Detrás del ampaya (ll) Un juego dice, pero no lo dice todo

Copa Mundia de Béisbol Sub-23

Compartir

ACN - Cuba
Norland Rosendo González Foto: Yuhki Osboshi
34
07 Noviembre 2026

  ‎Managua, 7 nov (ACN) Cuando era un niño y comenzaba a apasionarme con el béisbol, alguien me dijo donde nací, un pueblo sacado de las novelas de García Márquez, que debía aprender que en este deporte, como en la vida, todo se paga, más temprano o más tarde, pero se paga.

Lea: Cuba busca emparejar marca en el Mundial sub-23 de béisbol

‎ Aquel señor había jugado mucho tiempo cuando los bates eran hechos a machete y era un lujo usar botas de piel en medio de tantos pies desnudos sobre cuadrantes de tierra robados a las naturaleza salvaje.

‎ Después, era el director de los equipos locales, que aún pasado de los 75 años lo buscaban cada vez que había juego con algún barrio colindante.

‎ Se pasaba horas y horas con la oreja cosida a un viejo radio tratando de achicar las distancias con el béisbol de Grandes Ligas.

‎ La pelota es como un grupo musical, cada instrumento tiene que sonar bien, era otro de sus dicharachos para enseñar a jugar y entender ese juego que sigue siendo, en cada partido, enigmático y seductor.

‎ Recuerdo aquellos pasajes infantiles mientras repaso, inning a inning, acomodado en el cine simbólico de mi mente, el juego de Cuba anoche ante Corea del Sur en el arranque del Mundial sub-23.

‎ Los muchachos salieron al campo del Rigoberto López, de la ciudad de Léon, reacomodando sus pupilas a las luces artificiales y a un césped natural con un corte impecable y parejo, apto incluso para jugar bolas.

‎ Por primera vez, después de varios días ausentes, volvían a pisar la yerba verde y los tatuajes sobre la superficie que solo entienden los amantes del béisbol.

‎ Y lo hicieron sin deslumbramiento, si acaso preguntándose cuándo en Cuba tendremos uno así, y con las ansias de resarcirse de las desventuras en el trayecto hasta el Mundial.

‎ Jugaron con el guante y el bate en medio del pecho ante un adversario de más rodaje en un deporte que exige mucho tiempo viviendo en ese hogar construido entre dos rayas de cal.

‎ Estuvieron la mayor parte del tiempo delante en el marcador, colgados del brazo derecho de José Ignacio Bermúdez, un joven que se traga las emociones como mismo se fue tragando a los asiáticos que lo desafiaban con el pedazo de madera en la mano, hasta jactarse con ocho engullidos sin regalar siquiera un boleto.

‎ Sostuvieron una ventaja mínima construida colándose por inusuales grietas coreanas a la defensa, pero poco a poco comenzó el juego a cobrar, como la vida, y se escuchaban a mayor volumen las notas musicales disonantes.

‎ Corea ajustó, leyó bien el partido y aguardó con paciencia, encomendado a su sólido bullpen, hasta que dio, golpe a golpe, el zarpazo definitivo para el que necesitó una entrada adicional.

‎ Cuba gestionó su banca, buscó infructuosamente sacarle mejores notas a sus maderos, pero cuando técnica y táctica no andan debidamente matrimoniados en la ejecución de los fundamentos, se yerran demasiados toques, falta un swing o sobra otro, y la vida termina pasándote, inmerecidamente, una factura que no es solo tuya.

‎ O como decía el erudito beisbolero de mi tierra, no es cuestión de guitarra nueva ni de guitarrista talentoso, es asunto de sacar la nota cuando va.

‎ En los juegos chiquitos pesan el doble los lances, y a veces lo que parece más insignificante termina asumiendo el mayor protagonismo en el resultado.

‎ Queda campeonato por jugar y esta generación tiene, igual que la afición, hambre de victoria. Me quedo con las palabras del mentor Guillermo Carmona al término del partido: un juego dice, pero no lo dice todo. 


© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial