La mala hora de Gerardo Machado: 12 de agosto de 1933

Compartir

ACN - Cuba
Marta Gómez Ferrals | Foto de Archivo
240
10 Agosto 2026

  El 12 de agosto de 1933 al tirano de Cuba Gerardo Machado se le vino abajo el sueño de perpetuarse en el poder, acabar con los comunistas y ser vocero del imperialismo, cuando una marea revolucionaria popular lo derrocó, dirigida en lo fundamental por los sindicatos y las fuerzas de izquierda que tanto odió.

   Con antelación, el 23 de julio, la Central Nacional Obrera de Cuba movilizó a los trabajadores de ómnibus de La Habana en un paro al que se sumaron otros sectores y fue como la campanada marcadora del inicio de la acción llamada también Revolución del 33.

   En la organización de la huelga general que derrocó al gobernante sobresalió el aporte de un dirigente, el poeta Rubén Martínez Villena, quien, desde la militancia comunista, involucrado de lleno en la causa del proletariado, dirigió en su lecho de enfermo terminal de tuberculosis la gran movilización de paro nacional, a la que contribuyeron otros destacados dirigentes como el joven Lázaro Peña.

    El primero de agosto, el Ejército reprimió a la población de Santa Clara, sublevada contra el gobierno, y ocupó la ciudad. Rápidamente se unieron a la huelga los ferroviarios, barberos, estibadores de los muelles, periodistas y linotipistas. Los medios de comunicación dejaron de funcionar.

   Al día siguiente parte de los uniformados se sublevó y se hicieron del control del Estado Mayor del Ejército en el Castillo de La Punta y del Regimiento de Artillería en La Cabaña.

   Ante el levantamiento, Machado huyó del Palacio Presidencial y se refugió en el Cuartel Militar Columbia. Allí recibió un ultimátum.

   Ayudado por sus protectores y amigotes de siempre logró evadir la justicia que merecía un personaje tan tristemente célebre, calificado por Rubén Martínez Villena como “Asno con garras”.

   Aparte de su trayectoria criminal y de la ausencia de libertades cívicas y políticas inadmisibles, Machado en lo social construyó un gobierno que representó los intereses de la oligarquía burguesa nacional y abrió más los espacios a la penetración del capital estadounidense, lo cual agudizó la crisis económica que se veía venir.

   Cierto es que hizo construir la Carretera Central y el fastuoso Capitolio de La Habana, hoy valorado como monumento arquitectónico y cultural notable.

   Sin embargo, la nación se llenó de deudas, hizo florecer los latifundios, mientras crecía el desempleo, el hambre y la pobreza extrema que formaban parte de la vida cotidiana de los obreros y campesinos, estos últimos, objeto además de desalojos, arbitrariedades y graves injusticias.

   Los asesinatos, las torturas y la persecución contra los sindicatos, la ilegalización del primer Partido Comunista de Cuba, fundado por Julio Antonio Mella y Carlos Baliño en 1925; el cierre de la Universidad Popular José Martí, sus “planes de Machetes” ante los reclamos de justicia, eran frecuentes en el país.

   Tampoco esa llamada Revolución, tan radicalizada y combativa, pudo cumplir los objetivos finales. La oligarquía y la reacción, con sus aliados, se emplearon a fondo para abortar el proyecto. Pero fue un eslabón más de la única Revolución cubana, con sus lecciones y su carga de esperanzas, porque trazó el camino para continuar la lucha.

   Por los días previos a su caída, cuentan que las cosas estaban tan fuera de control respecto a la ferocidad de la represión y la tozudez del dictador, que el propio gobierno de Estados Unidos, del que era subordinado, le sugirió que abandonara el poder mediante una apañada mediación de última hora. Pero Machado, ni modo.

   Desde su entrada al poder con la aureola de haber sido general del Ejército Libertador, cuyo honor no representaba ya por entonces, le prometió a EE.UU. que durante su mandato ninguna huelga duraría más de 24 horas.

   Muy pronto se distinguió por sus métodos represivos contra los movimientos obreros, estudiantiles, la pujante intelectualidad que se fortalecía y contra sus enemigos principales declarados por él mismo, los líderes sindicales y los comunistas.

   No es un secreto para los cubanos que Machado planificó y envió sicarios a Ciudad de México para que asesinaran al líder comunista y estudiantil Julio Antonio Mella, que vivía allí exiliado, un crimen perpetrado el 10 de enero de 1929.

   En estas líneas no cabrían los ejemplos de atrocidades cometidos por el tirano, a quien el enardecido pueblo cubano se propuso aplicar la justicia.

   Sus amigos poderosos lo salvaron el día de su mala estrella y salió ileso, aunque echado del poder. Dicen que murió tranquilamente en 1939 en Miami Beach.


© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial