No sé cuántas veces he visitado el Mausoleo a los Mártires de Artemisa, desde que se inauguró el 16 de julio de 1977 por el líder de la Revolución, Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Haber nacido en esa hermosa tierra, hace que me sienta muy identificada con su historia, y, precisamente, ese sitio, siempre conmueve.
La Matilde, lugar donde está enclavado el Mausoleo, no se escogió al azar. Desde ahí partieron el 24 de julio de 1953 parte de los futuros asaltantes al Cuartel Moncada. Está concebido como una tumba, pero abierta a ambos lados, incluso, en la sala o cámara mortuoria, las paredes están diseñadas en forma de talud, o sea, seminclinadas. La abertura superior permite la entrada del sol, el aire y la lluvia.
El objetivo era hacer un monumento insertado en la comunidad, que se relacionara con el visitante. En la construcción participó un equipo multidisciplinario, que trabajó vitral, escultura mural y fotografía, encabezado por el arquitecto Augusto Rivero Mas, e integrado también por Dolores Espinosa y Marcial Díaz.
Dicho conjunto arquitectónico comienza en la carretera que une los municipios de Guanajay y Artemisa, pertenecientes a la hoy provincia de Artemisa. En la senda derecha de la vía —de Artemisa a la capital— resaltan los túmulos o elevaciones, que indican la partida de los revolucionarios hacia Santiago de Cuba.
Los 17 cubos de mármol, cada uno con el nombre de un mártir, representan la pureza de las ideas por las cuales lucharon los jóvenes. La entrada al monumento es un túnel, seguido de seis paños de barro cristalizado. Los nichos emergen de la tierra; la efigie de metal fue creada por la artista Olga Hernández.
Para acoger a los combatientes que participaron en el Moncada, que sobrevivieron y fallecieron después de 1959, se inauguró el panteón exterior, el 17 de enero del 2000.
Resalta la Sala museo, en la cual se muestra una colección de objetos pertenecientes a los combatientes. Cada uno estrechamente vinculado con la personalidad de los mártires. Así aparece un juego de ajedrez de Ciro, quien disfrutaba ese deporte; un traje de Julito; una pieza que es un corazón de madera perteneciente a Emilio Hernández, con la foto de una novia que él tuvo.
En la colección de objetos sobresale la cruz de madera, que se colocó en Mar Verde cuando cayó Ciro Redondo, el 29 de noviembre de 1957. El epitafio escrito en ella lo redactó el Che y dice: “Enemigo: respeta esta muestra de dolor por un adversario digno”. Se guardó en Santiago y después se trajo para el Mausoleo.
La Sala museo, que tiene objetos e imágenes, está montada en orden cronológico y recoge los preparativos para la acción, los ataques a las fortalezas militares, el presidio, el desembarco del Granma y, por último, la lucha en la Sierra Maestra.
En la de la victoria se muestran armas utilizadas en los hechos y fragmentos de un poema de Jesús Orta Ruiz, dedicado al municipio, el cual dice que “Hay sangre de Artemisa brillando en la bandera”.
Las palabras expresadas en 1977 por el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, artemiseño y moncadista, recientemente fallecido, perduran por siempre: “Este Mausoleo es un símbolo de la historia combativa de Artemisa y representa su patrimonio revolucionario que debemos cuidar celosamente. El será como un centinela vigilante que nos recuerda siempre que la Revolución es un relevo de hombres y de generaciones, y que por los ejemplos de los que se sacrificaron ayer, otros cubanos se sacrifican hoy y habrá otros que deberán sacrificarse mañana”.
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