Las vacunas que Estados Unidos no ha podido prohibir en Cuba

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ACN - Cuba
Liset García
810
11 Febrero 2026

   Un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta que en una parte de la culta Europa aumentan los casos de sarampión, mal que en aquella región está lejos de ser un padecimiento del pasado, y al parecer será difícil alejarlo porque las naciones no alcanzan los objetivos de la vacunación.

   Mientras eso ocurre por allá, en Cuba, donde se sabe mucho de vacunas porque la población está protegida contra esa y otras enfermedades con una cobertura que sobrepasa el 98 por ciento de la ciudadanía, en el Instituto Finlay de Vacunas, con sede en La Habana, prosigue con éxito su programa de desarrollo de antineumocócicas conjugadas, en cuyo sistema de trabajo destinado a salvar vidas, ya se logró una primera fórmula, registrada en 2024, a la vez que continúan los ensayos clínicos.

   Esa buena noticia se conoció este martes durante el frecuente intercambio de expertos y científicos de la salud con la máxima dirección del país, en el que se pasa revista a proyectos de desarrollo a los cuales la Isla no renuncia, pese a la asfixia económica aplicada por Estados Unidos, cada vez con más saña.

   Pese a las limitaciones que impone el cerco imperial, que no ha podido bloquear la avidez de conocimientos y el avance científico, el país mantiene un programa nacional de inmunización, cuyo inicio data de 1962 cuando se realizó la primera ronda contra la poliomielitis, causante de invalidez y de muertes, un triste recuerdo para muchas familias antes de esa fecha en Cuba.

   Desde que fue introducido a finales del siglo XIX, ese mal profundamente contagioso provocó más de dos mil enfermos, y de ellos murieron unos 200, menores de 15 años. Sin embargo, esa es una de las enfermedades que ya no existen en esta nación caribeña. Entre 1963 y 1989 solo se reportaron diez casos no letales, por lo que en 1994 la OMS certificó la eliminación de la poliomielitis en Cuba.

   También lo declaró en los casos de difteria (1979), sarampión (1993), rubéola (1995), parotiditis (1995) y tosferina (1997). Contra todas ellas está vacunada la población cubana, incluida la que logró controlar la COVID-19 en años recientes.

   Otras vacunas se incluyen en el esquema, gratuito por demás, al que se sumó la antineumocócica que en 2024 logró el Instituto Finlay, fundado en 1991 por Fidel, otra de sus osadías como impulsor del salto científico nacional con instituciones de gran potencial y altos resultados.

   Precisamente, en 2024, se estima que 95 mil personas murieron por sarampión en todo el mundo, en su mayoría niños menores de 5 años. Y según la OMS, el año pasado los casos de esa dolencia aumentaron un 47 por ciento en Europa y Asia Central, debido al descenso de las tasas de vacunación. España, Reino Unido, Austria, Armenia y otros volvieron a registrar transmisión endémica.

   Pero en Cuba, las enfermedades transmisibles dejaron de estar entre las principales causas de fallecimiento. De las vacunas aplicadas, al menos ocho son de producción nacional, gracias a la industria biotecnológica cubana y a la contribución de organismos como Unicef y OPS facilitadores de reactivos y otros recursos

   De ese modo se respaldan las prioridades de la Revolución cubana en función de elevar la calidad de vida de la población, propósito para el cual se han vencido muchas de las impedimentas del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos.


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