El vigía de la primera fila

Honor y Gloria

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ACN - Cuba
Henry Omar Pérez | Foto: Autor
1314
16 Enero 2026

Santa Clara, 16 ene (ACN) Allí estaba él, puntual como quien no se permite un retraso ante el deber, ubicado en la primera fila de un grupo que es mucho más que una audiencia: es el testimonio vivo de una historia que se niega a rendirse ante el paso de los años.

Ramón Porfilio Prado Espinoza no necesitaba uniforme de gala para imponer respeto; le bastaba su rostro serio, de líneas profundas, y esa piel curtida por el sol de mil batallas y el aire de mil caminos. 

Había llegado desde muy temprano, cuando el rocío aún no se secaba, para rendir tributo a los 32 hijos de Cuba que el pasado 3 de enero pasaron a la inmortalidad.

Al acercarme a él, me comentó con una voz pausada, que arrastra el peso de las décadas pero conserva la firmeza del acero, que para él estar allí no era una opción, sino una necesidad del espíritu. 

Me dijo que, al mirar los féretros y las fotos de esos jóvenes, no veía rostros extraños, sino que se veía a sí mismo y a sus compañeros de juventud.

Prado me habló de su vida como combatiente, una existencia marcada por la entrega absoluta a Cuba, pero también por una visión del mundo que no conoce fronteras. Con un brillo especial en sus ojos, me relató cómo cumplió misión en otras tierras hermanas. 

Me confesó que para un revolucionario de su estirpe, el concepto de patria no se detiene en las costas de la isla, con la sabiduría que solo da el haber arriesgado el pellejo por desconocidos, que la patria es cualquier lugar donde exista un pueblo oprimido.

Para él, el polvo de las carreteras africanas o el calor de las selvas latinoamericanas son tan suyos como el suelo de su propio barrio, porque el dolor ajeno le duele como propio.

Comentó también que sentía un orgullo doloroso por estos 32 hombres, muchos jóvenes, que verlos a ellos, en su plenitud, sacrificarse por la seguridad de todos es la prueba fehaciente de que la siembra de su generación no fue en vano.

Hay tantos otros como ellos que son nuestro relevo, me susurró, y en esa frase resumió la continuidad de un proceso que se alimenta de la mística y el ejemplo; el sacrificio de estos muchachos es la respuesta contundente a quienes piensan que el tiempo ha debilitado el carácter de la nación.

Al final de nuestra charla, quedó claro que hay un hilo invisible pero indestructible que une el pensamiento de Fidel Castro, la piel curtida de Porfilio Prado y el sacrificio de los 32 hijos de Cuba. 

Fidel dijo una vez que ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad, es la personificación de esa deuda pagada con creces, con el Comandante hablo todos los días.

Hoy, mientras el sol subía y el homenaje llegaba a su fin, Ramón Porfilio Prado Espinoza permanecía firme, sabe que mientras hombres como él sigan acudiendo a los jardines para hablar con Fidel, y mientras sigan ocupando la primera fila para honrar a los nuevos héroes, la historia de Cuba seguirá siendo una crónica de resistencia y dignidad.

Los 32 jóvenes que hoy despedimos no se van del todo; se quedan en la mirada de Prado, en su piel curtida y en la certeza de que, frente a un pueblo que no se rinde, el tiempo solo es un testigo de su victoria eterna.


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