La ética como oficio: Carlos González Rego

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ACN - Cuba
Boris Luis Cabrera | Foto: Autor
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24 Mayo 2026

  Escribir sobre Carlos González Rego es escribir sobre una ética de vida. Sobre un hombre que no llegó hasta aquí por azar ni por concesiones, sino a fuerza de constancia, carácter y sacrificio; un periodista que convirtió la disciplina en hábito, la justicia en brújula y el trabajo en una forma de dignidad.

La Agencia Cubana de Noticias le entregó el Premio por la Obra de la Vida, y el reconocimiento llegó a sus manos como llegan las verdades que no admiten discusión: después de años de entrega silenciosa, desvelo y fidelidad a un oficio que nunca entendió como simple rutina.

   Hablar de Carlos es, como alguien dijo durante la ceremonia, “narrar la historia de un colega, un compañero, un amigo”. Pero también es contar la persistencia de un hombre que lleva más de cuatro décadas respirando el ritmo de una redacción, desde los tiempos de los teletipos y las máquinas Robotron hasta la inmediatez vertiginosa de hoy, sin perder jamás el pulso esencial del periodismo.

   Porque si algo define a Carlos es una convicción que resume sin adornos: “nadie me ha regalado nada”. Y no es una frase hecha, sino una declaración de principios. Desde el periódico Venceremos, en Guantánamo, hasta su llegada definitiva a la entonces AIN en 1982, su camino estuvo marcado por el sacrificio y por una lealtad que ni siquiera las ofertas “tentadoras, incluso en el exterior”, lograron quebrar.

   Se quedó, y quedarse, en su caso, fue también una forma de victoria.

   En la Agencia lo sabe casi todo. No porque se lo hayan contado, sino porque lo ha vivido. Ha visto crecer generaciones, ha despedido colegas y ha formado a periodistas que hoy escriben sus propias historias. Desde 1998, al frente de la redacción deportiva, ha sido guía exigente y presencia imprescindible.

   Algunos lo ven como alguien exigente. Él insiste, corrige, vuelve sobre los detalles, y en esa insistencia también hay una forma de cuidado. Porque detrás de la severidad cotidiana está el hombre que se define, sin titubeos, con una sola palabra: “humano”.

   El periodismo deportivo le dio una manera de mirar el mundo. Juegos Olímpicos, Panamericanos, Centroamericanos, campeonatos mundiales… nombres que para muchos son apenas eventos, pero que en su memoria sobreviven como escenas vivas. En Sídney, Atenas, París o cualquier otra ciudad, estuvo siempre bajo la misma premisa: contar bien, con rigor y con sentido.

   Pero hay emociones que no caben en una crónica. Recuerda, por ejemplo, aquel encuentro con Fidel Castro, cuando “nos dimos la mano y me le quedé mirando fijo con deseos de abrazarlo”. Hay silencios que terminan diciendo más que cualquier titular.

   Y también existen dolores difíciles de contar. Lesiones, derrotas, o la más íntima de todas: la pérdida total de la visión de su madre tras la muerte de su hermano mayor. Porque detrás del periodista siempre ha estado el hombre atravesado por la vida.

   Antes de todo eso fue deportista. Practicó vela, integró equipos nacionales y aprendió la disciplina del entrenamiento diario. Después llegó el periodismo, pero nunca abandonó aquella esencia de atleta: la resistencia, la constancia y la voluntad de no rendirse.

   Y si hay una raíz que sostiene toda su historia, está resumida en las palabras heredadas de su abuela: “una mano lava la otra y más dos la cara y haz bien y no mires a quién”. Más que un consejo, terminó siendo una ley íntima. Quizás por eso tantos lo respetan y lo quieren.

   Angola fue otra escuela. Una de las más duras. “En un país en guerra… es donde se conocen bien a las personas”, asegura. Allí confirmó que la justicia no se negocia y que ciertos principios deben sostenerse “al costo que sea necesario”. Esa idea lo acompañó siempre, tanto en la vida como en el periodismo. Quizás por eso su autoridad nunca necesitó imponerse, se sostiene sola.

   En casa no cambia demasiado. Él mismo se describe como “un reflejo de lo que soy en mis trajines del trabajo”: disciplinado, exigente, pero siempre pensando en el bien común. El periodismo le robó tiempo, aunque también —como asegura— le permitió ser “un buen hijo, esposo, padre y abuelo”. Y en esa balanza no parece haber cuentas pendientes.

   A sus casi 72 años no habla de retirada, sino de continuidad: “poder seguir en lo que hago todos los días”. Porque para Carlos escribir no ha sido nunca una rutina; ha sido una manera de permanecer vivo.

   No se arrepiente de nada. “Siempre he adoptado variantes positivas”, dice. Y cuando se le pregunta qué le gustaría que dijeran de él dentro de veinte años, responde con la misma serenidad con la que construyó toda su carrera: “ni más ni menos de lo que se dice ahora”. Tal vez porque, en el fondo, lo esencial ya está dicho.

   Carlos no es solo un periodista que ha contado el deporte cubano y mundial. Es, sobre todo, una manera de entender el oficio: con rigor, lealtad y una fe inquebrantable en la verdad y en el valor de la palabra.

   La Agencia Cubana de Noticias lo premió, pero su verdadera obra no cabe en una estatuilla ni en un diploma. Está en cada texto escrito contra el cansancio, en cada enseñanza compartida sin ruido, en cada gesto silencioso de solidaridad. Está en esa coherencia rara que el tiempo no logró erosionar. 

   Después de tantos años de redacción, de viajes, madrugadas y coberturas, Carlos González Rego sigue defendiendo la misma victoria silenciosa: llegar al final del día y dormir, como él mismo dice, “con mucha tranquilidad en el alma”. Ese, quizás, ha sido siempre su mayor premio.


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