora de sueños colectivos.

   Su jornada nunca terminaba; siempre había un vecino que ayudar, una carta que redactar, una siembra que vigilar.

   El trabajo no resultaba castigo: era su manera de honrar a ese guajiro de sentimientos que ya no estaba.

   Pero la vida, que a veces se ensaña con los buenos, le fue royendo el corazón a pedazos. La muerte, como una visita que nunca avisa, se llevó primero a su padre –el pilar, el ejemplo–, después a un hermano, más tarde a un hijo del alma, su sobrino. Ese amor incondicional hacia su madre querida que ya no esta es raíz que también sostiene su vida.

   Cada pérdida le arrancó un gajo del alma, la muerte tiene sus visitas, y siempre llegan cuando uno menos las espera, pero ella encontró una fuerza para seguir adelante.

   Su secreto constituye un amor incondicional a la familia que sobrevive a los azahares del destino. Aunque el dolor la ha marcado como cuchillo en madera de cedro, ella no se detiene.

   Y hoy, entre los asistentes al XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), se encuentra la Heroína del Trabajo Digna Morales Molina, ejemplo vivo de esa resistencia silenciosa.

   Su voz se alza no solo como memoria de sacrificios familiares, sino como guía en la búsqueda de soluciones para los comedores del Sistema de Atención a la Familia, donde defiende con firmeza el derecho de los más vulnerables a una alimentación digna.

   Digna en su incansable labor como sindicalista se ha convertido en referente: siempre dispuesta a escuchar, a mediar, a encontrar alternativas en medio de las carencias.

   Bajo su liderazgo, Villa Clara ha sido sede del acto de comienzo del curso sindical a nivel nacional durante diez años consecutivos, un reconocimiento al empuje de sus trabajadores y a la capacidad de la provincia para sostener la unidad y el compromiso.

   En su Santo Domingo del alma, cuando nadie lo esperaba, todos los delegados la eligieron presidenta por unanimidad. Fue un gesto de confianza y respeto hacia una mujer que nunca buscó protagonismo, pero que siempre estuvo dispuesta a asumir responsabilidades.

   Ese día, la sorpresa se convirtió en certeza: Digna era la voz que representaba a todos.

   Y en los años duros del Período Especial, cuando Santa Clara brillaba por su capacidad de reinventarse, ella impulsó la recogida de basura con carretones de caballos. Una solución sencilla, pero efectiva, que devolvió dignidad a la ciudad en medio de la escasez.

   Esa iniciativa, recordada por muchos, deviene símbolo de su ingenio y empeño por no dejar que la adversidad venciera a la comunidad.

   Es la fémina que no se rindió, la que convirtió el dolor en fuerza, la rutina en entrega, la memoria en bandera, y el amor a su madre y a su familia en la razón más profunda para continuar en pro de sus afanes.

   Hablar de Digna es difícil porque ella no se considera heroína, diría que hizo lo que tenía que hacer; pero quienes la conocen saben que su historia emerge cual un espejo donde se refleja la Cuba profunda: la de las mujeres que trabajan, aman, entierran a los suyos y siguen andando.

   Con las manos vacías pero el corazón lleno, con la certeza de que el amor, cuando es de verdad, ni la muerte lo borra. 


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