El 17 de junio de 1905 fallece en La Habana el Generalísimo Máximo Gómez Báez, ejemplo de entrega absoluta a la causa de la independencia cubana. Convertido en uno de los estrategas más sobresalientes de la guerra contra la colonia española, sembró por doquier un aura de valentía y dominio del arte militar.
Por su valor, alcanzó los grados de general en la Guerra de los Diez Años y fue el General en Jefe de las tropas cubanas durante la contienda del 95. Su pericia militar quedó demostrada en disímiles combates y batallas.
Nacido en Baní, República Dominicana, el 18 de noviembre de 1836, llegó a Cuba en julio de 1865, con una experiencia ganada como militar, y aquí abrazó las ideas independentistas, las cuales lo llevaron a incorporarse, en octubre de 1868, al Ejército Libertador.
El 26 de ese propio mes, lanzó su primera carga al machete, que causó estragos y luego se convertiría en poderosa arma de los mambises contra las tropas enemigas.
Fue uno de los tantos patriotas que no aceptó la intervención norteamericana en la guerra. Al producirse esta, se encontraba en el centro del país, con el objetivo de erradicar las tropas españolas que aún hacían frente a los cubanos.
Cuando conoció la orden del general estadounidense William Rufus Shafter de que las tropas cubanas no podían entrar a Santiago de Cuba, el viejo general estalló en ira. Era inaceptable. Decidió no actuar, pues en su condición de extranjero, no se sintió con derecho, aunque eso bien se lo había ganado en el campo de batalla.
La Quinta de los Molinos se convirtió en 1898 en su hogar. Según recogió la historia, fue recibido por una multitudinaria manifestación de pobladores que le demostraban así admiración y respeto.
Una vez formada la Asamblea del Cerro, como Gobierno Provisional, Máximo Gómez aceptó formar parte de esta, pero se negó a dirigirla. Aunque amaba a Cuba, reconocía su condición de extranjero.
El Generalísimo entró en contradicción con los asambleístas. Había que decidir entre “aceptar el donativo ofrecido por el Gobierno estadounidense de tres millones, o si pedir un empréstito mayor que asegurara un descanso decoroso a los soldados del Ejército Libertador”.
Para Gómez la opción era “tomar el donativo del Gobierno estadounidense, por temor al nacimiento de una República endeudada”, en tanto, la Asamblea del Cerro apostaba por un “empréstito mayor, pues, aunque la República naciera endeudada, ella sería reconocida como el organismo legal representante de los intereses del pueblo cubano, destinado a devolver el empréstito a los bancos estadounidenses”.
El golpe mayor vendría, cuando el 12 de marzo de 1899, la propia asamblea acordó la destitución de Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador, y la eliminación de ese cargo.
Con dignidad, expuso en un manifiesto a la nación: “…Extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario; y por eso desde que el poder opresor abandonó esta tierra y dejó libre al cubano, volví la espada a la vaina, creyendo desde entonces terminada la misión que voluntariamente me impuse.
“Nada se me debe y me retiro contento y satisfecho de haber hecho cuanto he podido en beneficio de mis hermanos. Prometo a los cubanos que, donde quiere que plante mi tienda, siempre podrían contar con un amigo”.
Cuando el pueblo conoció la decisión de los asambleístas, respondió con manifestaciones contra lo acordado, y en apoyo a Gómez. Durante tres días, alzaron su voz en solidaridad con el hombre que puso su vida a disposición de la patria como un hijo más de este suelo.
Durante tres días pasaron por frente a la Quinta de los Molinos, y gritaban “Abajo los Asambleístas”, y “Viva Máximo Gómez”. Igual ocurrió en diversos territorios del país. Tan grande fue la repulsa popular que días después la Asamblea fue disuelta.
Resulta relevante la carta abierta a su esposa, Bernarda Toro de Gómez, el 2 de abril de 1899, en la cual alerta acerca de la actitud del gobierno americano con el heroico pueblo cubano, y que según su juicio revelaba un gran negocio…
“La situación pues, que se le ha creado a este pueblo; de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía”, refiere la misiva.
Sin riquezas ni privilegios, convencido de que haber contribuido a la independencia de Cuba había sido un acto de fe y corazón, que no exigía beneficio personal, Máximo Gómez partió a la eternidad aquel día de junio. Su mayor tesoro lo llevaba consigo: el amor, respeto, lealtad y agradecimiento de todos los cubanos.
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