Frank Fernández ofreció su corazón por los no famosos 

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ACN - Cuba
Alain Amador Pardo I Fotos: Luis Jiménez
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26 Enero 2026

La Habana, 26 ene (ACN) En tarde noche del domingo se cumplió lo que había augurado Frank Fernández a la Agencia Cubana de Noticias horas previas al concierto que inauguró el Festival Internacional Jazz Plaza en su edición 41: quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón. 

   Y no solo lo ofreció, sino que lo partió en mil pedazos, repartidos a partes iguales entre una pléyade de estudiantes y jóvenes virtuosísimos, y el público que abarrotó la sala Avellaneda del Teatro Nacional.

   Hoy será un concierto para que brillen los no famosos, dijo con esa dosis de humildad de quien puede darle espacio a otros que, sin méritos apabullantes que les precedan, puedan demostrar lo que valen en solitario; o haciendo nómina, ya fuera desde Camagüey, Las Tunas, Holguín o Bayamo; e incluso integrando la ya reclamada Jazz Band del Conservatorio Amadeo Roldán, bailando rumba con pequeños trajes de íremes o diablitos abakuá o sacando décimas desde el teclado blanquinegro del maestro.

   No fue el concierto de Frank Fernández; fue algo más significativo, ejemplarizante; fue altruismo; la apoteosis de un Maestro de Juventudes, alargando el brazo para dar palmadas en el hombro de muchos hijos, todos virtuosos.

   Hubiera bastado esa magistral improvisación en video de archivo de hace varias décadas en un Festival Adolfo Guzmán, donde Los ojos de Pepa, de Manuel Saumell se apuran a mirar a Frank frente a Chucho Valdés e Irakere, quizás provocando más que sonrojo y alegría: furor, euforia, simpatía.

   El concierto de anoche los tuvo a todos, especialmente aquellos directores que pocas veces salen de sus predios académicos territoriales, pero que sostienen el pensamiento grupal de varios formatos y devienen mentores de grandes cosechas musicales: Eduardo Campos, Alejandro Coira, Javier Millet, Oreste Saavedra, y, por supuesto, Jorge Sergio Ramírez. 

   Destaque más que especial para un cuarteto —dos pares de hermanos— salido de esos genes que prodigan sagas maravillosas: las hermanas López-Gavilán García —orgullo de Aldo y Daiana— y los hermanos Abreu, hijos de quizás uno de los más probados percusionistas de la música cubana contemporánea, Yaroldy Abreu, y de la musicóloga e investigadora incansable Neris Gonzalez Bello.

   Tampoco hubo humo, lentejuelas ni fanfarrias; y si algo faltó en las más de dos horas de función, fue un escenario mayor para albergar, casi al final de la gala, a la gran Orquesta Sinfónica Juvenil integrada por más de 100 músicos; un indescriptible derroche de armonía y complicidad entre maestro y discípulos en un novedoso Rhapsody in Blue de George Gershwin que seguramente pasará a la historia.

   Frank dijo tener 81 años, pero para los no famosos por él reunidos, y para los que estábamos entre el público, no era más que aquel niño de Mayarí emparentado con Tchaikovki, con Lecuona, Beethoven, Mozart o Cervantes; el sensible fusionador de técnica y emoción, conocedor de Martí, amigo de Fidel, el hombre anclado a la verdad, indeleble raíz.


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