Arrojo, ardor patriótico y osadía podrían ser los mejores calificativos para evaluar la actitud de muchos jóvenes cubanos en su enfrentamiento sin cuartel a la dictadura de Fulgencio Batista, a quien desafiaron a pecho descubierto con más coraje que fusiles y municiones, para sacarlo del poder que había usurpado con su golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.
Ejemplos de heroicidad y entrega tenían de sobra para asumir cualquier proeza en una nación que vio nacer, crecer y forjarse en los afanes libertarios a hijos de la talla del intelectual revolucionario, Julio Antonio Mella, o de José Antonio Echeverría, líder de la Federación Estudiantil Universitaria, quien trató de ajusticiar al tirano en su propia madriguera.
Mella y Echeverría constituyen paradigmas para las nuevas generaciones, pero no son los únicos, existen otros tantos dignos del respeto, la admiración y la evocación perenne, sobre todo, para tomar su legado como escudo y bandera y seguir haciendo patria, en la Cuba de estos tiempos difíciles y edificantes a la vez.

Es el caso de los combatientes del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), Ángel Ameijeiras Delgado (Machaco), Rogelio Perea Suárez y Pedro Gutiérrez Hernández, asesinados el 8 de noviembre de 1958 durante el combate de Goicuría y O´Farrill, en la barriada habanera de La Víbora, hoy municipio 10 de Octubre, al enfrentar valientemente a centenares de policías y miembros del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), de la dictadura batistiana.
Ameijeiras, quien era jefe de acción y sabotaje del M-26-7, en La Habana, desde el asesinato de Sergio González (El Curita); había sobresalido por su arrojo y capacidades organizativas, por lo cual, merecidamente, tras su muerte fue emitida una disposición, firmada por el Comandante en Jefe Fidel Castro, en la que se ascendía al grado de Comandante del Ejército Rebelde.
Ese combate está considerado como una de las acciones más significativas de la resistencia urbana frente a las fuerzas represivas de Batista, de tal forma cada 8 de noviembre se conmemora el Día del Combatiente Clandestino, cuando el pueblo rinde especial tributo a los tres jóvenes asesinados, hace ahora 68 años.
Durante casi cinco horas, ellos pelearon hasta la última bala; heridos, a golpes y empujones, encañonados, la policía los sacó de la vivienda, mientras Norma Porras, esposa y compañera de lucha de Machaco, resultó la única sobreviviente, expresión de la valía de la mujer cubana en la batalla frontal contra la dictadura.
Posiblemente debido a una delación, ese día de 1958, en horas de la madrugada en el apartamento # 5 del edificio 523, sito en las calles Goicuría y O´Farrill, los secuaces de Batista sorprendieron a los combatientes, quienes para su defensa contaban solo con dos ametralladoras, cuatro pistolas, cuatro bombas de TNT y tres granadas.
De acuerdo con relatos sobre ese hecho, la policía y miembros del SIM tomaron las calles y azoteas inmediatas y contra el apartamento en que estaban los jóvenes revolucionarios, concentraron todo el poder de fuego de sus armas, que incluían ametralladoras pesadas y ligeras.
Desde la vivienda los sitiados, decididos, respondieron a las ráfagas y fuerte tiroteo enemigo, con igual vehemencia y más derroche de coraje que recursos para su defensa, y poco tiempo después del amanecer el combate cesó, al quedarse los combatientes sin balas, como ya se ha referido.
Norma Porras, de 19 años, quien se hallaba embarazada, fue capturada en la azotea de uno de los inmuebles aledaños, después de resultar herida por cuatro balas; la hicieron prisionera y llevaron directamente al Hospital Militar. Allí los sicarios batistianos exigieron el Certificado de Defunción, a lo que se negó el director del centro hospitalario.
A consecuencia de este hecho, la juzgaron en un tribunal por tenencia de armas y atentado a los poderes del Estado y el 12 de diciembre de 1958 la llevaron al Vivac de mujeres de Mantilla, donde estuvo dos días, pues la trasladaron a la Cárcel de Mujeres de Guanajay, lugar en que la sorprendió el triunfo de la Revolución, cuando recuperó su libertad y la de su pequeño hijo.
Al día siguiente del suceso de Goicuría y O´Farrill, el 9 de noviembre de 1958, los periódicos informaron que Machaco Ameijeiras y sus dos compañeros habían muerto en el tiroteo, cuando en realidad los asesinaron poco después de la detención; sus cuerpos mutilados los encontraron horas más tarde, en la Casa de Socorros, de la calle Corrales, en La Habana.
Pero también ese día Radio Rebelde anunciaba al pueblo el ascenso a Comandante de Machaco y rendía homenaje "al heroísmo con que se batió durante horas con las fuerzas del tirano, sin importarle el número del enemigo".
La alocución finalizaba: "Comandante Ángel Ameijeiras, ante ti se cuadran todos los combatientes del Ejército Rebelde y esperan tus órdenes cuando se acerquen a las calles de La Habana".
El pertenecía a una recia estirpe de revolucionarios, todos sus hermanos se vincularon a la insurrección nacional contra la tiranía: Juan Manuel cayó en el Moncada; a Gustavo lo desaparecieron los sicarios batistianos, en mayo de 1958; Nene sufrió prisión por sus actividades insurrectas; Efigenio, comandaba una columna guerrillera en el Segundo Frente Oriental Frank País, bajo el mando del Comandante Raúl Castro.
En el combate más intenso de la clandestinidad en La Habana los jóvenes idearon como contraseña, una pañoleta anaranjada colgada en la tendedera; en caso de peligro debía quitarse, como aviso. Así, al agotarse las balas, Pedro la descolgó antes de que los esbirros echaran abajo la puerta, lo que demostró que aun con la muerte cerca, seguía pensando en la seguridad de sus compañeros.
Pedro tuvo que dejar la escuela en el tercer grado, en su Punta Brava natal trabajó con solo 10 años de aprendiz de zapatero, participó en huelgas obreras en la textilera de Ariguanabo; tenía una niña, siempre hablaba de ella, "aquel 8 de noviembre íbamos a llevarle una bata que le habíamos comprado", relató Norma Porras.
Rogelio, contaba al morir con 21 años, laboró en la agricultura y en una tienda de ropa, organizó manifestaciones, huelgas y sabotajes contra la tiranía en su natal Melena del Sur, supo de detenciones y cárceles.
De acuerdo con criterios de quienes le conocieron, era inteligente y talentoso, leía mucho, menudo de cuerpo, pero irradiaba un magnetismo personal intenso.
Según informes de la policía, el combate de Goicuría y O’Farrill con más de cinco horas de agudo tiroteo, se convirtió en el de más duración de la lucha clandestina contra la tiranía batistiana, que reportó a la prensa 10 agentes heridos, entre ellos un mayor y un sargento.
En el devenir de nuestra rica historia patria, La Habana ha sido escenario de apremiantes y heroicas batallas urbanas; hoy se recuerda que durante la tiranía machadista, en agosto de 1931, el capitán mambí Arturo del Pino, se batió prácticamente solo contra decenas de soldados y policías.
Veintisiete años más tarde, tres jóvenes devenidos héroes y una intrépida embarazada, militantes del Movimiento 26 de Julio, reeditaron la hazaña del patriota independentista, un legado imperecedero para las nuevas generaciones, que inspiradas en ese ejemplo siguen en pie de lucha en tiempos desafiantes, por las crecientes amenazas del imperio contra esta nación libre y soberana.
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