La Habana, 13 sep (ACN) Roxana Gómez volvió a rozar la frontera de los 50 segundos en Budapest y, aunque fue séptima en la final del Ultimate Championship, confirmó que Cuba posee una velocista capaz de desafiar a la aristocracia mundial.
La pista húngara no le regaló atajos; le propuso, en cambio, un pelotón de campeonas, récords personales fulgurantes y atletas habituadas a convertir la vuelta al óvalo en una sentencia.
Allí, entre Marileidy Paulino, Nickisha Pryce, Henriette Jæger y otras dueñas del presente, la cienfueguera corrió 50.21 segundos y sostuvo, con la serenidad de las corredoras maduras, su sitio en una final reservada para ocho.
No fue una aparición fortuita ni el espejismo de una carrera; Gómez llegó al estreno del World Athletics Ultimate Championship después de atravesar una temporada que la vio competir siete veces en la Liga del Diamante, el escaparate más exigente del atletismo contemporáneo, y discutir palmo a palmo un espacio entre las mujeres más veloces del planeta.
En Shanghái/Keqiao, en mayo, dejó una primera señal de autoridad: 50.24 segundos y tercer puesto, su estreno en un podio del circuito; aquel resultado tuvo la belleza de los anuncios que no necesitan estridencia.
La cubana no corrió contra la expectativa de un país ni contra la memoria de una distancia ilustre; corrió contra el cronómetro, y este comenzó a ceder.
Su presencia en la final de Bruselas, donde ancló sexta con 50.88, reforzó la idea de una atleta ya instalada en el paisaje grande del hectómetro largo.
Para alcanzar esa escena debió sumar resultados, resistir viajes, adaptarse a rivales y salir una y otra vez de los bloques con la obligación de demostrar que 49.48 segundos, el récord nacional conseguido en 2025, no era una ráfaga irrepetible, sino el punto más alto de una montaña que todavía sigue ascendiendo.
En Budapest, la semifinal le exigió temple; terminó cuarta con 50.34, suficiente para abrir la puerta de la final, por delante de la británica Yemi Mary John y detrás de tres mujeres que bajaron de los 49.73.
No hubo margen para mirar de reojo, ni una curva disponible para reparar un mal paso; Roxana resistió y clasificó, que en esa carrera equivalía a decir que Cuba volvía a sentarse en la mesa donde se reparte el prestigio de los 400 metros.
La final tuvo otro pulso; Paulino ganó con 49.07, Jæger llegó segunda en 49.28 y Pryce completó el podio con 49.56, mientras Gómez cruzó séptima con 50.21, apenas una centésima por delante de la bahreiní Salwa Eid Naser; La diferencia numérica dibuja puestos, pero no alcanza a contar toda la historia: la cubana mejoró su registro de semifinal, compitió hasta el último metro y se sostuvo en una prueba donde un instante puede separar el privilegio de la ausencia.
A los 27 años, Roxana ha dejado de ser aquella joven que sorprendió al mundo al irrumpir en la final olímpica de Tokio; ahora carga otra condición, más pesada y también más luminosa: la de atleta estable, reconocible, capaz de avanzar cuando el nivel se eleva y el calendario aprieta; su progresión no es solo la de una marca que descendió de 50.76 a 49.48; es la de una corredora que aprendió a pertenecer.
Cuba conoce bien el peso de esta distancia, recorrida antes por la estela inconfundible de Ana Fidelia Quirot; Gómez no necesita correr contra ese recuerdo, sino prolongar su legado con su propia zancada, más silenciosa que ruidosa, más paciente que impetuosa.
Ya lo ha hecho: transformó una promesa en récord nacional y el récord en pasaporte para las grandes finales.
Budapest no le entregó una medalla, pero le devolvió una certeza; Roxana Gómez ya no persigue el sitio que merece: lo ocupa, y cada vuelta al óvalo vuelve más difícil imaginar la velocidad cubana sin ella.
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