Dicen que el alma de un niño es un lienzo en blanco, pero Luis Lázaro Pérez Carrillo sabe que no es cierto.
Para este hombre, a quien la ciudad de Santa Clara conoce y abraza simplemente como "Decerra", el espíritu de un infante resulta un cofre lleno de colores dormidos que solo esperan una mano paciente, una palabra dulce y un pincel cómplice para despertar.

En sus talleres, enseñar no constituye depositar datos en una libreta; es un acto de fe, una liturgia donde se aprende que un trazo puede ser un grito de libertad y un color, el refugio más seguro contra la tristeza.
Luis Lázaro no solo enseña artes plásticas; él cultiva esperanzas, su servicio no se mide en horas de clase, sino en la luz que se enciende en los ojos de un pequeño cuando descubre que puede crear mundos.
Es la vocación de un maestro que entiende que, antes de pintar un cuadro, hay que aprender a pintar el alma.

La historia de este sembrador de sueños comenzó a escribirse en 1999, con el rumor de un río herido. Entonces, Luis trabajaba en el grupo Teatro Laboratorio de Roberto Orihuela y se sumergió en la comunidad aledaña al torrente del Bélico.
Aquel proyecto, bautizado como Ecochurra, buscaba sanar el entorno a través de la investigación y el arte. Fue allí donde Decerra comprendió que el artista no puede vivir de espaldas al destino de su gente.
Cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro fundó el programa de los Instructores de Arte, Luis encontró su lugar en el mundo.
Se sumó a esa guerrilla de la sensibilidad, llevando consigo el performance, las estatuas vivientes y el diseño teatral a los rincones donde la belleza solía ser un visitante escaso.
Su formación en el Centro Martin Luther King le otorgó la herramienta definitiva: la Educación Popular.

«No creo en la educación bancaria, esa donde el maestro lo sabe todo y el alumno nada», confiesa Luis con una humildad que conmueve.
«Yo creo en la construcción conjunta. Aprendo de mis niños tanto como ellos de mí, en el taller, el conocimiento es un tejido que hacemos entre todos, respetando lo que cada uno trae en su mochila de vida, es el crecimiento colectivo desde la raíz del barrio».
Pero el pincel no solo colorea la infancia, su vocación deviene tan ancha que cobija también los inviernos de la vida.
En el Consejo Popular Hospital-Chamberí, cada lunes se produce un milagro de hilos y agujas; allí, un grupo de abuelas —algunas con la sabiduría de 85 años a cuestas— se reúne para dar forma a la muñequería y la artesanía popular.
«Es un proceso comunitario precioso», narra el instructor mientras sus manos parecen moldear el aire.
«Nos reunimos aquí, en mi casa, y entre retazos de tela vamos cosiendo soledades para convertirlas en compañía.
Es un taller de manualidades, sí, pero es sobre todo un taller de amor donde las abuelas se sienten útiles, creadoras y vivas.
Ver sus manos arrugadas creando una muñeca perfecta resulta entender que el arte es el mejor remedio contra el paso del tiempo».
En este verano de 2026, en el cual la contingencia energética y el asedio del bloqueo intentan apagar la sonrisa de la nación, Decerra y su Brigada "José Martí" no han permitido que la oscuridad gane la partida.
Su proyecto “Que nuestro arte sea el de todos” ha convertido los parques de Santa Clara en lienzos de resistencia espiritual.
Sin necesidad de reflectores eléctricos, pero iluminados por la luz del sol y el brillo de los rostros infantiles, los talleres de música, danza y teatro han llegado hasta los asentamientos más humildes.
Los instructores han intensificado su presencia en las casitas de niños sin amparo familiar y en las salas del hospital pediátrico, llevando espectáculos que son, en realidad, abrazos necesarios.
«El arte es nuestra trinchera», asegura Decerra con firmeza.
Trabajamos para que nuestros aficionados se diviertan, pero sobre todo para que crezcan siendo personas más cultas, más sensibles y más dueñas de sus propios sueños».
Pintar los sueños de un niño es, quizás, la tarea más difícil y hermosa de este mundo, requiere de una paciencia infinita y de una fe inquebrantable en el futuro.
Luis Lázaro Pérez Carrillo, el Decerra de los barrios santaclareños, lo hace cada día con la naturalidad de quien respira.
Sus premiaciones nacionales y provinciales son solo adornos en una carrera cuyo verdadero trofeo es el dibujo pegado en la puerta de un refrigerador humilde, o la sonrisa de una abuela que volvió a sentirse artista.
Sigue ahí, en su taller, para demostrar que mientras haya un instructor dispuesto a enseñar y un niño dispuesto a soñar, el alma de Cuba seguirá teniendo todos los colores necesarios para vencer cualquier sombra.
Al final, de eso se trata: de seguir pintando los sueños, porque un sueño pintado es el primer paso para hacerlo realidad.



© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
