La Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH), que arriba a su 34 edición, no es solo un evento cultural: es una respuesta necesaria y estratégica en los escenarios actuales que vive Cuba; ya que, aunque algunos no reparen en el entorno real sino en su consecuencia, vivimos un ardiente verano marcado por tensiones energéticas y un bloqueo económico, comercial y financiero donde la feria no solo se convierte en un espacio de resistencia cultural, de encuentro ciudadano, sino, además, de reafirmación de la identidad nacional.
Para nadie es un secreto que la política editorial cubana ha defendido siempre la idea de que el libro es un bien público, un derecho del pueblo y un instrumento de emancipación; y, en este sentido, la FILH no se limita a ser un mercado de novedades editoriales, sino que se erige como vitrina de socialización del conocimiento, de democratización de la lectura y de diálogo entre generaciones.
En los escenarios actuales, donde se vive con marcadas limitaciones energéticas que afectan la vida cotidiana, el evento viene a ser una especie de oasis cultural: en ella el lector encuentra títulos nuevos, actividades que fortalecen la vida comunitaria —presentaciones, coloquios, encuentros con autores y espacios para niños y jóvenes, etc.—, en recordatorio de que la cultura puede ser refugio y motor, incluso en tiempos de dificultades materiales.
Y por qué no significarlo. La FILH también tiene un profundo sentido político y simbólico. Dedicada al centenario de Fidel Castro (1926-2016), deviene homenaje a quien defendió la lectura como arma de liberación, quien proclamó sin ambages que el conocimiento debía estar al alcance de todos, y que el libro era un instrumento para formar conciencia crítica.
Celebrar el centenario del líder-humanista-intelectual-político es, por tanto, un acto de continuidad histórica, de fidelidad a su legado y de reafirmación de la cultura como trinchera de resistencia.
Ahora bien, si esos elementos no fueran suficientes, la presencia de Rusia como país invitado de honor, amplía los horizontes del diálogo cultural y fortalece los vínculos internacionales; porque, nunca antes en estas décadas de Revolución, abrir espacios de intercambio editorial con otras naciones, se había convertido un gesto tan esencial, impostergable e ineludible de soberanía; y, por supuesto, de apertura al mundo desde la literatura.
La Feria del Libro es necesaria porque reafirma la idea de que la cultura no es un lujo, sino una necesidad transcendental; y, más allá de los recurrentes contextos, el libro se convierte en un recurso espiritual, en un espacio de encuentro y en un emblema de firmeza; demostrando al propio Fidel que la lectura sigue siendo un acto de emancipación y construcción de futuro.
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