Indudable personalidad de su siglo, el Comandante en Jefe Fidel Castro nació en Cuba, pero su vida y obra rebasaron las fronteras de la Isla y de su región geográfica, para colocarse entre las figuras más prominentes de su época. Aún después de su partida física, queda el legado.
Ahora cuando se le rinden homenajes de cara a su onomástico número 100, el 13 de agosto próximo, lo recuerdo de una manera personal y sencilla.
Estuve cerca de él durante numerosas coberturas periodísticas, entre ellas la Operación Tributo en el Cacahual, la inauguración del Jardín Japonés en el Jardín Botánico y durante sus visitas a la Feria Internacional de La Habana, cuando sesionó sucesivamente en el Palacio de Convenciones, Palco y Expocuba.
De mirada escrutadora, barba hirsuta, uniforme siempre impecable, botas lustrosas y de paso ágil. A veces era difícil seguirlo.
El verde olivo le quedaba muy bien por su porte y aspecto personales, pero igual le asentó la ropa de civil cuando empezó a usarla. Sus trajes de un corte impecables y en combinación con los colores de la camisa y corbata; así como sus criollas guayaberas vestían con elegancia su estatura de gigante.
Enérgico, vivaz y se reía con ganas. Su curiosidad y deseos de saber eran insaciables. Voraz lector y orador nato, Fidel gozaba de una gran memoria y haciendo cálculos mentales no dejaba de sorprender al auditorio.
En sus extensos discursos no dejaba cabos sueltos. Seguía el desarrollo de las ideas y aunque muchas veces interrumpía un tema, después lo retomaba sin olvidarlo y sin desentonar el contexto.
Durante sus intercambios en ambientes más reducidos era muy insistente sobre el tópico que se analizaba. Sus preguntas llovían y pedía por supuesto precisiones.
Considero que uno de los interrogados por él que más airoso salió en muchas oportunidades fue el meteorólogo José Rubiera, amplio conocedor de su especialidad.
Sus manos llevan un comentario especial por su expresividad. Dedos delgados y siempre en movimiento. Las uñas cuidadas, bien cortadas.
Nadie como el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín fue capaz de recrearlas con tanto tino. Así lo reflejo en sus cuadros.
Ferviente amante de los deportes y practicante habitual, al Jefe de la Revolución Cubana se le vio lo mismo bateando, que jugando al baloncesto o explorando los fondos marinos.
Su intensa cotidianidad le restaba horas al sueño y ello no le impidió desplegar sus capacidades intelectuales. Su vocación de servicio siempre lo distinguió; así como su fuerza de voluntad como cuando dejó de fumar los puros para dar el ejemplo en la lucha contra ese vicio tan perjudicial.
Por dónde quiera que iba arrastraba tras de sí a las multitudes, conocedoras de su entrega al pueblo y en reciprocidad éste lo evoca siempre en presente.
Ese mismo pueblo lo rodeaba y cuidaba en armonía con su eficiente equipo de escoltas, uno de ellos llamado Jorgito me puso más de una vez en jaque, en mi afán por acercármele lo más posible porque a veces el Comandante hablaba bajito casi como en susurros.
Se comportaba a sus anchas en medio de muchas personas y tenía el cuidado de atenderlas a todas, con énfasis a los infantes y los ancianos.
Como muchos atesoro fotos a su lado, no buscadas, simplemente el oficio me las propició. Hubo ocasiones en que respondió a mis interrogantes y de paso le echó un vistazo pícaro a mis signos taquigráficos.
El Líder histórico de la Revolución Cubana resultó un visionario y sus pensamientos preclaros cobran hoy día mayor vigencia, cuando la Administración Trump quiere domeñarnos a su antojo.
Sus llamados de siempre a la unidad, a no claudicar y hacer honor a los héroes de la Patria constituyen brújula para los tiempos que corren, precisamente, ante el advenimiento de las efemérides del Siglo de Fidel.
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