Querer desde la Luna (+Fotos)

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ACN - Cuba
Roxana Soto del Sol | Fotos: cortesía de los entrevistados
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22 Mayo 2026

   Existe una zona del alma a la que la noción poética universal llama “nuestra Luna”; es el mapa secreto de nuestras necesidades más tiernas, el lugar a donde volvemos cuando el mundo nos hiere.

   Se suele creer que la Luna encierra un misticismo que indica cómo queremos ser amados, qué tipo de cuidado buscamos sin saberlo, casi con la misma fuerza con que un perro reconoce a su dueño entre mil personas. Por eso, tal vez, hay seres que tienen esa capacidad de amar sin condiciones.

   Hace poco el astronauta Víctor Glover, a bordo de la misión Artemis II, desde la inmensidad del espacio exterior, encontró unos segundos para susurrar a su esposa “te quiero desde la Luna”, una declaración breve que dio la vuelta al mundo, porque resumía en cuatro palabras la más antigua de las certezas: el amor no entiende de distancias, ni de atmósferas, ni de leyes gravitacionales o humanas.

   A miles de kilómetros de la Tierra, Glover eligió mirar hacia abajo y enviar ese mensaje. En Villa Clara, a ras del suelo, dentro de los pasillos del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Universitario Arnaldo Milián Castro, otro ser con nombre de Luna demuestra una lealtad semejante. 

   Esta Luna no viaja en cohetes ni usa traje espacial. Es una perrita de tamaño mediano, de mirada quieta y movimientos discretos, que desde el pasado 13 de abril espera a su dueño Baydel Hernández García. 

   Él está ingresado en la sala de Medicina B con una cirrosis hepática, complicada esta vez con ascitis (líquido en el estómago). Y ella, que no entiende de diagnósticos, ha convertido el hospital en su territorio.

  Ella no ladra, no estorba, no reclama. Deambula con una parsimonia que ha hecho que médicos, custodios y enfermeros la reconozcan como parte del paisaje. Solo emite un aullido grave cada vez que un ascensor sube hacia el cuarto piso y ella debe quedarse abajo, sin poder seguir. La cola le tiembla entonces y se queda en vilo, mirando hacia arriba. No pide más que permanecer cerca.

   Baydel cuenta que ella lo acompaña a todas partes. “Es como si supiera las cosas –dice– me ve y conoce todo lo mío. Cuando yo cojo la mochila, me pongo la gorra y salimos a la calle, me cae atrás y nunca la regaño porque va siempre a mi lado”. 

  Esta vez lo acompañó desde Urgencias hasta la sala de ultrasonido, bajo la camilla, sin perderlo de vista. Solo cuando la esposa de Baydel, Maité Rivero Milán, logró entretenerla, el elevador pudo subir sin ella. 

   “Yo leí una vez que Dios manda ángeles en forma de perros para que cuiden a su dueño”, confiesa Baydel. “Luna es mi ángel guardián. Me avisa de todo, me cuida. Por eso, cuando estoy con ella, puedo estar en cualquier sitio seguro, porque ella todo lo ve, todo lo sabe”.

   Maité narra que, en un ingreso anterior, cuando Baydel sufrió un infarto, ellos dejaron a Luna en casa de unos amigos cerca de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, “se escapó y vino para el hospital en medio de un aguacero. Sola vino a dar acá. Nadie la trajo. Nadie le dijo el camino. El olfato, sí, pero también otra cosa, eso que los humanos llamamos instinto y que tal vez sea una forma más pura de amor”.

   El doctor José Guillermo Martínez Urbay, especialista en Oftalmología, se cruza con ella cada mañana cuando llega a la institución. “Ahí está, dice, ha pasado la noche esperando ver a su dueño. Duele ver entonces cómo tantos seres humanos abandonan a sus familiares, no les prestan atención a sus dolores.

   "Sin embargo, ahí está Luna para enseñarnos la lealtad, para enseñarnos que el valor de la fidelidad aún existe, para demostrarnos que hay esperanza. Y qué bonito que el mensaje venga de un ser que creemos irracional. Ahí hay puro sentimiento”. 

   Maité rememora con nitidez los primeros días de Luna en sus vidas, en su casa de Santa Clara, cercana al monumento al Tren Blindado, cuando “aparecieron dos perritas botadas, bien chiquiticas. Una era Luna y la otra su hermanita, que después se nos murió, porque comía de todo. Pero Luna se quedó. Y desde entonces, ella es de Baydel, inseparable”.

   Por su parte, Baydel reconoce que ha tenido perros, “pero como ella, no. Ella es como una niña para mí. No es una perra más, es mi hija de cuatro patas. Yo la miro y siento que me entiende, que sabe lo que me pasa”.

   Hay una costura invisible que entreteje la declaración del astronauta, la Luna romántica y esta historia de tierra adentro, porque querer desde la Luna es, al fin y al cabo, una forma de decir que no importa la distancia, no importa el vacío, no importa lo que separe. 

   Glover lo dijo desde el espacio exterior, Luna lo dice desde la añoranza por un cuarto piso al que no puede subir, desde un ascensor que se aleja y la deja abajo, desde un aullido que es su única forma de hablar. Lo dice también Baydel, cuando baja cada noche a acariciarla para que logre dormir tranquila, y ella, en respuesta, le lame los pies para recordarle que quiere que regresen juntos a casa pronto.

   A la Luna, la de arriba, la que rige mareas y emociones, le tocará continuar siendo testigo de todos los “te quiero”. Esta Luna, la terrenal, no leerá nunca los titulares sobre el astronauta, ni conoce que los románticos hablan del satélite natural al que debe su nombre como el mapa del alma.

    Sin saberlo, en toda la dimensión, es el lugar seguro al que Baydel vuelve cuando el cuerpo duele, su contención silenciosa que no falla, su certeza de que, al salir una vez más de este hospital, le espera su Luna, con ese querer que solo desde ella puede emanar.


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