Pilongos, el mote santaclareño que nació de una pila bautismal

Compartir

ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León I Fotos cortesía de la entrevistada
661
05 Abril 2026

   Santa Clara, 5 abr (ACN) No hay nada más santaclareño que ser llamado pilongo; el término, que hoy identifica con orgullo a los nacidos en esta ciudad del centro de Cuba, circula de boca en boca como una contraseña secreta entre los nativos, pero pocos conocen que ese apodo —que suena a cariño, a provincia, a cosa íntima— nació del agua bendita de una antigua pila bautismal de piedra, labrada con rocas extraídas de la local loma del Capiro.

   La historiadora Hedy Hermina Águila Zamora explicó a la Agencia Cubana de Noticias que la pila en cuestión se encontraba en la Iglesia Parroquial Mayor, la que durante siglos se alzó frente a la Plaza Central, ese espacio que hoy lleva por nombre parque Vidal.

   Allí, piedra tras piedra, los artesanos de la villa construyeron un recipiente que no era cualquier recipiente, sino el lugar donde los bebés santaclareños recibían las aguas del bautismo, y el pueblo, que siempre encuentra el camino más corto para nombrar las cosas, comenzó a llamar pilongos a aquellos que habían sido bautizados en esa pila.

   La pila, entonces, hizo al pilongo; pero la historia no se queda en la tradición oral.

   Florentino Martínez, en su artículo El mote pilongo, publicado en 1950, aporta la prueba documental más antigua que se conoce; en 1799, Francisco Hurtado de Mendoza, al referirse a la escuela del Hospicio de San Francisco —siempre a cargo de algún cura—, escribió: "hasta que pudiera serlo un sacerdote pilongo de la villa".

   Esa es la primera vez, al menos de la que se tenga constancia escrita, que la palabra pilongo aparece en un documento para designar a alguien nacido en Santa Clara; ya entonces, hace más de dos siglos, el apodo era moneda corriente.

   La pila bautismal, esa madre de piedra de todos los pilongos, permaneció en su sitio durante décadas; pero en 1924, la iglesia Parroquial Mayor fue demolida.

   Así, la ciudad perdía un templo, pero no la memoria; por órdenes de la primera dama, esposa del gobernador de turno de la provincia, la pila fue trasladada al edificio de la Gubernatura Provincial, el mismo que hoy ocupa la biblioteca Martí; allí quedó, como una reliquia sin su función original, durante años.

   Fue el padre Tudurí quien, advirtiendo el valor simbólico de aquella pieza, solicitó llevarla a la iglesia El Carmen, que por entonces cumplía las funciones de parroquial mayor, y así, la pila volvió a dar servicio, aunque en otro altar.

   No fue hasta la década de 1950, cuando se construyó la nueva iglesia en la calle Marta Abreu —la que hoy se conoce como Catedral de Santa Clara de Asís—, que la pila regresó a su lugar natural; allí sigue recibiendo, como testigo silencioso de varios miles de bautizos, a los nuevos pilongos que llegan al mundo.

   Pero hubo un tiempo, aproximadamente 10 años, en que la pila estuvo fuera de servicio; durante ese período, los bebés santaclareños fueron bautizados en otras iglesias.

   Águila Zamora lo afirma con precisión de historiadora: "hubo un espacio de tiempo, una década aproximadamente, en que no hubo pilongos porque debían bautizarse en otras iglesias".

   Esos 10 años silenciosos, sin pilongos nuevos, son quizás uno de los secretos mejor guardados de la ciudad, porque el apodo, sin embargo, no desapareció, sino que siguió vivo en la memoria, en las conversaciones, en el orgullo de los que ya lo eran.

   Hoy, llamar pilongo a un santaclareño es un acto de pertenencia; es decir "tú eres de aquí, tú sabes lo que es el parque Vidal, tú has sentido el sol del centro en la nuca".

   Pero ahora, después de esta historia, llamar pilongo será también recordar una pila de piedra labrada en el Capiro, un documento de 1799, una iglesia demolida, una biblioteca que fue gubernatura, una década sin bautismos y una catedral que aún guarda las aguas benditas de más de tres siglos.

   Ser pilongo, al final, no es solo haber nacido en Santa Clara, sino haber sido bautizado —literal o metafóricamente— en la misma agua que corre por las venas de esta ciudad, y esa agua, como la pila, sigue allí esperando al próximo pilongo.


© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial