Entre las tantas virtudes que convirtieron al Comandante en Jefe Fidel Castro en guía y paradigma de los millones de hombres y mujeres de las generaciones que tocadas por el influjo de su liderazgo le han acompañado, destacan sin duda su capacidad y fortaleza ante la adversidad y los riesgos.
Fidel ha sido, sin dudas, el cubano símbolo de lo indoblegable, su coraje ante circunstancias límites mostró a lo largo de su larga y riesgosa existencia combatiente que solo la más firme determinación del individuo puede encontrar salida cuando se cierra el círculo de las acechanzas y los peligros parecen insalvables.
El valor a toda prueba, la capacidad intuitiva y la excepcional visión para encontrar salidas le permitieron a lo largo del espinoso camino del proceso revolucionario cubano, y en medio de la carrera de obstáculos que representa la construcción socialista bajo la vigilia amenazante del imperialismo, convertir a esta nación en una fortaleza infranqueable.
Estas cualidades del Comandante de la epopeya que hizo de Cuba el faro que enrumba todavía la acción de los luchadores por la justicia en todo el mundo, marcaron desde muy temprano su existencia.
Desde el momento glorioso en que con solo 27 años se convierte en el principal inculpado de la Causa 37 de 1953 por los sucesos del Moncada, Fidel emerge ya como el gigante indetenible frente a la amenaza y el peligro.
De acusado se convierte en acusador y su voz es una condena aplastante de los oprobios de la tiranía batistiana que no pudo ser acallada.
Deviene lección excepcional la expresión suya al recibir a Raúl en Cinco Palmas, tras el revés sufrido por la tropa rebelde luego del desembarco del Granma: "Ahora si ganamos la guerra", cuando juntos solo sumaban siete fusiles. La trascendencia de este suceso constituye el mejor acicate para nuestros días.
Sobre un tanque, en Girón, con la certeza de vencer, el Jefe de la Revolución nos legó también la prueba de cómo el impulso de la resuelta voluntad de aplastar al enemigo se torna fuerza inderrotable.
Ningún riesgo le fue ajeno. Los disturbios de agosto de 1994 en la capital cubana, alentados por Estados Unidos, tropezaron con su aparición a pie en el principal escenario de confrontación como una fuerza única, la del ejemplo y el valor del líder en el sitio de mayor peligro.
Sería interminable la relación de hechos que evidencian la fortaleza de Fidel ante la adversidad (la Crisis de Octubre, el ciclón Flora, los atentados contra su vida), pero basten los ejemplos expuestos como lecciones necesarias a tener en cuenta para enfrentar la grave crisis que nos abate hoy, derivada del cerco criminal impuesto por la mayor potencia del mundo.
El mejor homenaje que puede rendírsele en el año de su centenario es, precisamente, hacer nuestras las cualidades que lo distinguieron como combatiente revolucionario. La batalla de estos tiempos pone a prueba nuestra real capacidad como continuadores de ese legado único.
Enfrentémonos a las dificultades del presente con la misma resolución que él asaltó el Moncada; con la bravura que se lanzó a la conquista de la libertad en el Granma; con la convicción que venció a las fuerzas de la tiranía en la Sierra; con la valentía que comandó las tropas gloriosas que aplastaron a los mercenarios en Girón.
Si no flaqueamos en el empeño de salir adelante y conquistar el desarrollo y el bienestar a que aspiramos, de seguro la victoria será nuestra.
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