Santa Clara, 13 sep (ACN) Mucho antes de que las carabelas hendieran las aguas del mar Caribe, los bosques primigenios de Cuba ya estaban habitados por una fauna invisible, forjada en el asombro de los primeros pobladores y custodiada por los murmullos de la selva tropical.
Entre los cantos rodados de los ríos y la penumbra de las ceibas dormía un bestiario aborigen que, siglos después, aún destella en la memoria oral como un secreto indómito.
Alejandro Batista López, director de la revista Signos e investigador de la Casa Samuel Feijóo, explicó a la ACN que la recuperación de estas criaturas fantásticas encuentra su testimonio más puro en la obra del folclorista René Batista Moreno, particularmente en su libro La fiesta del tocororo, volumen galardonado con el Premio Memoria del Centro Pablo de la Torriente Brau.
Remarcó que el deslumbramiento europeo ante esta zoología mítica quedó registrado desde las primeras jornadas del contacto transatlántico.
El propio Cristóbal Colón consignó en su diario de navegación, el domingo 4 de noviembre de 1492, la referencia de los naturales sobre hombres de un solo ojo que degollaban a sus semejantes, una versión criolla de los polifemos clásicos.
Batista López precisó que cronistas posteriores, como el español Antonio de Torquemada en su texto Jardín de flores curiosas, publicado en 1570, dieron cuenta de seres asombrosos: criaturas acéfalas con los ojos en la espalda, hombres con cabeza de can o individuos de una sola pierna que descansaban bajo la sombra protectora de su enorme pie.
Aquellas visiones, subrayó el investigador, terminaron por fundirse con las creencias traídas por los colonizadores para dar origen a un universo simbólico más complejo.
Dentro de ese catálogo de prodigios insulares, el mito del papagayo de oro descuella por su belleza lírica.
La tradición sitúa su origen al suroeste de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, sitio donde una comunidad primigenia adoraba en el centro del batey a una magnífica ave de metal precioso en gratitud por los alimentos concedidos durante años.
Ante la codicia de los conquistadores que intentaron despojarla del templo rústico, el dios Huracán, señor de los vientos, de las aves y de las tempestades, infundió vida al plumaje dorado para que la criatura escapara por los aires hacia el monte infinito.
El paso de los siglos no logró disipar la visión en los campos del centro de la isla.
Batista López rescató la singular vivencia de Benito Avellé, un campesino que transitaba rumbo a la comunidad de San Lorenzo de Las Mercedes cerca de las 10 de la mañana.
El guajiro relató que divisó un brillo inusual en la copa de un árbol frondoso, por lo que decidió ocultarse entre los matorrales para observar el prodigio; allí descubrió la figura del ave gigante, completamente amarilla y radiante, cuyos destellos deslumbraban bajo la luz solar antes de emprender un vuelo silencioso hacia la espesura.
Concluyó el director de Signos que relatos como el testimonio de Avellé demuestran la manera en que la oralidad popular salvaguardó la espiritualidad y la inocencia de los primeros habitantes del archipiélago.
Más allá de la fábula, el papagayo de oro continúa su rumbo por el cielo de la campiña, confirmando que la imaginación aborigen permanece como una raíz viva en la identidad cultural de la nación.
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