Dos líderes de una Revolución inédita e invicta

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ACN - Cuba
Aida Quintero Dip Fotos: Archivo
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03 Junio 2026

   Hermosos y sanos como los cedros que adornaban los alrededores de la finca de la familia Castro Ruz, en Birán, nacieron Fidel y Raúl, quienes crecieron con la fortaleza que caracteriza a aquellos árboles, como si la misma savia nutricia avivara la pasión patriótica de tan excepcionales hijos de Cuba.

   Cuentan que cuando el mayor de los dos iba a bañarse al río les regalaba la ropa a los niños humildes de la zona, y después les decía a los padres que la corriente del río se la había llevado, igual sentimiento motivaba al hermano menor, pareciera que desde entonces querían echar su suerte con los podres de la tierra.

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   Así germinaron y se convirtieron en dos jóvenes rebeldes, siempre juntos, acariciando los mismos sueños; porque se alimentaron de las raíces más genuinas al beber también de la savia de José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y tantos próceres que dieron glorias a la nación; así como de luchadores latinoamericanos como Simón Bolívar.

   Cuando Fidel dejó su natal Holguín y el impactante Santiago de Cuba de los primeros estudios, cuando La Habana fue el escenario para los nuevos afanes, Raúl siguió la ruta de su hermano y devino en un activista entre el estudiantado. Los uniría, la causa grandiosa: el triunfo de una Revolución “Con todos y para el bien de todos”, como lo soñó Martí.

   Con el proceso revolucionario en el poder, en el arduo camino para edificar la Patria nueva, acrecentaron una leyenda ganada en el combate. Fidel al frente de un país subdesarrollado que logró transformaciones y avances trascendentales, con inclusión, oportunidades, derechos y justicia social; Raúl como General de un ejército con brazo de acero, en defensa del cielo y suelo soberano de la nación.

   Cuba ha tenido la prerrogativa histórica de contar con adalides de su estirpe, cual herederos de las tradiciones de lucha del pueblo y del legado de los patriotas de la independencia, al asumir con altura ética y revolucionaria un proceso emancipador inédito que le abrió los ojos al continente y al mundo de cómo hay que obrar para ser libres y dueños de su destino. 

   Un elemento sustancial los juntó en concepto, ideas y actuaciones: el carácter prioritario que le adjudicaron siempre a la unidad como la estrategia principal, la fundamental fortaleza que había que cuidar como la niña de los ojos, ante un enemigo prepotente y poderoso que nunca se conformó con la osadía de este pueblo y de sus corajudos líderes.

   Lado a lado los hermanos de sangre e ideales escribieron una aleccionadora página en la historia patria desde la gesta del Moncada, con la intrépida tropa de la Generación del Centenario; en la prisión fecunda, afilando el temple y moldeando los sueños; en el exilio, en el viaje a México para preparar la expedición del Granma y ser en 1956 libres o mártires, como vaticinó Fidel. 

   Bastaría haber sido protagonistas de épicas como aquellas, para ocupar un sitio en la historia cubana, pero Fidel y Raúl hicieron mucho más, sobre todo tras recorrer el Verde Caimán en la Caravana de la Libertad ante un pueblo enardecido y feliz por la victoria del Primero de Enero.

   Ellos sabían que la Revolución apenas comenzaba, les esperaba una tarea rigurosa, enérgica, todo sería más difícil en lo adelante; entonces ni se detuvieron, ni se amilanaron, pese a inconvenientes e infortunios, continuaron con el espíritu de Baraguá que les enseñó Maceo y, sin proponérselo, conquistaron la gloria.

   Digno de evocar es aquel pasaje hermoso: Como compañero de armas en el bautismo de fuego de Alegría de Pío, y luego del hostigamiento enemigo, la dispersión y varios días de caminata por la desconocida sierra el reencuentro en Cinco Palmas de los dos hermanos, para sellar en un abrazo y los siete fusiles reunidos el compromiso de Fidel: ¡Ahora sí ganamos la guerra! 

