La Habana, 28 jul (ACN) Julio se despereza hoy con una reverencia. Cada año, este mes sagrado para la historia del atletismo cubano regresa con el estruendo de un recuerdo que no se apaga: el galope indomable de Alberto Juantorena sobre el tartán de Montreal.
Han pasado casi cinco décadas desde aquel verano de 1976, pero aún hoy, cuando el calendario se aproxima a esos días, es como si el aire se llenara nuevamente con el redoble de sus zancadas, con la silueta altiva de un atleta que corría como si arrastrara una nación entera detrás de sus pasos.
Juantorena tenía estampa de un dios olímpico tallado en bronce, calculaba cada pisada, era una mezcla de arte y fiereza. Lo llamaban "El Caballo" por su potencia inagotable y la elegancia sobrenatural con la que dominaba el óvalo, como si la pista se abriera por respeto cuando él pasaba.
Primero fue la final de los 800 metros, una carrera que la lógica decía que no podía ganar. No era su especialidad, pero él tenía una convicción de acero y unos pulmones hechos con las fibras más potentes de la patria.
Con un remate de pura furia, Juantorena cruzó la meta con el corazón y el rostro endurecido por el triunfo. Récord mundial.
Pero cuando apenas el asombro comenzaba a tomar forma, regresó para los 400. Aquí sí era el favorito, pero el desgaste era brutal, inhumano.
Sin embargo, Juantorena no escuchaba dudas, solo el latido de su destino; y voló otra vez, con la cabeza erguida, los brazos firmes, las piernas obedeciendo un compás de metrónomo divino. Ganó. Segundo oro. Otro récord.
La leyenda se había completado: era el primer hombre en la historia olímpica en ganar ambos eventos en la misma edición de los Juegos. Y hasta hoy, ningún otro ha podido repetirlo.
Desde entonces, el Caballo no ha dejado de correr. Corre en los libros de historia, en las escuelas deportivas, en los sueños de quienes aspiran a lo imposible. Corre en las esperanzas de un país que lo vio levantar la bandera y grabar el nombre de Cuba en la eternidad.
Porque hay atletas que ganan carreras y hay otros, como Alberto Juantorena, que las transforman en grandes epopeyas.