La ciudad entera, esta semana, latió en compás de cuatro por cuatro. Santa Clara, que suele despertar al ritmo pausado del centro de la isla, se entregó durante ocho días a un sueño compartido y vibrante, a una sinfonía urbana cuyo director invisible fue el espíritu mismo del jazz.
No fue solo un festival, fue una metamorfosis. Los adoquines del parque Vidal, los exteriores del teatro La Caridad, los muros coloridos y acogedores de El Mejunje, todo se convirtió en caja de resonancia de un pulso colectivo.
Por las venas de la ciudad ya no corría solo la savia tranquila del terruño, sino un río caudaloso de blues, de swing, de improvisaciones que se elevaban como columnas de humo hacia el cielo villaclareño.
El XLI Festival Internacional Jazz Plaza no se celebró en Santa Clara; vivió en ella, la habitó, la transformó en una ciudad instrumento gigantesca y plural entre el 25 de enero y el primero de febrero de 2025.
La lluvia muchas veces quiso ser la primera nota, un glissando de agua sobre techos y aceras. Pero en el jazz, como en la vida, el contratiempo es solo un acorde disonante que pide resolución. Y el público, ese otro músico esencial de la orquesta, lo entendió a la perfección.
Bajo los portales, cobijados por balcones y marquesinas, una multitud paciente y sonriente esperó. No esperaba a que escampara, esperaba el momento exacto, el tempo preciso para el gran solo.
Cuando las últimas gotas se rindieron y la luna asomó entre nubes deshilachadas, el parque Vidal contuvo el aliento. Entonces, con la elegancia atemporal de quienes son ya leyenda, la Orquesta Aragón afinó sus violines. Y al primer compás de "El Bodeguero", la plaza entera exhaló un suspiro convertido en baile.
La lluvia, derrotada, se evaporó en el calor de cientos de pies marcando el ritmo, en el brillo húmedo de los adoquines que ahora reflejaban no charcos, sino luces y música. Fue un triunfo no de la meteorología, sino de la fe, de esa terquedad gozosa que define al cubano: la certeza de que después de toda tormenta, siempre hay una charanga esperando para tocar.
Esa misma fe, pero mirando al futuro, tuvo su templo en los días luminosos. Mientras los maestros consagrados reinaban en las noches, los días pertenecieron a un sonido nuevo, fresco, cargado de porvenir.
En la esquina de Las Arcadas, entre el bullicio matutino, no era raro tropezar con un estudiante de arte abrazado a un contrabajo más grande que él, o ver a una joven pianista repasando mentalmente una escala en el aire.
El festival tendió un puente de oro entre el Olimpo y el semillero. Y por ese puente caminó, sonriente y generoso, Dayramir González. Tras hechizar en El Mejunje con un concierto donde cada nota parecía pensada y sentida al mismo tiempo, se sentó no frente a un público, sino junto al futuro.
El pianista, en un aula, rodeado de ojos adolescentes y dedos ávidos, cambió el escenario por la intimidad del taller. Les habló no de técnica, sino de alquimia; los invitó a no solo tocar el piano, sino a "conversar con él", a buscar la magia que nace cuando la mente calla y el corazón dicta la melodía.
En el brillo de esos ojos, en la concentración reverente de aquellos niños y adolescentes, se escribía la próxima página del jazz cubano.
Y en ese diálogo entre el ayer y el mañana, el festival fue también un abrazo a los fantasmas ilustres, a los espectros sonoros que habitan para siempre el alma de Santa Clara.
Un sentido homenaje elevó el nombre de Pepe el Manco, José Díaz Moreno, cuyo saxofón sigue siendo estandarte de la música local. La misma ciudad que lo vio crecer lo recordó con el respeto que se tributa a los patriarcas.
Y el espíritu del festival se enmarcó bajo la mirada dual de dos colosos: la explosión de color carnavalesco de “El Guateque”, del pintor Alfredo Sosabravo –cuyos 95 años de vida son un evento en sí mismos–, y el legado rumbero y revolucionario de José Luis Cortés, "El Tosco".
Sosabravo le dio el color; Cortés, el ritmo inextinguible. Juntos, pintura y son, dibujaron el escudo de armas de esta edición, recordando que el jazz aquí no es un género importado, sino fruto natural que brota de un suelo fertilizado por todas las artes.
Porque esa fue, quizás, la verdadera partitura de esta semana: una composición para la ciudad y el alma, donde cada institución cultural fue una sección de la orquesta.
El Centro de Promoción Cultural Latinoamericano y La Luna Naranja resonaron con los acordes más vanguardistas y los homenajes sentidos. La Galería Pórtico desafió los límites del género, preguntándose "qué hay más allá del jazz".
Y en el centro de todo, como el corazón irreverente y vital de la ciudad, estuvo El Mejunje. En su patio bajo las estrellas, entre paredes llenas de memoria y bohíos, la música recuperó su esencia más pura: la de un ritual compartido.
Allí, Dayramir no fue solo un pianista; fue un medium, conectando con esa "energía única de libertad" que, como dijo Ramón Silverio, es el alma de ese lugar.
Cada rincón de Santa Clara, desde el museo más solemne hasta la plaza más abierta, pulsó al unísono, demostró que la cultura, cuando es genuina, no tiene puertas ni backstage; se derrama y se mezcla con la vida.
Así, cuando el último redoble de la clausura se apagó y los focos del parque Vidal se cerraron este domingo, no hubo un verdadero final. Porque la música que nace del corazón de un pueblo, como un buen tema de jazz, nunca concluye; se transforma, se repite con variaciones, se funde en el rumor de la ciudad.
La joven que bailó ballet con los brazos al cielo lleva ahora el compás en su caminar. El estudiante que tocó su primer solo público en Las Arcadas escucha un blues nuevo en el silbido del viento.
Santa Clara, la ciudad que por unos días fue instrumento de viento, cuerda y percusión, vuelve a su ritmo, pero ya no es la misma. Le queda en el aire, como un vamp persistente y esperanzador, la melodía de lo que fue y la promesa de lo que será: un eterno, glorioso y colectivo solo de jazz.


