La élite ilustrada de Las Villas que empuñó el machete en 1869

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ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León | Fotos: Cortesía de la fuente
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05 Febrero 2026

Santa Clara, 5 feb (ACN) Las noches de principios de febrero de 1869 en Santa Clara, antigua provincia de Las Villas, olían a medicinas, tinta y revolución; en la farmacia La Salud, frente a la Plaza Mayor de la incipiente ciudad, un grupo de hombres bien vestidos —médicos, poetas, periodistas— discutía sobre reformas e insurrección.

   Eran la élite intelectual de la localidad, y estaban a punto de cambiar el rumbo de la historia de la región central de Cuba, motivados fundamentalmente por el alzamiento en La Demajagua protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868. 

   Hedy Hermina Águila Zamora, historiadora de Santa Clara, reconstruye para la ACN el perfil de aquellos conspiradores liderados por Miguel Gerónimo Gutiérrez, poeta y hacendado, dueño de un ingenio con esclavos, pero también agrimensor titulado en La Habana.

   A su lado, lo acompañaba Eduardo Machado Gómez, periodista políglota que había estudiado en Europa y publicado sobre la abolición de la esclavitud.

   No eran hombres marginales, enfatiza Águila Zamora, eran miembros del Liceo de la Sociedad de Instrucción y Recreo que, precisamente por su formación, comprendieron muy pronto que el reformismo ya no era viable.

   El detonante fue el fracaso de la Junta de Información en España, que convenció a muchos de que solo las armas abrirían camino.

   Pero el momento de revelación ocurrió una noche de noviembre de 1868; mientras discutían en la farmacia, dos transeúntes les reprocharon no asistir a una función teatral donde “los bufos hacían reír”.

   La respuesta, espontánea y cargada de rabia, quedó para la historia: “No estamos para divertirnos mientras en Oriente se mata a nuestros hermanos”.

   Al día siguiente, Antonio Lorda —médico formado en Francia— usó esa misma frase frente a Gutiérrez y Juan Nicolás del Cristo.

   Ahí nació la convicción de que había que pasar a la acción, relata la historiadora, ese mismo día fundaron la Junta Revolucionaria, con Gutiérrez como presidente, Lorda como vicepresidente y Machado como secretario.

   Sus tertulias se multiplicaron: en la fábrica de gas por las tardes, en la farmacia por las noches; sumaron a hombres de Sagua la Grande, Cienfuegos, Trinidad y otros territorios de la región central del país.

   Eran redes de confianza basadas en la cultura y el estatus, pero ahora al servicio de la conspiración independentista, describe Águila Zamora.

   Sin embargo, la crudeza de la guerra los esperaba; tras la delación del telegrafista Federico Marrero en febrero de 1869, tuvieron que huir hacia San Gil, poblado cercano a la ciudad de Santa Clara.

   Allí, entre debates sobre la abolición de la esclavitud y la escasez de armas, aquella élite ilustrada se transformó en mando insurgente.

   Ninguno de ellos sobrevivió para ver el fin de la guerra; “perdieron todo: posición, familia, vida, pero su decisión, tomada entre frascos de medicinas y libros, demostró que la independencia también se gestó en las salas de la intelectualidad criolla”, comenta la investigadora.

   Sin dudas, el Grito de San Gil el 6 de febrero de 1869 no solo sirvió de antesala directa al alzamiento armado de Las Villas y a la incorporación de la insurgencia de la región central de Cuba a la lucha por la independencia de la nación, sino también para confirmar el anhelo de libertad y rebeldía de sus ciudadanos. 


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