Santa Clara, 28 ene (ACN) El pensamiento de José Martí, plasmado con amor y rigor en las páginas de La edad de oro, no es solo un recuerdo histórico, es una brújula viva que guía la formación de los pinos nuevos en cada rincón de nuestra patria.
Este legado se manifiesta con especial fuerza en la voz de los niños que, desde sus escuelas, asumen el compromiso de ser hombres y mujeres de bien, tal como el Maestro soñó.

En la escuela 13 de marzo, el pequeño Carlos Alberto levanta su voz para recordar que no puede haber felicidad donde falta la luz de la verdad. Inspirado en las enseñanzas martianas, Carlos Alberto sostiene que el aprendizaje no debe ser una acumulación de datos vacíos, sino un camino para entender el mundo sin mentiras ni sombras.
Para él, ocultar la verdad es vivir en la oscuridad, y por ello defiende una educación que enseñe a pensar con claridad y a rechazar cualquier imposición que no sea razonable, pues solo así se forja un carácter libre y auténtico.

Por su parte, desde el centro escolar Camilo Cienfuegos, la niña Daniela Sofía reflexiona sobre el concepto de la honradez, ella comprende profundamente que ser honrado no es solo no robar, sino actuar con dignidad ante la vida.
Daniela Sofía asevera que un niño que presencia una injusticia y no siente dolor, o aquel que calla ante el mal, no está recorriendo el camino que Martí trazó.
En su corazón habita la convicción de que la alegría de la infancia solo es plena cuando se vive con la conciencia tranquila y el valor de defender lo justo por encima de la comodidad personal.
En la institución Maria Damasa Jova, el estudiante Julián Ernesto se convierte en un defensor de nuestra identidad, siguiendo el precepto de que la educación debe ser "como el abono a la tierra".

Él destaca la importancia de que los niños cubanos y americanos crezcan conociendo sus raíces, cree firmemente que no debemos ser meros imitadores de culturas ajenas, sino creadores de nuestra propia historia.
Asimismo, en los pasillos de la escuela Hurtado de Mendoza, Beatriz Elena manifiesta la importancia de la libertad de espíritu, ella nos habla de la tolerancia y del respeto a las creencias de cada ser humano.
Comprende que Martí soñó con un mundo donde no se persiguiera a nadie por su fe o por su forma de ver lo divino, sino que se permitiera a cada alma buscar su propia luz.
Para ella, la educación debe ser un espacio de apertura y respeto, donde la única religión sea el amor a la humanidad y el servicio a los demás.
Todas estas voces y convicciones individuales convergen y cobran vida de manera colectiva en la Parada Martiana de Santa Clara.
No es solo un desfile de disfraces o personajes de cuentos; es el momento en que Carlos Alberto, Daniela Sofía, Julián Ernesto y Beatriz Elena se unen para demostrar que los valores de honestidad, amor a la patria y libertad de pensamiento están más vigentes que nunca.
En la Parada Martiana, la escuela cubana se viste para celebrar que el sacrificio de Martí no fue en vano, y que cada niño que marcha con una rosa blanca en la mano es un testimonio vivo de que para ser felices, primero hay que ser buenos y útiles.
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