Santa Clara, 3 may ( ACN ) Hay una forma particular de ceguera que solo padece la soberbia y es la embriaguez de la irresponsabilidad.
Resulta alarmante, por decir lo menos, observar cómo ciertos sectores del establishment estadounidense y sus corifeos en el sur de la Florida juguetean con la idea de una agresión militar contra Cuba como si se tratara de un tablero de estrategia y no de una nación viva, de un pueblo de carne, hueso y memoria.

Es fácil prever —porque la historia es cíclica en su miseria moral— la explosión de entusiasmos desmedidos en el restaurante Versalles o en las plataformas digitales del odio si llegara a desatarse una bestialidad de tal magnitud.
Pero, ¿qué sigue después del brindis por la sangre ajena?
¿Cuánto duraría ese "entusiasmo" antes de convertirse en el fango de una tragedia de proporciones catastróficas?
Quienes promueven este aventurerismo ignoran, por voluntad o por estupidez, que están prendiendo una mecha que no podrán apagar.
Una agresión contra Cuba no sería el "paseo militar" que venden los mercaderes del voto en Miami; sería un incendio de consecuencias incalculables, no solo para la nación cubana, sino para la propia estabilidad y seguridad de Estados Unidos.
Jugar con la guerra es jugar con un bumerán que siempre regresa con más fuerza.

Habría que preguntarse: ¿cuán ruin puede ser una causa que necesita de una guerra para intentar imponerse?
¿Qué clase de "libertad" es esa que se anuncia con el silbido de los misiles y el luto de las familias?
Solo una causa vacía, carente de ética y de respaldo real, puede apostar por el exterminio como herramienta política.
La ruindad de quienes piden bombas desde la comodidad de un aire acondicionado es el grado más bajo de la condición humana.

Defender a Cuba hoy no es solo un acto de patriotismo; es un acto de cordura universal.
Es defender el derecho de un pueblo a existir sin la sombra de una bota extranjera.

Ante el delirio de los que buscan la gloria en el desastre, es imperativo que prevalezcan el raciocinio, la inteligencia humana y ese sentido común que parece haberse extraviado en los pasillos del poder anexionista.
Cuba no es un objetivo en un mapa; es la dignidad de millones, contra esa dignidad, no hay portaaviones que valga.
Ojalá que la lucidez frene a la barbarie antes de que la historia deba escribir, una vez más, la crónica de un error imperdonable
El decoro de los que resisten es, al final, la única fuerza capaz de derrotar la embriaguez de los que agreden.


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