Santa Clara, 11 oct (ACN) En el vasto retablo histórico de la capital villaclareña yacen figuras cuya entrega humanitaria merece ser rescatada del olvido, entre ellas la del presbítero de origen español Francisco Chao y Olaortua, un hombre de fe que hizo suya la causa por la libertad de la isla.
Según narra Roberto González Quesada en una de sus crónicas publicadas en el semanario Vanguardia, el sacerdote nació el seis de agosto de 1839 en Vitoria, capital de la provincia ibérica de Álava, en el seno de un hogar de alta sensibilidad intelectual donde su padre ejercía como músico y su madre impartía clases de Letras y Piano.
Aquel entorno familiar estimuló tempranamente su vocación hacia el latín, las humanidades y el derecho canónico, camino pastoral que en un guiño del destino tuvo sus primeros pasos en el vitoriano Convento de Santa Clara antes de cruzar el Atlántico.
Según explica en su texto el experimentado cronista, el clérigo arribó a Cuba en agosto de 1866 y prestó servicios eclesiásticos en La Habana, Matanzas y la zona de Corralillo hasta su designación definitiva en 1892 al frente de la Iglesia Parroquial Mayor de Santa Clara, ubicada en la entonces Plaza de Armas.
Fue en el corazón del territorio central donde el religioso se identificó a plenitud con los hijos de esta tierra y asumió a Cuba como su patria de adopción.
González Quesada destaca en su artículo la postura del párroco al afirmar abiertamente que si las naciones de la América española eran libres no existía razón alguna para negar ese derecho a los cubanos, al tiempo que censuró los devastadores efectos de miseria, hambre y epidemias provocados por el bando de reconcentración del capitán general Valeriano Weyler en 1897.

En Santa Clara la situación se torna crítica, los plantíos de la región han sido arrasados para que las fuerzas mambisas no puedan proveerse.
La villa, que apenas tiene 13 mil habitantes, se ve engrosada con una masa de 12 mil reconcentrados sin medios de sustento; el número de fallecimientos aumenta considerablemente.
Un día asciende a 67, la mayoría niños, llega al tope el cementerio general de la parroquia y hay que abrir el clausurado siete años atrás.

El alcalde informa a la Capitanía General: "No hay recursos para asistir a refugiados, morirán".
"Ese es el propósito del bando, son enemigos de España", respondió Weyler.
En este dramático período, el presbítero Alberto Chao asume la misión principal de atenderlo, convierte la sacristía del templo en enfermería donde muchas mujeres grávidas alumbran.
Distribuye su pan, el dinero que recauda la iglesia y lo que percibe como administrador del Registro Civil.
Cuentan que no tenía nada suyo, todo lo daba, incluida la sotana; una noche de intenso frio encuentra a un descamisado desvalido, se la quita y arropa con ella al infeliz.
No pocas veces lo atropellan necesitados que acuden en tropel y reclaman cuando no queda ni una pizca que entregar.
En carta a su mejor amigo de Alava, le confiesa: "No tengo qué comer, pero no es eso lo peor, lo peor para mí es ver a mi derredor tantos hambrientos y no tener con qué socorrerlos."
Este hombre noble, que ayudaba a aquellos desdichados tanto por inclinación humanitaria como por ser víctimas de una política de opresión inaceptable, murió en el Hospital de Santiago de Vitoria, su ciudad natal.
El Ayuntamiento santaclareño le titula Hijo Adoptivo Ilustre, y en su memoria nombra Padre Chao a la calle Las Flores, que nace entre el hotel Santa Clara Libre y la Casa de la Cultura y a un parquecito que desaparece al tener que ampliarse el Parque Leoncio Vidal, en el cual se ha emplazado un busto de mármol del inolvidable prelado.
Al develarse el monumento el 15 de julio de 1928 en el aniversario 239 de la fundación de la villa, su panegirista Florentino Martínez, hace notar: "El presbítero Francisco Alberto Chao no tenía referencia de Martí. Y sin embargo, como el Maestro, reclamaba, cumplía su deber sencilla y naturalmente".
Frente al egoísmo e indiferencia de la época, la huella de solidaridad dejada por el presbítero Francisco Chao y Olaortua permanece como un testimonio luminoso en la historiografía local.
Como señala el autor en su relato, la vida del visionario pastor ratifica que el verdadero amor al prójimo se demuestra en el amparo a los desposeídos y en la defensa incondicional de la justicia social.
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