La Habana, 1 jul (ACN) Fher Cejas no miró hoy a las gradas. No vio a sus padres, ni a su novia, ni al puñado de fieles que desafiaban el peso de tantos años sin que Industriales gane un título nacional. Miró al plato, a las señas de su receptor, pero sobre todo, miró hacia adentro.
Porque esta historia no empezó en el primer lanzamiento del playoff final de la IV Liga Élite del Béisbol Cubano, sino la noche anterior, cuando el joven que antes era relevista se acostó pensando en cómo domar una tormenta. “Pensé en cómo trazarme mi estrategia… pero eso nunca es a ciencia cierta”, diría después. El béisbol, como la vida, siempre guarda una curva tardía.
Y la curva llegó temprano. En el primer inning, Yosvani Alarcón, bateador de respeto mayor, cazó un lanzamiento y mandó la pelota a las entrañas del Latinoamericano. La esférica voló como un presagio antiguo: la bestia negra volvía a rugir. Las Tunas, tres veces campeón, el equipo que en 2023 barrió a Industriales sin pestañear, había golpeado primero.
Pero Cejas no se rompió. “No somos robots, sentimos nervios, pero es más la ansiedad de hacerlo todo bien”, confesó, y esa ansiedad, lejos de temblarle el pulso, le templó el carácter. Caminó detrás del montículo, respiró hondo y entendió lo único que importa en tardes así: seguir.
Industriales respondió como responden los equipos que huelen a campeón. Tres carreras, cuatro hits, un rugido azul que empujó la tarde hacia otro destino. Pero la Pesadilla Oriental no cree en impulsos: empató en el segundo inning, volvió a apretar el juego y volvió a recordarle a todos por qué ha dominado en los últimos años.
Ahí, en ese punto exacto donde muchos abridores se fracturan, Cejas eligió quedarse.
“La mente es lo primero”, repite como un credo. Y cuando el juego se empató no pidió carreras, no miró al banco con ansiedad ni buscó auxilio en el ruido. Se dijo lo que se dicen los que resisten: no rendirse. “Si te hacen una, no pueden hacerte la otra”. Desde entonces, el partido cambió de dueño invisible.
Cejas afinó la táctica, escondió mejor sus lanzamientos y negoció cada turno como si fuera el último. La ofensiva tunera —esa maquinaria que acostumbra a devorar pitcheo— empezó a quedarse sin respuestas. No hubo más libertades ni grietas, solo outs.
Siete entradas después, el muchacho que pidió ser abridor para probarse a sí mismo había firmado la apertura más importante de su vida. “Sí, se puede decir que sí, es la más importante”, admitió sin estridencias a la Agencia Cubana de Noticias, como quien todavía está procesando lo que ha hecho.
En el séptimo, un doble de Taylon Sánchez y un hit remolcador de Roberto Álvarez inclinaron definitivamente la balanza. Luego, el cerrojo de Yunier Batista y el Latino, ese coloso que sabe de sequías y resurrecciones, respiró distinto.
Cejas salió del montículo sin mirar al pasado inmediato, sin recrearse en el jonrón, sin negociar con el miedo. Salió como lanzan los valientes: hacia adelante.
“Siempre salgo a pelear”, dijo. Y peleó.
En una final donde Industriales carga con 16 años de espera y enfrente tiene a su verdugo más reciente, el primer golpe no fue solo una victoria de 4-3. Fue una declaración íntima: la de un lanzador que aprendió a cambiar de rol, a cambiar la mente y a sostenerse cuando todo alrededor amenaza con ceder.
Esta vez, la bestia negra no devoró. Esta vez, un derecho joven la miró de frente —sin mirar a las gradas— y la obligó a retroceder.
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