En aquella lejana noche de enero de 1960, cuando Cuba comenzaba a sacudirse del analfabetismo y la desolación de los campos, una voz profética sentenció que el único destino decoroso para el país sería convertirse en un pueblo de hombres de ciencia y pensamiento.
Aquel presagio de Fidel Castro Ruz, lejos de extinguirse en el viento de las décadas, adquiere hoy la fuerza de un axioma urgente ante los abismos tecnológicos que amenazan con relegar al olvido a las naciones desposeídas del planeta.

Para descifrar los puentes entre aquella alborada revolucionaria y los dilemas éticos del siglo XXI, dialogamos con el Doctor en Ciencias Fidel Antonio Castro Smirnov, profesor titular y doctorado en Física Nuclear, una voz que recientemente defendió en tribunas de Moscú el derecho inalienable del Sur Global a gobernar su propio conocimiento.
—El 15 de enero de 1960 Fidel proclamó que "El futuro de nuestra Patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia", tras su reciente intervención en foros científicos moscovitas, ¿cómo aquilata la vigencia de aquella visión frente a las asimetrías de la era digital?

La mayor elocuencia de aquel vaticinio estriba en que nunca se redujo a una consigna retórica, reflexionó el investigador.
Cuando Fidel habló en la Academia de Ciencias, casi una cuarta parte de los adultos cubanos carecía del alfabeto elemental; sin embargo, comprendió con lucidez meridiana que el tesoro estratégico de una nación pobre jamás yace oculto en las entrañas del subsuelo, sino en las facultades del entendimiento popular.

Aquello devino política estatal: vino la Alfabetización en 1961, la Reforma Universitaria en 1962, la fundación del Centro Nacional de Investigaciones Científicas en 1965 y la transformación de las universidades en polos de indagación creadora. Nada de lo alcanzado brotó del azar, sino de una paciente siembra ética.
—Sin embargo, el panorama planetario contemporáneo parece ensanchar las brechas de dominación.

Conviene analizar la realidad despojados de cualquier triunfalismo pueril, precisó Castro Smirnov, aunque Cuba posee baluartes reconocidos en biomedicina y nanotecnología, sufre carencias presupuestarias, éxodo de inteligencias y el castigo de un bloqueo inmisericorde.
En el mundo actual, las asimetrías ya no se pesan en toneladas de acero, sino en patentes y capacidad de cómputo. El último informe de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad) confirma que solo dos potencias acaparan el 60 por ciento de las patentes de inteligencia artificial y más del 75 por ciento del mercado de la nube digital, mientras están marginados 118 países del Sur de los debates sobre gobernanza algorítmica.

