Empleos verdes por un mundo más seguro

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ACN - Cuba
Román Romero López
181
22 Mayo 2026

  Hay una pregunta incómoda que pocos se atreven a formular en voz alta: ¿por qué aceptamos que ganarse la vida tenga que significar, tantas veces, deteriorarla?

    Durante décadas, la ecuación pareció inamovible: producir implica contaminar, crecer implica destruir, trabajar implica consumir sin medida. 

   Pero, algo cambia. Y en Cuba, esa transformación empieza a tener nombre y método. Lo que está sobre la mesa se denomina empleo verde, que no es una faena cualquiera, con una planta en la ventana. 

   La idea es más exigente y hermosa: se trata de que cada puesto, además de ser decente —con salario justo, seguridad social, condiciones dignas y sin discriminación— contribuya activamente a frenar el deterioro ambiental. Es decir, mientras usted trabaja, el planeta respira un poco mejor.   

   No es un capricho. En un archipiélago como el cubano, donde el mar sube, las sequías aprietan y los huracanes no piden permiso, la sostenibilidad ambiental dejó de ser una aspiración para convertirse en urgencia cotidiana.

   Por eso el Estado cubano mediante los ministerios de Trabajo y Seguridad Social, y de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, diseñó una herramienta metodológica que permite identificar qué puestos, procesos o entidades pueden ser reconocidos como empleos verdes. Y lo hace con un criterio claro: primero la decencia laboral, luego el aporte ambiental. Nunca al revés.

   En la práctica esto significa que un empleo que explota a sus trabajadores, aunque instale paneles solares, no será nunca un empleo verde. Y que un trabajo formal y bien pagado, si contamina sin control, tampoco pasará la prueba.

   La doble exigencia es lo que le da sentido a esta apuesta.

   Hoy las miradas están puestas  en sectores clave: la Agroindustria Azucarera, el Turismo, el Transporte, la Construcción, la Agricultura, las Industrias y la Energía.

   Tampoco se trata de inventar empleos de la nada, sino de transformar los que existen, de cualificarlos, de hacerlos más eficientes y, sobre todo, de blindarlos con derechos.

   La transición no constituye un lujo ni un experimento, sino una necesidad. La Organización Internacional del Trabajo ha dicho que la economía baja en carbono podría generar hasta 100 millones de empleos en el mundo para el año 2030. 

   Pero Cuba no puede permitirse esperar sentada la llegada del próximo lustro. La Tarea Vida —Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático— ya puso en movimiento al país. Ahora se trata de que el movimiento llegue a cada taller, a cada oficina, a cada campo.

   Lo que está en juego no es solo tecnológico. Es profundamente humano. Porque un empleo verde no es solo un tipo de trabajo, sino una forma de recordarnos que trabajar no tiene por qué ser un acto de depredación.

   Podemos levantarnos cada mañana, ir a una fábrica o cooperativa, y hacer algo que sostiene dos vidas: la nuestra y la del planeta. En un mundo herido por la indiferencia, eso tiene un valor incalculable.

   El camino no es fácil. Faltan inversiones, tecnologías y cultura en muchos lugares. Pero lo que sobra, al menos en los papeles y en la voluntad de quienes diseñan estas políticas, es convicción. La convicción de que el futuro no será sostenible si no es justo y ningún empleo puede llamarse digno si contribuye a destruir la casa común.

   No se trata de moda ni de buenas intenciones, sino de elegir entre dos modelos: uno que nos consume por dentro mientras aparenta progreso, y otro que entiende, por fin, que la única riqueza que perdura es la que no se lleva el viento. 

   Cuba decide ensayar el segundo. No será rápido, ni exento de tropiezos, pero al menos pone la primera piedra en el único lugar donde debía hacerlo: en el terreno de lo posible, con los pies sobre la tierra y la vista en el horizonte.


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