   Ninguna adversidad ni situación compleja menguó el espíritu de lucha del más chiquito de los Castros que siguió a su valiente jefe, se nutrió de su ejemplo e hidalguía y lo apoyó incondicionalmente hasta que juntos conquistaron el enero glorioso de 1959 para edificar la Patria que el pueblo merecía, tiempos en que los dos líderes herederos de la estirpe mambisa, lo dieron todo.

   Fidel apreció el capítulo decisivo en la vida de Raúl al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de las que fue ministro por casi 49 años, las cuales se forjaron sustentadas en las tradiciones de lucha y años de duras batallas, libradas con talento y audacia; ante su proverbial capacidad para salvaguardar la nación, se han estrellado las más inverosímiles maniobras del imperialismo yanqui. 

   Asimismo, valoró en alta estima una de las obras más notables de su hermano: la fragua y liderazgo del II Frente Oriental Frank País, vital en los objetivos de la guerra de liberación nacional, donde mostró sus dotes de pelea y mando.

   Precisamente, al celebrarse el aniversario 20 de la fundación del frente guerrillero (6 de marzo de 1958), juntos presidieron el masivo acto en 1978, cuando se inauguró el mausoleo erigido allí en honor a sus héroes y mártires y Fidel encendió la Llama Eterna, que ardía ante el rostro de Raúl al contemplar parte de un empeño demostrativo de que el sacrificio no fue en vano.

   El no ganó el lugar que ocupa por ser hermano de Fidel, sino por mérito propio, a partir de su determinación y firmeza al actuar en momentos cruciales. Por ejemplo, durante las acciones del 26 de julio en el Palacio de Justicia, en un acto de audacia extrema desarmó a un sargento que dirigía una patrulla de militares en el preciso momento que detenía a sus compañeros; así tomó el mando de la situación.

   Con el Santiago del Moncada, del 30 de noviembre y del entrañable líder clandestino Frank País ambos tenían un vínculo afectivo e histórico muy especial; a la heroica ciudad venían en los momentos de celebraciones a acompañar a su gente rebelde y hospitalaria, pero en los días de apremios cuando era necesario impregnarse del espíritu de lucha que le distingue, también estaban presentes. 

   Como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y Primer Secretario del Partido, asumidos por Raúl tras la muerte de Fidel, ofreció lecciones a nuestro pueblo en la marcha inexorable hacia el futuro, como expresión del pensamiento del Comandante en Jefe, quien enseñó a nunca rendirse aun en las más adversas condiciones, a convertir el revés en victoria y a mantener la fe infinita en el triunfo.

   Afortunados somos, honrados estamos de haber tenido entre nosotros a estos compatriotas que nunca cejaron en sus propósitos por difíciles que fueran; sempiternos defensores de la paz y la solidaridad entre los pueblos, convencidos de que un mundo mejor es posible, como enunció y trabajó afanosamente el invicto y eterno líder para lograrlo.

   Palabras de admiración y respeto le dedicó a su Comandante: "Fidel es Fidel, todos lo sabemos bien, Fidel es insustituible y el pueblo continuará su obra cuando ya no esté físicamente. Aunque siempre lo estarán sus ideas, que han hecho posible levantar el bastión de dignidad y justicia que nuestro país representa".

   En 2016 al ocurrir su partida física tan dolorosa para el pueblo, en su lugar quedó su más ferviente, leal y experimentado discípulo, que desde su singularidad ha mantenido viva la pujanza de la Revolución, abriéndole paso con seguridad y confianza a la continuidad creadora de las nuevas generaciones.

   Cuando solemne y triste Raúl apretó contra su pecho la urna con las cenizas de Fidel, antes de colocarla en la piedra que las atesorará para siempre en el cementerio patrimonial Santa Ifigenia, latía en su corazón el compromiso de ser fiel a su legado y de proteger a Cuba y su Revolución con la misma pasión y energía que el Comandante en Jefe. (Aída Quintero Dip, ACN)


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