Frente a semejante concentración monopolista, quien no cultiva sus propias herramientas cognitivas termina irremediablemente colonizado por los algoritmos del prójimo. La multipolaridad no puede concebirse únicamente como un reparto geopolítico de influencias mercantiles; tiene que asegurar la democratización de la ciencia.
Por tal motivo, aquella advertencia fundacional del Comandante en Jefe se erige hoy como la única hoja de ruta liberadora para los pueblos postergados de la tierra.
El corazón nanométrico de Cuba: la hazaña biotecnológica de Fidel
Corría la década más amarga del Periodo Especial y el mapa socialista europeo se desmoronaba en pedazos, arrastrando a la economía cubana hacia un abismo que muchos auguraban terminal.
Mientras voces foráneas aconsejaban cerrar laboratorios y renunciar a quimeras avanzadas, Fidel Castro Ruz respondía inaugurando instituciones de investigación de talla universal, convencido de que la inteligencia colectiva era el único escudo capaz de garantizar la soberanía de la patria frente al asedio imperial.
—¿En qué medida aquella estrategia de anticipación impulsada por Fidel durante los años más duros permitió a Cuba gestar sus propias respuestas sanitarias frente al cerco económico?
Fidel asimiló muy temprano que un pueblo sitiado no podía depender de la piedad del mercado trasnacional para proteger la salud de sus hijos, explicó.
La génesis se remonta a 1981 con el Frente Biológico para sofocar la agresión del dengue, seguido por el nacimiento del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología en 1986.
Allí se logró la primera proteína recombinante en levaduras contra la hepatitis B, plataforma que décadas más tarde sirvió de cuna a las vacunas Abdala y Mambisa frente a la COVID-19.
Cuando sobrevino la crisis de los noventa, lejos de retroceder, el Polo Científico se expandió con el Instituto Finlay, Biocen y el Centro de Inmunología Molecular, concebido como una trinchera de salud y soberanía económica.
—De ese crisol emergió un hito legendario como la VA-MENGOC-BC...
Esa vacuna representa la joya indiscutible de nuestra biotecnología, remarcó el especialista con visible orgullo, diseñada a partir de proteoliposomas naturales de entre 50 y 70 nanómetros, Cuba produjo a escala fabril una vacuna de corazón nanométrico seis años antes de que la agencia estadounidense aprobara su primera formulación homóloga y 10 años antes de que el término nanomedicina fuera formalizado internacionalmente.
Aquella respuesta heroica frente a una epidemia que azotaba a nuestros niños demostró que el Sur puede parir ciencia de frontera, cuando median voluntad de justicia y compromiso social.
Dicho acumulado de cuatro décadas constituyó la salvaguarda del país durante la reciente pandemia mundial. Con cinco candidatos propios y eficacias clínicas comprobadas superiores al 92 por ciento para Abdala y Soberana, la ciencia villaclareña y cubana demostró al planeta que el aislamiento fracasa ante un pueblo que custodia su soberanía médica; una lección de coraje que Fidel cinceló en la memoria colectiva para que la vida triunfara sobre la muerte.
De la Elam a los Brics: la ciencia cubana que abraza al planeta
Para Fidel Castro Ruz, el saber que se atesora con egoísmo termina por corromperse en el fango de la indiferencia, desde el envío de las primeras brigadas médicas a Argelia hasta la fundación de escuelas concebidas para cobijar a los hijos humildes del continente, la Revolución cubana enseñó que la grandeza de la inteligencia se mide por su capacidad de entregarse sin condiciones a quien padece el desamparo en cualquier punto de la geografía terrestre.
—Fidel transformó el concepto de colaboración en un lazo de hermandad profunda. ¿Cómo se expresa esa impronta en el escenario científico contemporáneo?
Nuestra diplomacia más pura radica en la ciencia puesta al servicio de la vida, manifestó el catedrático universitario. La Escuela Latinoamericana de Medicina sintetiza ese principio: Fidel la vislumbró tras los huracanes Georges y Mitch para dotar a los pueblos de sus propios sanadores que hoy suman más de 32 mil graduados de 124 naciones, incluidos centenares de jóvenes estadounidenses.
Esa lógica no es la del donante que humilla, sino la de la reciprocidad fraterna.
Cuba transfirió la tecnología de Soberana 02 al Instituto Pasteur de Irán y comparte ensayos clínicos oncológicos con instituciones de Rusia, porque las enfermedades jamás interrogan sobre credos o afiliaciones ideológicas.
—Usted propuso recientemente articular redes interuniversitarias con los países miembros de los Brics. ¿Hacia dónde apunta esa alianza?
El reto histórico impone transitar de naciones que consumen tecnología ajena a sociedades que la conciban de manera mancomunada, subrayó el ponente en foros euroasiáticos.
Desde 2025 Cuba ostenta la condición de país socio del bloque Brics, espacio donde defendemos la creación de consorcios investigativos públicos, programas de intercambio y becas conjuntas frente a futuras contingencias biológicas.
La dignidad humana constituye una condición material palpable que se manifiesta en la vacuna que inmuniza, en el quirófano abastecido y en el suministro eléctrico que ilumina a las familias trabajadoras.
Democratizar el conocimiento equivale a proteger la subsistencia de la especie ante los desequilibrios ambientales y bélicos que sacuden al mundo. La concepción fidelista de la medicina y la técnica nos convoca a levantar barricadas de fraternidad en cada laboratorio, demostrando que, frente a la privatización del intelecto, la solidaridad del Sur despunta como la única aurora de esperanza para la humanidad.
Armas morales en el centenario: el legado científico de Fidel
Concluyendo este ciclo testimonial, el Doctor en Ciencias Fidel Antonio Castro Smirnov reflexiona con pulso emotivo sobre la pedagogía formativa del Líder Histórico, su confianza ilimitada en la juventud y el deber impostergable de custodiar las ideas como el baluarte más sagrado de la soberanía insular.
—Fidel confió de manera absoluta en el talento de las nuevas generaciones. Ante el fenómeno del éxodo de cerebros promovido por el Norte enriquecido, ¿cómo aplicar su magisterio pedagógico para enamorar a los jóvenes investigadores?
Fidel apostó por los Pinos Nuevos por convicción ética indiscutible, argumentó el científico con hondura. Su magisterio descansaba en tres pilares cardinales: otorgar responsabilidades mayúsculas ante dilemas sociales impostergables, forjar mentes luminosas ajenas al egoísmo individualista y dotar de sentido trascendente a cada empeño creador.
Al joven investigador no se le seduce con reproches morales vacíos, sino garantizando condiciones dignas, equipamiento moderno, rutas académicas transparentes y proyectos que impacten directamente en la vida de su pueblo.
—¿Constituye la movilidad científica una pérdida irremediable para la nación?
Sería deshonesto achacarlo todo a factores externos, aun cuando el bloqueo imperial estrangule nuestras finanzas, apuntó el entrevistado.
La migración temporal puede enriquecer la experiencia si mantenemos encendido el vínculo nutricio con la patria y convertimos a la diáspora en una red cooperativa que tribute al desarrollo patrio.
A un muchacho lo cautiva un enigma complejo, un maestro que crea en sus fuerzas y la certidumbre moral y reconfortante de que sus saberes salvan vidas en su propia tierra.
El mayor tributo que se le puede hacer al arquitecto del pensamiento emancipador a cien años de su alumbramiento terrenal consiste, en perfeccionar la obra cotidiana sin tregua ni dogmatismos estériles.
Fidel demostró que Cuba no precisaba arsenales atómicos porque poseía la coraza insuperable de sus armas morales: la inteligencia colectiva, la dignidad inquebrantable y el amor sin fronteras.
Esa antorcha encendida en los surcos de la ciencia continúa marcando el derrotero victorioso de un pueblo que jamás renunciará al derecho de soñar, crear y vencer.
Su figura se resiste a la quietud de los mármoles y las consignas vacías, su arquitectura viva habita en las aulas universitarias, en la vigilia creadora de los laboratorios y en la mirada transparente de los jóvenes que consagran su talento a cultivar el porvenir de la patria, en desafío a los cantos de sirena de un orden internacional que pretende tasarlo todo con la moneda del desarraigo.
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