Conrado Benítez: historia de vida para no olvidar

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ACN - Cuba
Marta Gómez Ferrals
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05 Enero 2026

  “Somos las Brigadas Conrado Benítez”… Todavía hoy,  el Himno de la Campaña Nacional de la Alfabetización sigue siendo uno  de los más hermosos y convocantes cantados en Cuba, por la enorme alegría juvenil que irradia y el empuje vigoroso de su patriotismo. Su letra y melodía vivifican.

   ¿Quién fue Conrado Benítez García, el joven cuyo nombre portaban con honor los más de 100 mil coetáneos que participaron desde los albores de 1961 en la cruzada contra la ignorancia en todo el país? Era un maestro de solo 19 años, nacido en Matanzas el 19 de febrero de 1942, cuya vida cobró en aquellos días la barbarie contrarrevolucionaria, junto a las de otros inocentes lugareños,  a manos de la banda de Osvaldo Ramírez, en la intrincada zona de Tinajitas, Trinidad, en el Escambray espirituano.

   El crimen ocurrió el 5 de enero de 1961, a solo pocas jornadas del comienzo de la Campaña, proclamada al mundo por el líder de la Revolución Cubana a fines de ese propio mes, tal y como lo había prometido en septiembre de 1960 en el Plenario de la ONU. Fidel dijo entonces que la vida del maestro cruelmente asesinado no sería una luz que se apagaba, sino una antorcha de patriotismo que se encendía, que el crimen sería inútil. Y así fue.

   Conrado Benítez, negro y de procedencia en extremo humilde, tuvo que trabajar desde niño para ayudar al sustento de su familia. Dedicó entonces las noches con gran esfuerzo a seguir estudiando. Una vez vencido el sexto grado, cursó la llamada enseñanza primaria superior.

   Era muy callado, diríase que tímido, ese joven tan tenaz, con admirable vocación de servicio, sensibilidad humana y lealtad a la Patria.

   Por eso no lo pensó mucho para responder al llamado del Líder de la Revolución y en 1960, durante los meses de mayo a agosto, se adiestró como maestro voluntario en una escuela pedagógica fundada en Minas del Frío, en las montañas de la histórica Sierra Maestra. Fue dispuesto a cumplir cualquier misión. Estudió y obtuvo el título de maestro y por su agilidad también se desempeñó como cartero.

   En Minas del Frío también conoció el amor, se enamoró de una compañera: Nancy Inerarity, pero no le declaró sus sentimientos hasta el final de la misión. Fue correspondido y se hicieron novios. La vida comenzaba a ser prometedora para ese chico lleno de sueños.

 

   Después de graduado resultó destinado, junto a Magalys Olmos, a dar clase en la zona de San Ambrosio, en una región montañosa de la hoy provincia de Sancti Spíritus. Eran unos dominios aislados, muy pobres y conflictivos, pues por allí se reportaban acciones de grupos contrarrevolucionarios pagados y estimulados por la CIA y el mismo presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower.

   Cuentan que construyó la humilde escuela donde trabajaba y ayudó a levantar la de Magalys, en otro punto de ese intrincado relieve.

   Por la mañana enseñaba a 44 niños y por la noche a similar número de adultos. Era atento con todos, en especial con los pequeños y nunca se amedrentó ante los posibles riesgos y las duras condiciones de vida del campesinado de las montañas cubanas.

   A fines de 1960 fue a pasar las fiestas tradicionales con su familia y novia. Regresó al Escambray el 4 de enero de 1961, alegre y feliz del retorno, en su mochila, además de  libros y pertenencias personales, traía juguetes y cuentos infantiles de regalo para los infantes de la zona.

   Antes de llegar a sus respectivos destinos, Magalys y él se detuvieron en la casa de un campesino, quien les advirtió no seguir en el camino, ya que había reportes de acciones de los vándalos contrarrevolucionarios. Por allí también operaba el despiadado Emilio Carretero.

   La joven se quedó a dormir en la casa del paisano, pero Conrado Benítez decidió continuar solo, tan ansioso estaba por entregar sus obsequios. De más está decir que no portaba arma alguna.

   Los hombres de Ramírez interceptaron al muchacho y en la madrugada se cometió el salvaje crimen. Su cuerpo fue encontrado semienterrado junto al de los campesinos Heliodoro Rodríguez Linares, Luis Conesa, Antonio Navas, El Currito, y  otro cadáver no identificado.

   En el lugar donde ocurrió el suceso tan monstruoso se levantó un obelisco, en homenaje a los caídos. Pero la honra más conmovedora y sentida para Conrado Benítez, fue la victoriosa culminación de la campaña de alfabetización a fines de ese año.

   Los brigadistas, en su memoria y en la de tantos caídos,  durante un año hicieron justicia social, repartieron conocimientos, generosidad y altruismo, y entregaron a manos llenas el pan de la enseñanza, plantaron la semilla de la esperanza y la cultura en el campo cubano, por primera vez en la historia.

   ¡Se cuenta ahora tan fácilmente! Tal y como él lo hacía cuando truncaron su vida. De cierta forma, los jóvenes de hoy siguen haciéndolo.