Amado Riol Pirez es un hombre al que las palabras le brotan coherentes y rápidas. En poco tiempo se anima a narrar todo lo ocurrido desde que, en plena COVID-19, comenzó el proyecto “A Cuba hay que quererla”, para apoyar con medicamentos y lo que hiciera falta en aquellos duros momentos.
En su casa de El Vedado, justo frente al Instituto de Oncología y Radiobiología (INOR), sentado en su sillón preferido y rodeado de cajas y maletas de medicamentos, Amado, de 65 años, recibe al equipo periodístico de la Agencia Cubana de Noticias y afirma que siempre pensó que su generación era la mejor por muchas cosas, pero cuando ve lo que hacen cada día los “muchachos” en el cuerpo de guardia de esa prestigiosa institución, “me quito el sombrero”, dice, y se le quiebra la voz.

Destaca en ellos la creatividad y la solidaridad con que enfrentan situaciones extremas.
Esa relación con los jóvenes médicos y enfermeras, que “hacen maravillas cuando les llega alguien y no tienen todos los medicamentos para tratarlo”, empezó con el apoyo de insumos y medicinas que llegan a través de una red solidaria externa e interna que se consolida y crece: gestos de amor y esperanza en tiempos tan complejos como los que atraviesa Cuba.
Admira profundamente a esos jóvenes trabajadores de cuidados intensivos y paleativos; los considera sus hijos y los verdaderos héroes por salvar vidas con recursos limitados.

Amado atesora muchas anécdotas, tantas que no cabrían en un par de cuartillas. Habla de Talía, la doctora de pequeña estatura que es inmensa ante los momentos más complejos de una guardia nocturna, o de Ernesto, que se convierte en innovador ante la falta de nebulizadores. “Ellos me ofrecen cariño; algunos me dicen padre, otros me llaman amigo”, confiesa.
“Son como 20; esos cubanos me dan mucha fuerza y un gran compromiso. Paso a verlos diariamente y siempre trato de llevar algo para apoyar”.
El valproato de sodio se utiliza para la epilepsia. Más de 100 niños y niñas se benefician gracias a la solidaridad de cubanos que residen fuera y dentro del país. Los grupos creados en las redes sociales localizan los medicamentos; a veces faltan insumos para el abordaje venoso profundo. Amado avisa a la gran red y, cuando aparece, puede caminar bajo el sol para buscarlo y entregarlo a su destino.

“En el proyecto tenemos monjas, jubilados, jóvenes estudiantes, médicos, militares, cubanos que viven fuera, extranjeros que aman a Cuba. Esa es la composición. Es el pueblo que se une a través de las redes sociales para ayudar”.
Hasta Artemisa, Matanzas, Sagua la Grande, Guantánamo… van maletas cargadas con medicamentos. Los choferes de ómnibus nacionales las llevan y las entregan. “A Cuba hay que quererla” anda por carreteras, caminos y guardarrayas. Amado aglutina a tanta gente hermosa y solidaria, y siente que es útil; se emociona cuando recuerda a los que no se pudieron salvar, o cuando un padre toca la puerta de su casa para agradecerle porque su hijo ya no convulsiona.
Este es un cubano orgulloso de su tierra, que todos los días burla las medidas coercitivas unilaterales impuestas desde Washington y no escatima kilómetros cuando de salvar a un ser humano se trata. Habría que hacerle un monumento a la perseverancia.

El mediodía sorprendió al equipo periodístico mientras recorría el INOR. Algunas imágenes no pudieron concretarse porque salía un ómnibus hacia el centro del país y Amado, más que caminar, corría para llegar a la terminal y enviar una nueva y vital carga de medicinas y esperanzas.
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